miércoles, 30 de enero de 2013

Uno de Nosotros



Copio a continuación el magnífico artículo que D. Francisco J. Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Sevilla publicó el pasado día 25 de enero en el ABC de Sevilla:



La justicia poética ha hecho coincidir el lanzamiento la semana pasada de la Iniciativa Legislativa Popular Europea “Uno de nosotros” –cuyo objetivo es “conseguir de la UE el compromiso de no consentir ni financiar acciones que impliquen la destrucción de embriones humanos”- con el cuadragésimo aniversario de la sentencia “Roe v. Wade” del Tribunal Supremo de EEUU, que, en combinacíon con "Doe v. Bolton", impuso la legalidad del aborto en cualquier circunstancia en los dos primeros trimestres de embarazo. Fue la señal de partida para una oleada despenalizadora que se extendió rápidamente a casi todo Occidente: Francia (1974), Italia (1978), España (1985), etc.

La evolución de los debates ha sido divergente, sin embargo, en EEUU y Europa. En EEUU, “Roe” suscitó una encendida “guerra cultural” que no ha cesado desde entonces. El movimiento pro-vida americano, pese a enfrentarse al casi insalvable muro legal de “Roe v. Wade” (sólo reversible mediante una nueva decisión del Tribunal Supremo, que hasta ahora no se ha producido), no se ha dado por vencido: sigue congregando a cientos de miles de personas en concentraciones, atrae a los jóvenes, presiona a la clase política… y está ganando la batalla de la opinión pública (aunque los medios de comunicación, como en Europa, son hostiles a él): el porcentaje de personas que se definen como pro-vida en las encuestas subió desde el 33% al 50% entre 1995 y 2012, en tanto que los pro-elección descendían desde el 56% al 41%. Un 45% de las manifestaciones callejeras que tuvieron lugar en EEUU en 2012 estuvieron relacionadas con el aborto (y tres cuartos de ellas eran de signo pro-vida). Un artículo reciente de la líder abortista Frances Kissling reconocía que el bando pro-elección está viejo, anquilosado en sus argumentos y amenazado por los avances tecnológicos que hacen cada vez más transparente el seno materno.

Europa ofrece un panorama muy diferente. España es una excepción, pues el caso Morín (2006) y la ley Aído (2010) suscitaron una vigorosa movilización popular de respuesta, incomprensiblemente desatendida hasta ahora por el gobierno Rajoy. Pero en muchos países europeos el aborto es un tema cerrado: el movimiento pro-vida casi ha desaparecido; la minoría anti-aborto está resignada a la regulación permisiva.

De ahí la importancia de la iniciativa “Uno de nosotros”. Impulsada por europarlamentarios como Jaime Mayor Oreja o Carlo Casini, busca reabrir el debate sobre el derecho a la vida del no nacido a nivel continental. Aprovecha el resquicio jurídico abierto por la sentencia “Brüstle v. Greenpeace” (2011) del Tribunal Europeo de Justicia, que estableció que, según el Derecho comunitario, no pueden ser patentados métodos biotecnológicos que impliquen la destrucción de embriones humanos. La iniciativa extrae el principio subyacente –el embrión merece protección jurídica- y desarrolla sus consecuencias lógicas: si la UE no quiere incurrir en incongruencia, debe extender el principio de protección del nasciturus a todos los ámbitos en los que tiene competencia: la salud pública, la financiación de la investigación, la cooperación al desarrollo… Se trata de que no puedan ser financiadas con fondos europeos políticas sanitarias que fomenten el aborto, investigaciones científicas y técnicas reproductivas que impliquen la destrucción de embriones, etc.

Los maximalistas se apresurarán a poner pegas: el objetivo es demasiado modesto; ¿por qué no plantear frontalmente la re-penalización del aborto? La respuesta es que la UE no posee competencias en materia penal: la iniciativa aprovecha los flancos competenciales accesibles a las instituciones europeas. De lo que se trata es de relanzar el debate sobre los derechos del no nacido en países donde éste prácticamente se había extinguido. Si se consiguiera la prohibición de financiar experimentos que impliquen la destrucción de embriones, los países que permiten el aborto quedarían enfrentados a la paradoja: ¿protegemos a los embriones frente a los experimentos científicos, y no frente a sus propias madres? ¿Por qué? Si la vida del no nacido es un bien digno de protección, lo es frente a cualquier agente, en cualquier contexto.

