lunes, 7 de septiembre de 2020

Aborto intencionado, PIB y pensiones. Un debate interesado

 



En nota de prensa del pasado 11 de diciembre de 2019, el INE hacía oficial un dato extremadamente preocupante: El crecimiento vegetativo de la población (es decir, la diferencia entre nacimientos y defunciones) presentó un saldo negativo de -54.944 personas en 2018, en datos definitivos. Y, en la primera mitad de 2019, se registraron 170.074 nacimientos, un 6,2% menos que en el mismo periodo del año anterior, que, a su vez supuso una disminución del 5,8 % respecto al mismo período del año anterior. El número de nacimientos en la primera mitad del año continuó así con la tendencia a la baja de los últimos años, y, como resultado, el saldo vegetativo de la población fue de –45.002[1] personas en los seis primeros meses de 2019. Esta cifra, similar a la del mismo periodo del año anterior, consolida la tendencia negativa iniciada en el año 2015.

Aunque nuestra sociedad empieza a ser consciente de la enorme gravedad del problema, siguen sin analizarse -y menos aún, sin intentar resolverse- las causas últimas de este preocupante fenómeno. Para ver sus causas profundas, debemos comparar ese dato estadístico con otro no menos alarmante: al mismo ritmo que descienden los nacimientos, descienden los matrimonios. En 2018 hubo un total de nacimientos de 372.777, lo que supuso una disminución del 5,19 %, según datos del INE. Y según ese mismo Instituto, hubo 167.613 matrimonios, de decir, un -3,46 % que el año inmediato anterior.

Menos familia, esa es la raíz del problema. El pasado día 8 de enero, The Family Watch presentaba su IX Baremo de la Familia en España, en el que se analizan las causas de la bajísima tasa de fecundidad de la mujer española: una de las conclusiones que se extrae del estudio realizado es que los menores de 45 años, a corto plazo, prefieren prosperar profesionalmente, viajar y ampliar sus estudios a formar una familia, lo que explica en gran medida el preocupante dato de natalidad de nuestro país. Las familias españolas tienen, además, muy poca confianza en el futuro: el pesimismo de las Familias se ha incrementado en más de 20 puntos en el último año (de 36,5% a 57,5%)[2]. Con el añadido del creciente número de abortos intencionados, cuyas cifras alcanzan cuantías pavorosas en España. Porque menos familia implica, sencillamente, menos hijos, negro futuro, inviabilidad del Estado del bienestar e insostenibilidad del sistema de pensiones tal y como está diseñado hoy.

Precisamente,  y con relación a la viabilidad de las pensiones públicas, cuando hace pocos meses, y con respecto a los datos demográficos de 2018, un conocido líder político afirmaba que, si queremos financiar las pensiones, “debemos pensar en cómo tener más niños, no en abortar”, inmediatamente surgieron voces discrepantes en multitud de medios de comunicación, que venían a decir que los datos desmentían esa (tan evidente) afirmación, toda vez que, según ellos, “la solución a corto plazo para solventar la crisis demográfica que pone en jaque el futuro del sistema de pensiones reside en la llegada de población extranjera”[3], además de que, decían, “prohibir el aborto apenas tendría ningún impacto a la hora de recuperar el equilibrio financiero de la Seguridad Social.”

Podemos hacer un cálculo aproximado -y, casi con toda seguridad, inferior a la cifra real- del número de españoles que, habiendo sido concebidos, no han llegado a nacer a causa del aborto intencionado, desde 1985 (hay datos desde 1987)[4]: aproximadamente, unos 2,29 millones, con una media de 74.000 abortos intencionados cada año.

Porque está claro que la natalidad[5] es una cuestión de máxima importancia para el presente, y para el futuro de cualquier sociedad. “¿Por qué nos debe preocupar la natalidad? ¿La decisión de una pareja sobre los hijos que quieran tener no es una cuestión privada? la respuesta a esta segunda pregunta es, en esencia, no. Desde los inicios de la civilización moderna, la natalidad ha sido una importante cuestión de interés público (…).”[6]

Y a nadie se le escapa que el aborto intencionado, en cifras tan abultadas como las habidas en España en los últimos 30 años, influye notablemente en la disminución del índice de fecundidad. De hecho, si no hubiera habido abortos intencionados el índice de fecundidad “hubiera estado en 2015 alrededor de 1,6 hijos/mujer en lugar de 1,33 y más cerca del nivel de reemplazo generacional[7]

Si España (en realidad, toda Europa) sigue con estas bajísimas tasas de fecundidad, el futuro que nos espera es, más que negro, inexistente. “Consideremos las previsiones siguientes: si una sociedad puede mantener una tasa de fecundidad de 1,9 hijos por mujer, su población al final de este siglo se habrá reducido aproximadamente en un 15%. pero si una sociedad se encalla en una tasa inferior, es decir, de menos de 1,4 hijos por mujer por término medio, al final del siglo su población total será apenas el 25% del tamaño actual (Mcdonald, 2002). España ejemplifica este síndrome de fecundidad muy baja, y, de persistir, en el año 2100 tendrá una población de tan solo 10-15 millones de personas (es preciso recordar que estas previsiones no tienen en cuenta los cambios de población causados por la inmigración o la emigración)”[8].

Esos artículos periodísticos que niegan las abrumadoras evidencias estadísticas son mendaces, porque se limitan a proyectar, a día de hoy, la situación que el aumento del número de cotizantes (por esos abortos intencionados no producidos) tendría sobre el déficit de la seguridad social. Visión tan a corto plazo, y tan carente de virtualidad alguna como solución de futuro, que dejan patente que no eran más que un intento de desacreditar a aquel político que ligó número de abortos con el futuro -no con el presente- del sistema de pensiones.

La viabilidad de dicho sistema, con vistas al medio y largo plazo, es objeto de largos y profundos debates en todo el mundo, principalmente en occidente. Hay quien afirma -autores generalmente instalados en el lado izquierdo del espectro político- que el problema no es demográfico, sino de productividad, y “si la renta per cápita crece, no hay motivo para considerar, sea cual sea la pirámide de población, que (…) los pensionistas no puedan seguir percibiendo los mismos ingresos en términos reales”[9]. Pero, sin embargo, el consenso mayoritario se sitúa en considerar que las pensiones y la natalidad son dos caras de la misma moneda: Fernando Martínez Borlado, en artículo con ese título[10], comenta, a partir de un análisis de la Consultora PwC, de 2010, el exitoso modelo sueco, según el cual, “las cotizaciones de los trabajadores suecos alimentan dos sistemas complementarios de pensiones. Uno es colectivo y básicamente de reparto; y el otro, individual y de capitalización. El primero capta la mayor parte de las cotizaciones (16,5% del salario bruto), y se utiliza para pagar las pensiones de los ya jubilados. Lo que cotiza cada trabajador se va acumulando de manera “virtual” en una cuenta que se le adjudica. Cuando el trabajador se jubila o va a empezar a cobrar su pensión por otro motivo, lo acumulado en su cuenta es la base para el cálculo de su pensión, de tal forma que lo que una persona recibe como pensión es un reflejo más directo de sus aportaciones durante toda su vida laboral”. Y sigue diciendo, que, en la línea que aquí venimos defendiendo, “aunque en el informe de PwC se sugiere que España debería adoptar el modelo sueco, el fomento de la natalidad aparece como una condición previa”.

La estremecedora cifra de abortos intencionados, producidos en España en los últimos 30 años, tiene otro efecto perverso, nunca convenientemente valorado, que es la enorme pérdida de felicidad y bienestar personal que supone la renuncia a la procreación, y más aún, de una renuncia cuando ya se ha procreado, mediante la eliminación del ser en gestación. Al respecto, podemos leer en el informe de Gøsta Esping-Andersen (coordinador)[11] que “también podemos definir la fecundidad como un asunto de bienestar al nivel micro de los individuos y las familias. De hecho, tener hijos es uno de los ingredientes fundamentales en la búsqueda del bienestar y la satisfacción vital, y los datos así lo corroboran varios estudios, que concluyen que los hijos producen un dividendo significativo de felicidad (Aassve et al., 2012; Kohler, 2005). Resulta inexplicable que esta dimensión haya recibido tan escasa atención en los debates sobre políticas públicas. A pesar de ello, fue el tema principal en la defensa que hicieron los Myrdal[12] de políticas activas de apoyo a la familia”.”

Por tanto, concluimos, el hecho de que nos falten nada menos que 2,26 millones de españoles, que habiendo sido concebidos en los últimos 30 años en España, no han nacido por decisión intencionada de quien era responsable de ellos, pone en serio peligro la misma existencia de nuestra civilización.

Imagen: https://www.definicion.xyz/2018/05/estadistica-descriptiva.html



[1] Instituto Nacional de Estadística. Nota de prensa de 8/1/2020.

[2] TFW. NOTA DE PRENSA. PRESENTACIÓN DEL ‘IX BARÓMETRO DE LA FAMILIA TFW’. Madrid, 8 de enero de 2020.

[3] Desde medios oficiales se intenta quitar importancia al problema diciendo que la inmigración será lo que revierta la situación, lo cual no deja de ser un engaño, en el sentido de engañar como “aliviar momentáneamente una sensación o necesidad, o hacer que disminuya”, es decir, como se engaña el hambre. En efecto, basta comprobar que los flujos migratorios hacia España han experimentado un auge impresionante desde el comienzo del nuevo milenio, pero, a pesar de ello, la población baja y el índice de fecundidad de la mujer española está entre los más bajos del mundo. Los inmigrantes resolverán momentáneamente el problema, pero su afluencia no es ninguna solución. En el Estudio “La situación demográfica en España. Efectos y consecuencias”, Separata del volumen II del Informe anual del Defensor del Pueblo correspondiente a 2018 puede leerse: “La llegada de extranjeros ocasiona una mejora de la demografía española, si bien las diferencias que existían en el momento de las llegadas se diluyen a medida que la población extranjera se integra en la sociedad de acogida.”.

[4] https://www.mscbs.gob.es/ca/profesionales/saludPublica/prevPromocion/embarazo/home.htm#datos

[5] No deben confundirse los conceptos de natalidad y fecundidad, que se emplean como sinónimos, pero que no lo son: “La natalidad es la frecuencia de los nacimientos producidos en el conjunto de una población, es decir, relaciona el número de nacimientos con el número de personas que forman una población concreta. Habitualmente se considera un período de tiempo determinado, por ejemplo, un año. La fecundidad es la frecuencia de nacimientos identificando el subconjunto de la población susceptible de experimentarlos. En otras palabras, relaciona el número de nacimientos con las mujeres en edad de procrear dentro de una población, habitualmente en el transcurso de un año.” Demografía. López Hernández, Dolores y Montoro Gurich, Carolina. 2008.