Es preciso situar al abortismo frente a sus contradicciones. En Illinois, la mujer embarazada que fuma o se droga puede ser multada. Sin embargo, esa misma mujer puede abortar libremente hasta los seis meses: tiene derecho a matar a su hijo, pero no a dañarlo con sustancias tóxicas. Cada vez se editan más libros sobre la vida prenatal, que permiten a los padres seguir las etapas del embarazo, imaginar qué aspecto tiene su retoño; se venden estetoscopios para oír el corazón fetal, etc. Pero ese mismo feto cuyo desarrollo merece tanta atención puede ser aniquilado en virtud de un cambio de humor de su progenitora que arroje sobre él el estigma de “no deseado”. Y hay cirujanos especializados en intervenciones intrauterinas, como Joseph Bruner, que, o bien operan al feto de espina bífida, o lo matan, según elija la madre. Si se consigue prohibir la financiación de las investigaciones que destruyen embriones, el abortismo habrá sido atrapado en una contradicción más. De esas que repugnan a la inteligencia.

Para prosperar, “Uno de nosotros” necesita conseguir un total de un millón de firmas, con porcentajes por países en función de su población. Las organizaciones pro-vida de diversas naciones tendrán que cooperar. En Bruselas preocupa el déficit democrático de las instituciones comunitarias, y la escasa identificación emocional de los europeos con ellas: falta una “conciencia nacional” europea. “Uno de nosotros” puede paliar ese déficit, y generar conciencia europea, con la causa más noble de nuestro tiempo.

lunes, 28 de enero de 2013

UNA APOLOGÍA DE LA FAMILIA



D. Manuel de Unceta y Murúa
Foto de la Biblioteca Nacional de Madrid

UNA APOLOGÍA DE LA FAMILIA[1]

A veces, inesperadamente, uno encuentra y lee cosas que le ensanchan el corazón. Recientemente ha llegado a mis manos un escrito, titulado “Origen de la familia: principales derechos y deberes consiguientes a esta institución”, muy en la línea del magnífico eslogan del Foro Español de la Familia , “hablando bien de las cosas buenas”. Se trata del discurso leído en la Universidad Central por D. Manuel de Unceta y Murúa en el Acto solemne de recibir la Investidura de Doctor en Derecho civil y canónico. Data de 1863, cuando este insigne vasco era un joven de 26 años; poco más tarde sería  diputado a cortes por Guipúzcoa.  A pesar de tratarse de un escrito de 150 años de antigüedad, el texto goza de una sorprendente actualidad, como podrá apreciar el amable lector; en él pueden leerse estas hermosísimas frases:

“La familia, esa santa y venerada institución, que ha sido y será siempre el cuadro más bello del mundo (…) y que ha ejercido constantemente una influencia muy directa en la marcha de la humanidad, y que lo mismo esparce sus encantos en las miserables cabañas que en los opulentos palacios, igualmente en la morada del rico magnate que en la del pobre menestral; la familia, que ha sido uno de los objetos primordiales de los libros santos, y que ocupa las más brillantes páginas de la historia y de la filosofía, de la legislación y del derecho, de la economía y de la moral, de la política y de las ciencias todas, en fin, porque refleja fiel y exactamente el estado de las naciones. (…) 

Los primeros destellos y el fundamento de esta gran reunión de seres racionales que forma la sociedad humana, los encontramos en la familia. (…) La familia responde a una necesidad de nuestro corazón; llena un vacío inmenso; es el complemento de nuestro modo de ser (…). La familia da nacimiento a una cadena de seres ligados por medio de un vínculo estrecho y misterioso, cuya benéfica influencia nos sonríe y acaricia en la cuna, y que en el transcurso de nuestro ser, nos consuela de los pesares y amarguras de la vida, vínculo que no enfría la nieve de las canas, que vive siempre y se transmite puro de generación en generación. (…)

Ninguno de los goces del mundo puede compensar los suaves y delicados de la familia, y cuando uno de sus individuos sufre, su corazón encuentra desahogo y consuelo, confiando sus penas en el seno del hogar doméstico. (…) El amor es la ley que preside sus destinos, y eslabonados todos los corazones, formando la dulce cadena del cariño recíproco, miran tranquilos deslizarse sus días, viendo dibujarse en lontananza, los destellos de una felicidad eterna”.