[6] Frase que puede leerse en el trabajo titulado El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español. Colección Estudios Sociales Núm. 36. Gøsta Esping-Andersen (coordinador). Obra Social La Caixa.

[7] Instituto de Política Familiar (IPF), ha elaborado el informe “El Aborto en España 30 años después (1985 – 2015)”. Enero, 2017

[8] Colección Estudios Sociales Núm. 36. El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español. Gøsta Esping-Andersen (coordinador). Obra Social La Caixa.

[9] Martín Seco, Juan Francisco. “La sostenibilidad de las pensiones”, en La República, 18/04/2013.

[10]RODRÍGUEZ-BORLADO, FERNANDO. Pensiones y natalidad: dos caras de la misma moneda. 24-julio-2013. Disponible en https://www.aceprensa.com/articles/pensiones-y-natalidad-dos-caras-de-la-misma-moneda/

[11] Colección Estudios Sociales Núm. 36. El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español. Gøsta Esping-Andersen (coordinador). Obra Social La Caixa.

[12] Gunnar Myrdal, economista sueco, premio nobel de Economía, y su esposa, Alva Myrdal, premio Nobel de la Paz.

jueves, 14 de mayo de 2020

La violencia verbal de los políticos profesionales




«Para Adolf Hitler, pronunciar un discurso era un acto de violencia»
Max Gallo, La noche de los cuchillos largos

Los españoles estamos asistiendo en los últimos tiempos –y en especial desde el Decreto que instauró el Estado de Alarma- a una «escalada» en los niveles de agresividad del discurso político. Hace pocos días, el líder de un grupo parlamentario decía, en la misma sede de la soberanía, lo siguiente, refiriéndose a los representantes de otro grupo político de ideología opuesta: Porque ustedes representan el odio, la hipocresía y la miseria moral, y les aseguro que España, y nuestro pueblo, una vez más, como en el siglo XX, se quitará de encima la inmundicia que ustedes representan. Quien pronunció estas palabras fue, nada menos, que Pablo Iglesias Turrión, vicepresidente segundo del gobierno de España, el pasado 29 de abril.

Los Estados totalitarios tienen por costumbre utilizar un lenguaje muy agresivo, violento, y ofensivo, porque el poder de sus líderes descansa, en buena parte, en el miedo. Baste de ejemplo la frase de Adolf Hitler que sirve de pórtico. Para Vladimir Ilich Uliánov (Lenin)  el uso de la violencia era esencial en su táctica revolucionaria,  y dijo al respecto:

La dictadura revolucionaria del proletariado es un poder conquistado y mantenido mediante la violencia ejercida por el proletariado sobre la burguesía, un poder no sujeto a ley alguna. (Obras escogidas, T. III, p 37)[1].

Siempre he mantenido la convicción de que el ejercicio de la violencia no sólo se lleva a cabo con acciones que impliquen el uso de la fuerza física, que acaben lesionando a personas o destrozando objetos. También es violencia el insulto, el desprecio o la amenaza, es violencia verbal. La cualidad de violento implica el uso de una fuerza e intensidad extraordinarias, física o –lo que es más importante ahora- moral. Se invoca, en ocasiones, la libertad de expresión para amparar estos excesos, pero se olvida que tal derecho no puede amparar jamás el uso de la violencia.

Ese lenguaje cargado de agresividad –lenguaje, insisto, violento- traspasa la puerta del hemiciclo y contagia, como un virus, a amplios sectores de la sociedad española, que se empieza a notar por momentos más polarizada, es decir, orientada en dos opciones contrapuestas. No hace falta que traigamos a colación la manida frase de Antonio Machado, pero no es bueno que olvidemos nuestra propia historia.

En la web del Congreso de los Diputados pueden consultarse los Diarios de Sesiones de la Cámara en los tiempos de la Segunda República. Si consultamos los de 1936, cuando, tras las elecciones de febrero, gobernaba el Frente Popular, sus niveles de violencia verbal eran muy elevados, reflejo de la virulencia del enfrentamiento político que ya se daba en la sociedad, y en las calles. Esos enfrentamientos desembocaron en la devastadora y cruenta guerra civil.

De dicho Diario de Sesiones sacamos este extracto del discurso del diputado don José Calvo-Sotelo, entre gritos e insultos:

(…) Eso pienso, y hago constar que mientras la presidencia me ampare en mi derecho permaneceré impertérritamente en pie, dispuesto a decir todo lo que tengo que decir. (Nuevas interrupciones: Todas las agresiones han partido de vosotros. (¡Qué cinismo!) Advierto que las interrupciones que tengan carácter ofensivo, viniendo de algunas personas para mí no lo serán. (La Sra. Ibárruri: Id a decir esas cosas en Asturias. —Continúan los rumores.)
Iba diciendo, Sr. Presidente, que con su venia entregaré a la Redacción del Diario de Sesiones los datos cuya lectura omito para no prolongar mi intervención. (Rumores.) Y advierto que entre esos episodios los hay tan horrendos, que los mismos que me interrumpen serían los primeros en guardar silencio, porque no hay ninguna persona, no ya con figura, con alma, que quiere decir figura humana, que ante ciertos episodios canallescos y horrendos, cualesquiera que sean sus autores y sus víctimas, no sienta indignación. (Nuevas protestas.)
El Sr. Azaña se limitaba a calificar de tonterías el incendio de las iglesias. (Denegaciones. — El Sr. Sánchez Albornoz: Pero, ¿cuándo lo ha dicho?) Nunca, Sr. Azaña, se puede calificar así el incendio de un templo. (Rumores y protestas. —El Sr. Presidente reclama orden. —La Sra. Nelken: Hay cosas que no se pueden oír con paciencia, ni con campanilla ni sin ella.)

En la siguiente sesión, de 16 de abril de 1936, el diputado de derechas José María Gil-Robles había hecho recuento de los recientes actos violentos. Se debatía, como estos días de la pandemia, la proposición no de Lay del fin del Estado de Alarma:

Me va a permitir la Cámara que brevemente haga una estadística de cuál es el desconcierto de España desde que el Sr. Casares Quiroga ocupa la, cabecera del banco azul. Desde el 13 de Mayo al 15 de Junio, inclusive:
Iglesias totalmente destruidas, 36. Asaltos de iglesias, incendios sofocados, destrozos e intentos de asalto, 34. Muertos, 65. Heridos de diferente gravedad, 230. Atracos consumados, 24. Centros políticos, públicos y particulares destruidos, 9. Asaltos, invasiones, e incautaciones -las que se han podido recoger-, 46. Huelgas generales, 79. Huelgas parciales, 92. Clausuras ilegales, 7. Bombas halladas y explotadas, 47.

Acabo con un breve extracto de la intervención de la diputada doña Dolores Ibárruri en esa misma sesión:

Cultivasteis la mentira; pero la mentira horrenda, la mentira infame; cultivasteis la mentira de las violaciones de San Lázaro; cultivasteis la mentira de los niños con los ojos saltados; cultivasteis la mentira de la carne de cura vendida a peso; cultivasteis la mentira de los guardias de Asalto quemados vivos. Pero estas mentiras tan diferentes, tan horrendas todas, convergían a un mismo fin: el de hacer odiosa a todas las clases sociales de España la insurrección asturiana, aquella insurrección que, a pesar de algunos excesos lógicos, naturales en un movimiento revolucionario de tal envergadura, fue demasiado romántico, porque perdonó la vida a sus más acerbos enemigos, a aquellos que después no tuvieron la nobleza de recordar la grandeza de alma que con ellos se había demostrado.

Esa violencia verbal tan extremada era entonces reflejo de la violencia real en las calles. Hoy, todavía, ese nivel de violencia total no existe aún en España. Pero el derrotero por el que discurre la política y la sociedad españolas resulta muy preocupante. Como nos enseña la historia, avivar el odio en una nación como la nuestra puede llevarnos a una violencia devastadora. Recuperemos la educación, la cordura y el debate sosegado.

Imagen: Bundesarchiv. (Bbundesarchiv_Bild_146-1982-004-13A_Aufmarsch_am_Abend_der_Machtergreifung_Hitlers.jpg)

[1] Pueden consultarse fácil y gratuitamente en Internet: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/oe3/lenin-obras-3-3.pdf