Más adelante (el discurso completo abarca diecisiete páginas de imprenta), el autor de esta deliciosa apología de a familia hace afirmaciones de gran interés y actualidad, como cuando resalta que “la mancomunidad de sentimientos y de esperanzas” que unen al padre y a la madre “no puede resultar de uniones pasajeras, de uniones sin principio y sin dignidad”, porque para él “la unión legítima y durable de los dos sexos (…) es el fundamento de la familia y de la sociedad”. No podemos estar más de acuerdo con ello.

De sorprendente actualidad es su rotunda afirmación de la igual dignidad y derechos del varón y la mujer unidos en matrimonio, cuando, hablando de la unidad matrimonial afirma que “los cónyuges deben guardarse recíprocamente la fe jurada al pie de los altares; a ambos incumbe igualmente la dirección de los asuntos domésticos, siendo la categoría de la mujer igual en un todo a la de su marido”,  y cree al respecto que “la educación moral de los hijos es, pues, el primer y uno de los más estrechos deberes de los padres; si lo olvidan, pocas veces podrán gustar las caricias de un buen hijo”.

Por último, el discurso acaba con el homenaje a la Madre, en unas líneas cargadas de amorosa emoción, que a mi me parecen de lo más hermoso que he leído al respecto:

“Cuando han transcurrido muchos años desde que la que nos dio el ser bajó al sepulcro, y cuando nuestra vida toca a su ocaso, entre los misteriosos celages[2] que ocultan el porvenir, creemos divisar una forma humana coronada de una aureola de purísima luz; es la sombra de nuestra madre querida, que después de habernos conducido por entre los mil escollos que por doquiera ofrece el mundo, viene cariñosa a sentarse al borde de su tumba, para esperarnos en el límite fatal que separa el mundo de la eternidad, la vida de la muerte”.



[1] Discurso de palabra o por escrito, en defensa o alabanza de alguien o algo
[2] DRAE: Celaje: Presagio, anuncio o principio de lo que se espera o desea.

viernes, 25 de enero de 2013

OPTIMISMO





Hoy he leído un par de cosas que me han levantado el ánimo. Carmina García-Valdés, Directora General de la Fundación RedMadre, publica hoy una columna en Alfa y Omega que llena el corazón de esperanza. Se titula “Una oportunidad para la vida” y en ella constata que “la sociedad española está cambiando. Poco a poco, la consideración del inmenso valor de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, gana terreno”. Considera Carmina que, a pesar de que todavía hay muchos que no quieren o no saben verlo, estamos ante un “cambio imparable, gradual, profundo y que implica a toda la sociedad”. Y pone varios ejemplos, como el enorme crecimiento de la Red de asociaciones y personas sencillas que “trabajan generosamente ayudando a miles de embarazadas y madres en apuros (como los voluntarios de RedMadre), como la prometida reforma de la Ley del aborto, que abandonará su consideración como pretendido “derecho” de la gestante y volverá a ser una Ley de supuestos, con abandono del eugenésico, o como las multitudinarias concentraciones de ciudadanos que cada años se reúnen en las ciudades españolas el Día Internacional de la Vida. Cita también García-Valdés, como síntoma inequívoco de este imparable cambio, la nueva composición del Comité de Bioética de España, que recientemente ha incorporado a profesionales de la talla de Natalia López Moratalla, Vicente Bellver, Nicolás Jouve o José Miguel Serrano, “quienes destacan en la comunidad científica por su ardiente defensa de la vida humana”.