lunes, 27 de abril de 2020

Pablo Iglesias y la lucha por la independencia judicial


Rudolf von Ihering

Dedicado a Juan Antonio Sáenz de San Pedro, amigo del alma, Magistrado, y sabio

Recientemente, el Vicepresidente Segundo del Gobierno de España ponía seriamente en cuestión la independencia judicial mediante un comentario en la red social twitter, en el que, tras afirmar, de forma retórica[1], que las sentencias deben acatarse o recurrirse, escupía este exabrupto:
«En España mucha gente siente que corruptos muy poderosos quedan impunes gracias a sus privilegios y contactos, mientras se condena a quien protestó por un desahucio vergonzoso.».
De este modo, una autoridad institucional del poder ejecutivo español ponía seriamente en entredicho una concreta actuación de otro de los poderes del Estado, el judicial. Resulta sencillamente ridículo –no constituyendo sino un desprecio a la inteligencia de los españoles- lo que afirmó, en su tardía reacción, el Presidente Sánchez, diciendo que Iglesias hablaba como Secretario general de Podemos...
Un Estado de Derecho descansa sobre cuatro pilares:
  • Imperio de la ley: ley como expresión de la voluntad popular.
  • División de poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.
  • Legalidad de la Administración: actuación según la ley y suficiente control judicial y
  • Derechos y libertades fundamentales garantizados y efectivamente realizados.
En otro post de este mismo Blog hablé ya del Imperio de la Ley, a propósito de la cuestión de Cataluña[2]. Ahora comentaremos el segundo de esos pilares, la división de poderes. Aunque con antecedentes que arrancan en Aristóteles, la formulación del principio más elaborada aparece en «El espíritu de las leyes», de 1748, en el que Montesquieu afirma:
«[no hay libertad] cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo. Estando unido al primero, el imperio sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, por ser uno mismo el juez y el legislador y, estando unido al segundo, sería tiránico, por cuanto gozaría el juez de la fuerza misma que un agresor.
En el Estado en que un hombre solo, o una sola corporación de próceres, o de nobles, o del pueblo administrase los tres poderes, y tuviese la facultad de hacer las leyes, de ejecutar las resoluciones públicas y de juzgar los crímenes y contiendas de los particulares, todo se perdería enteramente.».
El título del presente post procede en parte del conocido opúsculo de R. von Ihering La lucha por el Derecho, que llegó a mis manos hace años en la edición de la Editorial Comares, con el prólogo de la traducción española (de Adolfo Posada) escrito por Leopoldo Alas, «Clarín», en 1881, que Giner estimaba como uno «de los trabajos de más intensa profundidad y de más sustancia de nuestra literatura filosófico-jurídica», como nos recuerda, en el estudio preliminar de la obra, José Luis Monereo.
La lucha por el Derecho es un deber moral de todo ciudadano, porque hemos otorgado poderes al Estado, exorbitantes, y ello supone la necesidad de arbitrar mecanismos de control a ese poder, y principal mecanismo para ello es el Derecho[3]. De esta idea surge fácilmente otra: la inevitable tensión entre el estado y el Derecho[4], que plantea importantes retos a la organización política de los Estados, y cuya mejor solución hallada hasta el presente es el concepto de Estado de Derecho, cuyos requisitos son aquellos cuatro que se han señalado.
Como recuerda Elías Díaz, la separación de poderes «constituye el resultado histórico de la lucha contra el absolutismo de los reyes en nombre de los derechos del pueblo»[5]Mediante la separación de poderes, recíprocamente estos se limitan entre sí. 
Exigencia básica de la separación de poderes es la independencia de los jueces: necesitan, a la hora de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, no estar sometidos a otro imperativo que el de la Ley. Porque, como afirma el profesor Díaz –de lo mejor de la intelectualidad socialista española- «La independencia del poder judicial frente a las presiones tanto del legislativo como, sobre todo, del ejecutivo, constituye una pieza insustituible del Estado de Derecho (…) este punto es, en efecto, central para comprobar si existe o no auténtico Estado de Derecho (…): así, (…) cuando el poder político se inmiscuye bajo formas diferentes en la actuación de los Tribunales (…), puede decirse que no existe en modo alguno Estado de Derecho.»
Sin Estado de Derecho no puede existir una sociedad democrática. Es ontológicamente imposible, jurídica y socialmente inviable. Un Estado en el que no impere la Ley y en el que los poderes no se controlen recíprocamente, porque la separación entre ellos falla, es un Estado autoritario. 
Si no tomamos en serio la independencia de los jueces en su función jurisdiccional, el totalitarismo está llamando a nuestra puerta. Por que, como afirma Ihering, «El derecho [es] una idea de fuerza; he ahí por que la justicia, que sostiene en una mano la balanza donde pesa el derecho, sostiene en la otra la espada que sirve para hacerle efectivo. La espada, sin la balanza, es la fuerza bruta, y la balanza sin la espada, es el derecho en su impotencia». En opinión de Ihering, es el individuo inserto en el organismo político el que debe luchar por el derecho, por sus derechos, y más en una sociedad democrática: «(…) si se quiere saber cómo una Nación defenderá en un caso dado sus derechos políticos y su rango internacional, basta saber cómo el individuo defiende su derecho personal en la vida privada.»
La cuestión es de importancia capital si no queremos dejarnos caer por la pendiente de un populismo lenitivo que nos conducirá directos al autoritarismo. No olvidemos que esa lucha por el derecho –y la independencia judicial es uno de los nuestros- nos incumbe en primer lugar a los ciudadanos. Pero no perdamos toda esperanza, y recordemos, con Clarín, que «la lucha [es] un estado transitorio para llegar a obtener satisfacciones que acaban con ella.»[6].

Imagen: https://gradoceroprensa.files.wordpress.com/2018/03/images13.jpeg?w=171


[1] Tercera acepción de la palabra retórica en el DRAE: adj. despect. Vacuo, falto de contenido. Una disculpa retórica.
[3] El iusfilósofo socialista Elías Díaz, hoy catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid afirma (en Estado de Derecho y sociedad democrática) que «Las ideas de control jurídico, de regulación desde el Derecho de la actividad estatal, de limitación del poder del Estado por el sometimiento a la Ley aparecen, pues, como centrales en el concepto del Estado de Derecho (…).».
[4] Como afirma G. Radbruch en su Filosofía del Derecho, «Entre ambos concepto [el estado y el derecho, la prioridad de uno u otro] existe una aguda tensión, tensión como la que se encuentra siempre entre una norma y una realidad (…).»
[5] En la citada Estado de Derecho y sociedad democrática.
[6] Leopoldo Alas en el prólogo a La Lucha por el derecho, de R. von Ihering 

sábado, 18 de abril de 2020

Sobre la Verdad y la muerte





En su imprescindible libro (un diálogo con Nicolas Diat) «Dios o Nada», recordaba el Rvdo. Cardenal Robert Sarah, citando a Thibaud Collin, la invitación de los Papas san Juan Pablo II y Benedicto XVI a los católicos a practicar «una audacia socrática» y aconsejaba releer su diálogo con su gran amigo Critón unas horas antes de morir.

Como Sócrates buscó durante toda su vida la verdad, no está de más recordar aquella hermosa aseveración de santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein, canonizada en Roma el 11 de octubre de 1998), según la cual «Dios es la verdad y quien busca la verdad, busca a Dios, sea de ello consciente o no».

Muchos, hoy en día, no creen en la verdad, o sencillamente, no creen que exista un concepto como ese, que puede resultar verdaderamente muy molesto en muchos momentos, porque puede impedir alcanzar metas vitales, individuales o colectivas. Pero, por desgracia, hoy lo más común es que el común de los mortales ni se preocupen lo más mínimo por este asunto.

Sin embargo, esa situación puede empezar a cambiar, en estos días en que la muerte se ha tornado real, material, omnipresente y cercana a todos. Es hoy una realidad inquietante, a la que ya no podemos dar la espalda en nuestro descreído mundo occidental.

El ser humano empieza a darse cuenta de que no puede modelar la realidad a sus deseos, y de que no decide ni puede ni podrá nunca decidir por sí mismo ni su vida, ni su muerte. Vittorio Messori, en su «Hipótesis sobre Jesús», compara nuestra condición «a la de aquel que se despierta en un tren que corre a través de la negrura de la noche. ¿De dónde partió este tren, en el que nos colocaron no sabemos cuándo ni porqué, adónde camina, porqué en este tren y no en otro?». Y recuerda, con Pascal que «lo único que sé es que pronto moriré: pero lo que más ignoro es precisamente esa muerte a que no escaparé».

Precisamente, Blaise Pascal no comprendía a quienes no toman una postura sobre la verdad de Dios, no comprendía a aquellos que, en la mesa en la que está en juego la vida, no optan por una u otra de las hipótesis «O Dios existe o no existe. ¿Por cuál de las hipótesis apuestas?». Porque ese tren que imaginaba Messori más pronto o tarde arribará a un oscuro túnel, a cuyo final ninguno de los pasajeros sabe lo que podremos encontrar.

Al comienzo recordábamos a Sócrates porque me interesa destacar un aspecto de su hermosísimo diálogo postrero con Critón (que nos contó su discípulo Platón). Y es algo que yo no me he cansado de repetir a quien ha querido escucharme: que no todas las opiniones son respetables, no todas valen igual, no podemos hacer tábula rasa ante cualquier criterio u opinión por el mero hecho de que cada cual es libre de pensar como desee. No todas las opiniones son respetables, pues las hay erróneas, aberrantes, ridículas o falsas. O letales. Y ninguna de esas merecen el menor respeto.

Decía Sócrates a su amigo Critón: «… entre las opiniones de los hombres las hay que son dignas de la más alta estimación y otras que no merecen ninguna (…) no debemos curarnos de lo que diga el pueblo, sino sólo de lo que dirá aquel que conoce lo justo y lo injusto, y este juez único es la verdad [por lo que] es preciso morir aquí o sufrir cuantos males vengan antes que obrar injustamente.» Faltar a la verdad era, para Sócrates, cometer una injusticia, y él tenía a gala actuar siempre buscando la virtud.

Y esto es una de las cosas -y no la menor- que fallan más estrepitosamente en la política y en los políticos españoles, a quienes actuar en la virtud, la justicia y la verdad les es ajeno. Porque, seguía diciendo Sócrates, «es preciso (…) no hacer jamás injusticia, ni volver el mal por el mal, cualquiera que haya sido el que hayamos recibido [porque d]esde el momento en que están discordes sobre este punto, es imposible entenderse sobre lo demás, y la diferencia de opiniones conduce necesariamente a un desprecio recíproco».


sábado, 30 de noviembre de 2019

Matrimonios, aprendan a discutir







ALGUNAS IDEAS PARA LA BUENA COMUNICACIÓN CONYUGAL

Aprender a discutir.

La relación conyugal es la más estrecha, y, por tanto, la más exigente de cuantas los seres humanos pueden llegar a establecer a lo largo de su vida. Compartir hasta la respiración hace que cada pequeño gesto, y, por ende, cada palabra, sea escudriñada y produzca efectos. Y, por eso es absolutamente esencial que aprendamos a comunicarnos bien[1].

Desde la boda, el marido y la mujer pasarán por diferentes etapas, las cuales, si el matrimonio está bien construido, es decir, si tiene bases sólidas –si se vivió el noviazgo de modo conveniente y efectivo, y sirvió para aumentar el conocimiento mutuo- servirán para crecer en el amor, y así, la relación, y cada uno de sus miembros irán mejorando en los distintos aspectos de su vida y de su personalidad.

Sin embargo, se trata de un camino no exento de dificultades, pues exige llevar a cabo un esfuerzo diario para combatir nuestro egoísmo, la raíz de casi todos los males morales que afligen a las personas y destruyen los matrimonios.

De ello surge la consecuencia evidente de que es imposible que el matrimonio no discuta, pues determinadas situaciones o necesidades serán vistas de manera diametralmente diferentes por ambos cónyuges. Se trata de la misma realidad o el mismo problema, pero sobre el que cada uno tiene una idea diferente.

Esta posibilidad de tener ideas discordantes hay que darla por sentada entre los miembros de la pareja, porque es inevitable. ¿Hay posibilidad de que se generen conflictos a lo largo de la vida matrimonial? No, en absoluto, no hay posibilidad… hay seguridad. Se generarán, con certeza, y eso no es malo, ni hay que tener temor a que ocurra. Porque incluso es bueno, y esos conflictos bien resueltos, sirven para el crecimiento personal –hay que ceder, y ello nos hará mejores, más generosos, desprendidos y, en consecuencia, más alegres- y para la mejora de la relación matrimonial, que se verá muy beneficiada de la correcta gestión de una crisis[2], de una disparidad de opiniones. En la gran mayoría de los casos, los motivos de discusión son siempre los mismos, y responden a situaciones que, vistas desde fuera, tienen, generalmente, poca o ninguna importancia objetiva.