Este cambio de la sociedad española no puede ser considerado esta vez como una “isla” en la mentalidad que sobre este trascendental asunto se tiene en el resto del mundo. Y aquí es donde hemos de citar a otra de las cosas que, leídas hoy, me han llenado de optimismo. Con el título “40 años después los provida son más jóvenes” publicó ayer en ACEPRENSA Juan Meseguer un ilusionante artículo que comienza con la siguiente entradilla “Los cuarenta años transcurridos desde la legalización del aborto en EE.UU. no han acallado el debate legal y ético. Mientras la vieja guardia pro-choice se las ve y se las desea para renovar sus bases, se consolida una nueva generación de jóvenes dispuestos a cambiar el statu quo establecido por Roe vs. Wade, la sentencia del Tribunal Supremo estadounidense que legalizó allí el aborto el 22 de enero de 1973. La tesis de su artículo puede resumirse en que la postura pro-vida ha pasado a ser la mayoritaria en la opinión pública estadounidense, y además lo es entre los jóvenes. Me ha llamado especialmente la atención lo que cuenta Meseguer respecto al nerviosismo que este cambio de tendencia está provocando entre lo más granado del sector pro-choice: Nancy Keenan (quien recientemente renunció a la presidencia de NARAL, una de las organizaciones pro-aborto más importantes y activas con objeto de buscar una sucesora más joven que supiera “conectar con las nuevas generaciones”) no ocultó su asombro cuando vio desfilar a la muchedumbre en la marcha por la vida celebrada en Washington el 22 de enero de 2010, aniversario de Roe vs. Wade. “Lo único que pensé fue: ¡Madre mía, son tantos y tan jóvenes!”, declaró a la periodista de Newsweek.

Cree Meseguer el paulatino cambio de mentalidad en la sociedad estadounidense, y especialmente entre la juventud se debe a que “el desarrollo de las ecografías, que han hecho más visible el desarrollo del feto, ha llevado a plantear el debate en términos de justicia antes que de liberación: dado que el feto es un ser humano vivo (independientemente de que sea deseado o no), el aborto es una injusticia radical que nos afecta a todos y a la que hemos de poner fin. Porque “el feminismo provida ha cautivado a una nueva generación de mujeres jóvenes que rechazan el espejismo de pensar que para ser pro-mujer hay que ser pro-choice”, escribe en Time (3-01-2013) Emily Buchanan, directora de la organización provida Susan B. Anthony List.

En definitiva, parece que caminamos de modo imparable hacia el venturoso día en que “los abortos serán cosa del pasado”, en palabras de Vicente Morro (que reproduje en http://www.joaquinpolo.net/2012/01/algun-dia-los-abortos-seran-cosa-del.html), que seguía diciendo “Mucho más temprano que tarde” conseguiremos acabar con el aborto, y entonces “se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor” -les suenan estas palabras, ¿verdad?- en efecto, cuando nos libremos del aborto habremos construido una sociedad mejor, verdaderamente humana.

En este tema el asunto es tan simple y evidente como que jamás, en ningún caso y bajo ninguna circunstancia la ley debe permitir que un ser humano disponga a su antojo de la vida de un semejante. Tras miles de años de evolución yo diría que hemos llegado por fin a un acuerdo básico sobre esto.

Imagen: http://carmelojorda.blogspot.com.es

sábado, 12 de enero de 2013

Hegel y la Familia




La vida te da sorpresas, y las cosas no son siempre como parecen. G. W. Fredrich Hegel, el inspirador del materialismo dialéctico de Marx, quien declaró extinta la familia, quien veía que era necesaria la extinción de los lazos familiares para que el individuo recuperara su libertad, aquel que afirmó (en carta no conservada a Kuautski de 1884 que Engels cita en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”) que «En los tiempos primitivos, la hermana era esposa, y esto era moral», expone su concepto de familia y matrimonio en los siguientes términos (las negritas son mías, pero la cursiva es del original):

“En cuanto sustancialidad inmediata del espíritu la familia se determina por su unidad sentida, el amor. “Amor significa conciencia de mi unidad con el otro, de tal manera que no estoy para mi aislado, sino que consigo mi autoconciencia al abandonar mi ser por sí y saberme como unidad mía con el otro y como unidad del otro conmigo. (…) El primer momento del amor es que no quiero ser una persona independiente para mi y que si lo fuera me sentiría carente e incompleto. El segundo movimiento consiste en que me conquisto a mi mismo en la otra persona y valgo en ella, lo cual le ocurre a ésta a su vez en mi”.