Lo que hay que evitar es dejar de solucionar estas desavenencias, mediante el silencio o el distanciamiento. Si tememos hablar con el cónyuge para no discutir, estamos dejando entrar al “diablo del silencio” en nuestro santuario matrimonial, y ello supone asumir un riesgo importante. No hablar es distanciarse, alejarse y abandonarse.

Pues bien, hecha esta introducción, voy a exponer ocho sencillas técnicas que a nosotros nos han ido realmente muy bien en nuestros primeros veintinueve años de matrimonio, y más de 30 juntos.

a.      Escuchar.
Ante todo, debemos aprender a escuchar. Es la primera técnica que sugiero. Ello exige renunciar a transformar la discusión en un combate dialéctico (es decir, en una competición consistente en argumentar y discutir para vencer al contendiente, mediante técnicas que rebaten los razonamientos del contrario para situar a los nuestros por encima y, así, resultar vencedor). Es decir, nunca debemos considerar un desencuentro como un combate en el que debe haber un ganador.

Escuchar al otro supone, sencillamente, ponerse en su lugar. Si nuestro cónyuge nos dice que se ha sentido mal con algo que hemos dicho, o hecho, o no hemos dicho o no hemos hecho, no intentemos contra-argumentar (“…yo no he hecho o dicho eso”, o menos aún “no te enteras de nada, estaba diciendo –o haciendo- esto otro”). No, simplemente escuchemos, e intentemos comprender la raíz del malestar del otro o de su diferente modo de ver el problema o la situación.

Escuchar supone, pues, un esfuerzo por comprender al otro, por lo que se debe dejar al otro hablar hasta que acabe todo lo que tiene que decir.

Por eso, después de escuchar, callemos, interioricemos lo escuchado y… si es necesario, pidamos perdón, para, en el futuro, intentar comportarnos de otra manera.

b.      Pedir perdón y perdonar
En palabras de Jutta Burggraf, «nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. “El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares," dicen los árabes»[3]. Y sigue diciendo: «¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: "Te perdono"? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que renuncio a la venganza y quiero, a pesar de todo, lo mejor para el otro». Desde luego, aquel que acuñó aquella famosa frase de que «el amor consiste en no tener que decir nunca “lo siento”» no sabía una palabra de amor.
Para que la pareja matrimonial sea funcional, los cónyuges deben pedirse perdón, y perdonarse, muchas veces. Y, generalmente, deberá tomar la iniciativa el cónyuge que se considere agraviado. Aunque resulta paradójico, y no es fácil, este sencillo comportamiento soluciona muchas situaciones difíciles.

c.       No interrumpir.
De lo que se ha dicho se deduce esta segunda técnica: no se debe interrumpir al otro antes de que acabe de decir todo lo que desee o tiene que decir. Es muy molesto –para todos- que nos interrumpan cuando expones una idea, creyendo, los que te escuchan, que saben ya –antes de decirlo- lo que vas a decir, o lo que quieres decir. El que escucha, como vemos en este caso, presume lo que quieres o intentas decir, supone que te refieres a unos determinados antecedentes, y, posiblemente, esa suposición sea falsa.

Interrumpir de ese modo supone, sencillamente, que no estamos escuchando, porque nuestro cerebro está dedicado a elaborar la respuesta -dialéctica-. Y es una respuesta que, normalmente, será incorrecta, estará equivocada, porque no hemos acabado de escuchar al cónyuge y, por tanto, no hemos llegado a comprenderle. Con las interrupciones podemos incluso llegar a faltar al respeto al cónyuge.

d.      Evitar presunciones
La tercera habilidad necesaria es aprender a evitar las presunciones. Lo acabamos de ver, las presunciones corresponden a deformaciones cognitivas[4], que son mecanismos inconscientes del cerebro que nos hacen imaginar situaciones que no son reales.

No presumamos, o supongamos, nunca, lo que el otro nos está queriendo decir. Escuchemos, y, si no entendemos, preguntemos, pero no presupongamos. Presuponer es un serio inconveniente a cualquier diálogo.

e.      No considerar al otro nuestro rival y no competir, no tenemos público.
Cuarta técnica. En la gestión de un desencuentro, un enfado, una situación compleja que no entendemos, y que nos genera inseguridad, tendemos a ver nuestra pareja como a un rival o contendiente, y nos preparamos a la lucha[5]. Hay que luchar contra este modo –equivocado- de ver las cosas. Porque de lo contrario, la discusión se convertirá en un combate, y de la lucha, un miembro de la pareja, o ambos, pueden resultar heridos.

Aquí es de aplicación la paciencia[6]: saber esperar, ponerse en lugar del otro y escuchar. Muchas veces, el cansancio, las pocas horas de sueño, o el estar abrumado por problemas cotidianos, nos hacen hacer o decir cosas que en otra situación no diríamos o haríamos jamás. Muchas veces, esa manera inadecuada de comportarnos se debe, simplemente, a la química de nuestro organismo. Por eso hay que saber esperar, comprender, y escuchar.

f.        No mezclar temas, no traer a colación el pasado.
Los temas que se discuten no deben “contaminarse” evocando situaciones similares ocurridas en el pasado, -que nunca serán tan similares como pretende el que las invoca- o recurriendo al tan socorrido “y tú más”. Comportarse de ese modo en una discusión no sirve más que para iniciar un camino circular que no conduce a lugar alguno, y que sólo servirá para enconar el enfrentamiento, y empeorar la desavenencia surgida.  

Conviene centrarse en la situación que ha generado la discusión, focalizar en ella los razonamientos para intentar resolverla o llegar a un acuerdo. Evitemos siempre traer a colación otros sucesos y situaciones del pasado. Es un error muy común.

g.      Evitar quejas y reproches. No ser una “máquinita de regañar”.
Algo que debemos tener siempre presente, la misión del marido no es educar a su esposa, así como tampoco es misión de la esposa educar al marido. De modo que evitemos utilizar con nuestro cónyuge el tono del maestro enfadado, o el que un padre o madre utilizan para corregir o castigar a su hijo. Es otro error grave, que se comete por exceso de confianza, porque con él podemos llegar a faltar al respeto a nuestro cónyuge.

h.      Jamás faltar al respeto a nuestro cónyuge.
Y la última advertencia, que es crucial, y sobre la que nunca se insistirá bastante: Debemos tratar a nuestro cónyuge, siempre y en todo caso, pero más en una discusión, con absoluto respeto, consideración y afecto, como trataríamos a la persona que nos mereciera nuestra máxima consideración. Eso supone no levantar la voz, ni mucho menos insultar. Gritar, gesticular, despreciar, amenazar, golpear objetos, arrojar cosas con fuerza, etc., son comportamientos agresivos. Suponen, aun en su menor grado, ejercer violencia. Y eso no hay relación conyugal que lo supere, salvo a costa de un enorme esfuerzo, que, en muchas ocasiones, no deja la situación como antes de esa pérdida de respeto.

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SOBRE LA IMAGEN: El director de largometraje, Noah Baumbach, afirmó: "“Lo que quería era hacer una historia de amor. Y por un tiempo estuve pensando en cómo hacerlo. Cómo contar una historia de amor de una manera diferente o una manera con la que yo pudiese relacionarme. Creo que esta película es sobre el divorcio de muchas maneras, es verdad, pero siempre estuve muy enfocado en la historia de amor. Pensé que a través del divorcio lo que podía explorar era el matrimonio”.



[1] “La comunicación interpersonal, en el ámbito del matrimonio, es una condición que, por ser esencial para la pareja, resulta ineludible e irrenunciable. El matrimonio no es otra cosa que comunicación. El amor que une a dos personas no es otra cosa que diálogo”. Así se expresa el doctor Aquilino Polaino en su libro La comunicación en la pareja. Errores psicológicos más frecuentes, y sigue diciendo que “es necesario diagnosticar precozmente los errores que por ambas partes se cometen en el frágil y difícil arte de la comunicación”.  

[2] La palabra “crisis”, además de su significado de “situación mala o difícil” significa también cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados
[3] Aprender a perdonar. Jutta Burggraf. Opúsculo que puede encontrarse fácilmente en Internet (por ejemplo, aquí: https://es.catholic.net/op/articulos/10021/cat/411/aprender-a-perdonar.html), y que resulta, en mi opinión, de lectura obligada para toda pareja de novios que tenga intención de casarse, y, por supuesto, para todo matrimonio. A él me remito con entusiasmo.
[4] “Hay distintas maneras de distorsionar la realidad, guiándonos por nuestra cognición sin saber si ésta es la acertada. El autor del libro expone que todas las parejas que han sido capaces de amarse y comunicarse pueden llegar a arreglar sus desavenencias haciendo un trabajo cognitivo adecuado. Suele ser curioso que el amor se convierta a veces en desprecio cuando éste solo se basa en nuestras interpretaciones. Tal vez, hay que sentarse a reflexionar cómo ciertos pensamientos destruyen algo que puede ser, verdaderamente hermoso.” Con el amor no basta. Aaron T. Beck, (1990) Paidós, Barcelona.

[5] “A veces se dicen cosas sin pensar. No expresan lo que uno siente, sino más bien la tensión del momento o incluso el deseo de ganar la discusión”. Eso es lo que dice Prudencia Prim para consolar a la madre del Hombre del Sillón, arrasada en lágrimas tras unas duras palabras de su hijo. Natalia Sanmartín Fenollera. El despertar de la Señorita Prim. Novela de lectura muy recomendable para los cónyuges, aunque sólo incidentalmente trate sobre el matrimonio. 

[6] El Papa Francisco trata este asunto en su exhortación apostólica Amoris Laetitia (A.L., 91-92) admirablemente bien, al hilo del hermoso texto paulino de Corintios 13, 4-7:

“91. La primera expresión utilizada es makrothymei. La traducción no es simplemente que «todo lo soporta», porque esa idea está expresada al final del v. 7. El sentido se toma de la traducción griega del Antiguo Testamento, donde dice que Dios es «lento a la ira» (Ex 34,6; Nm 14,18). Se muestra cuando la persona no se deja llevar por los impulsos y evita agredir. Es una cualidad del Dios de la Alianza que convoca a su imitación también dentro de la vida familiar. Los textos en los que Pablo usa este término se deben leer con el trasfondo del Libro de la Sabiduría (cf. 11,23; 12,2.15-18); al mismo tiempo que se alaba la moderación de Dios para dar espacio al arrepentimiento, se insiste en su poder que se manifiesta cuando actúa con misericordia. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder.

92. Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla. Por eso, la Palabra de Dios nos exhorta: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad» (Ef 4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía.”

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