“En cuanto relación ética inmediata, el matrimonio contiene, en primer lugar, el momento de la vida natural (…) la vida en su totalidad como realidad de la especie y su proceso. Pero, en segundo lugar, (…) se transforma en la autoconciencia en una unidad espiritual, en amor autoconsciente. El matrimonio es esencialmente una relación ética. Antes se la consideraba (…) según su aspecto físico, es decir, tal como existe naturalmente. Pero igualmente primario es considerarlo meramente como un contrato civil, representación que aparece incluso en Kant, (…) lo que rebaja el matrimonio a la forma de un uso recíproco de acuerdo con un contrato. La tercera representación que hay que rechazar es la que pone el matrimonio exclusivamente en el amor, pues el amor, que es un sentimiento, admite siempre la contingencia, figura que lo ético no puede adoptar. El matrimonio debe determinarse por lo tanto de modo más exacto como el amor jurídico ético, en el cual desaparece lo pasajero, caprichoso y meramente subjetivo del mismo”[1].

Con todo esto, la idea que del matrimonio y la familia tiene el filósofo alemán es muy precisa, bastante clara –teniendo en cuenta lo abstruso[2] que es en general su pensamiento y sus escritos- y contiene algunos de los elementos esenciales que nosotros consideramos imprescindibles: eticidad, juridicidad y fundamento amoroso.

La familia para Hegel es el reino del espíritu objetivo, que en su sistema se sitúa tras el espíritu subjetivo (referido a la vida individual, espíritu «para sí», es decir, el que está en su propia casa), junto a la sociedad y el Estado y antes del espíritu absoluto, el del arte, la religión y la filosofía, la forma pura del pensamiento.

Y acierta especialmente, en  nuestra opinión, en tres momentos:

  • -   Cuando rechaza la concepción del matrimonio como mera relación natural, basada en el instinto, pues eso es propio del reino animal y de las necesidades de perpetuación de la especie.
  • -   Cuando tampoco se muestra de acuerdo con Kant en conceptuar el matrimonio como un mero contrato[3]. Y
  • -   Cuando considera que el matrimonio no puede basarse simplemente el el afecto, en el mero sentimiento, cuya contingencia no cabe en una relación ética.


Por todo ello, Hegel puede ser citado como precedente de D’Agostino cuando habla, en su obra “Filosofía de la familia” de  la juridicidad constitutiva de la familia, que significa para este último “la imposibilidad de descubrir en su concepción histórico existencial la lógica familiar sin recurrir a la lógica del Derecho”.

Imagen: http://www.kheper.net



[1] G.W. Friedrich Hegel: PRICIPIOS DE LA FILOSOFÍA DEL DERECHO. Trad. Juan Luis Vermal. Col. Los libros de Sísifo. EDHASA. Barcelona, 1999. Pp. 277 y ss.

[2] DRAE: Recóndito, de difícil comprensión o inteligencia.

[3] Quien afirma en su obra “La Metafísica de las Costumbres” que con el matrimonio “la adquisición es triple: el varón adquiere una mujer, la pareja adquiere hijos y la familia, criados” y considera a la comunidad conyugal como el “uso recíproco que un hombre hace de los órganos y capacidades sexuales de otro” aunque, eso sí, matizando que “la adquisición de un miembro del cuerpo de un hombre es a la vez la adquisición de la persona entera, porque esta es una unidad absoluta”, y por consiguiente “la entrega y aceptación de un sexo para el goce del otro no sólo es lícita con la condición del matrimonio, sino que sólo es posible con esta condición”. Como vemos, Kant nos presenta la consideración del matrimonio como mero contrato, relación sinalagmática o acto mercantil.

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