domingo, 28 de julio de 2013

¿Dónde están nuestros niños?




Gobierno de Chile. Extraordinario:


Desde hace varias décadas que Chile enfrenta un gigantesco desafío demográfico producto de una sostenida baja en sus tasas de natalidad y un alza en las expectativas de vida, que ha llevado a un envejecimiento progresivo de su población, con adultos mayores que son cada día más numerosos frente a niños y jóvenes cada vez más escasos.
Si hace 50 años las mujeres en edad fértil tenían en promedio 5,4 hijos, ya en 1990 esa cifra había caído a la mitad y hoy apenas alcanza a los 1,8, lejos de los 2,1 requeridos para mantener nuestra población constante e inferior a la de Latinoamérica (2,2) y el mundo (2,4). El resultado: hoy tenemos un millón de niños menos jugando y alegrándonos la vida que los que existirían si hubiésemos mantenido los índices de natalidad de principios de los años 90. Si seguimos por este camino, se estima que hacia el 2020 habrá 250 mil niños menos en nuestras escuelas y recién hacia el 2050 alcanzaremos los 20 millones de habitantes, fecha en la cual nuestra población será la mitad de la de Perú y Argentina, y habremos sido alcanzados por la de Bolivia.
Diversos estudios coinciden en las graves consecuencias para Chile de este fenómeno. En efecto, el aumento de la tasa de dependencia de adultos mayores respecto de la población económicamente activa y los mayores costos asociados a este proceso, especialmente en materia de salud y pensiones, inevitablemente llevarán a un aumento del gasto agregado a costa del ahorro e inversión del país, lo que, a su vez, producirá una caída en el crecimiento potencial de largo plazo de nuestra economía en torno al un punto porcentual del PIB (desde sus actuales niveles del 5% aproximadamente a algo menos del 4%). En mi opinión, sin embargo, no es el aspecto económico lo más grave y preocupante de este fenómeno. A fin de cuentas, los mismos estudios coinciden en que la baja en la tasa de natalidad debiera producir aumentos adicionales en el PIB per cápita de los chilenos, en el gasto en educación por niño, en la participación laboral y salarios de las mujeres, e incluso en la recaudación fiscal (por el aumento de los ingresos derivados del IVA, que grava el consumo).
Lo realmente preocupante de este verdadero invierno demográfico que estamos sufriendo es que trasunta una falta de fe y confianza de los chilenos en el futuro. Digámoslo con todas sus letras: no hay peor pobreza, quizás no material, pero sí espiritual, que la escasez de niños, pues en ellos se funda buena parte de la felicidad y motivación personal, familiar y social. De hecho, en Chile más del 80% de los padres reconocen que sus hijos son su mayor fuente de alegría y satisfacción. No es raro, entonces, que esta crisis de la natalidad sea seguida de otras, como el debilitamiento creciente de la familia y sus redes sociales, del aumento en el número de personas viviendo solas, de la mayor prevalencia de enfermedades mentales como la depresión, de la caída en los niveles de solidaridad intergeneracional; en fin, de tantos factores que dan sentido a nuestras vidas. Y es que inevitablemente un país con bajas tasas de natalidad es un país más triste, más gris y con menos fe en su futuro.
Por todo ello, el gobierno de Chile decidió tomar el toro por las astas y poner en marcha una audaz agenda en favor de la familia, la maternidad y la natalidad, confiados en que todo lo que hagamos hoy por nuestros niños lo restituirán con creces a la sociedad en el futuro. Esta agenda cuenta con tres pilares: fomento de la natalidad; promoción y flexibilización del trabajo femenino; y apoyo a las familias con niños, cada uno con medidas, metas y plazos concretos.
En materia de fomento de la natalidad, lo primero es hacernos cargo de la dura realidad de cerca de 250 mil parejas, casi una de cada cinco del total en edad reproductiva, que sufren de distintos tipos de infertilidad y que, en su inmensa mayoría, pueden ser resueltas con tratamientos de baja y mediana complejidad, como la estimulación ovárica o la inseminación intrauterina. Para ellas, hemos resuelto cuadruplicar el número de tratamientos de fertilización y reproducción asistida disponibles a través de Fonasa. Junto a lo anterior, recientemente establecimos un bono de hasta $ 200.000 a aquellas madres biológicas o adoptivas que tengan más de dos hijos, como una forma de reconocer que la maternidad no es algo que competa sólo a las madres y padres, sino a la sociedad toda, y dar una señal concreta de que en Chile estamos comprometidos con la vida y necesitamos más niños.
En materia de promoción y flexibilización del trabajo femenino, estamos muy contentos de haber creado, durante nuestro gobierno, más de medio millón de empleos para mujeres, y de haber aumentado significativamente sus salarios y tasa de participación laboral. Sin embargo, no queremos que esto se haga a costa de la familia y la maternidad. Porque así como no es justo que la maternidad sea un impedimento para que la mujer trabaje, tampoco lo es que el trabajo sea un impedimento para que la mujer tenga hijos. No queremos que en Chile las mujeres tengan que optar entre el trabajo que necesitan y el cuidado del hijo al que aman. Porque necesitamos ambos.
Por eso extendimos el posnatal a seis meses y su cobertura de un tercio a la totalidad de las mujeres trabajadoras, favoreciendo a la fecha a cerca de 150.000 madres; estamos subsidiando en hasta un 20% el salario de 180 mil mujeres pertenecientes al 30% más vulnerable; pusimos en marcha el programa de 4 a 7, para que los hijos de madres trabajadoras tengan actividades educativas y recreativas después de sus horarios de clases, y estamos reformando el sistema de salas cuna para favorecer a todas las madres trabajadoras, creando una subvención educacional universal desde los tres años y estableciendo la universalidad, obligatoriedad y gratuidad del kínder.
Finalmente, en materia de apoyo a las familias con niños, hemos aumentado la superficie promedio de las viviendas sociales desde 42 a 47 m2, y sobre 50 m2 para las familias con más hijos o que acojan a adultos mayores o a personas con capacidades diferentes, lo que, sin duda, permite mejorar sustancialmente la calidad de vida familiar dentro del hogar. Y también creamos el Ingreso Etico Familiar, una política esencialmente pro familia, que a través de subvenciones estatales apoya a todas las familias más vulnerables, pero especialmente a las que tienen más hijos.
Los chilenos tenemos hoy no sólo la maravillosa oportunidad de alcanzar el desarrollo, sino también de decidir qué tipo de desarrollo queremos alcanzar. No sacamos nada con llegar a ser un país rico en bienes materiales, pero pobre en espíritu. Son demasiadas las naciones y pueblos que, intentando escapar de las garras de la pobreza, terminan  rindiéndose a las enfermedades de la riqueza, como el individualismo y materialismo excesivo, la disolución de la familia; el aborto, la eutanasia y el suicidio; el abandono de los niños y ancianos y la proliferación del alcoholismo y la drogadicción, todos los cuales terminan siendo más crueles y desgarradores que cualquier carencia material. Y qué mejor antídoto contra estos y otros males de las sociedades modernas que contar con familias más fuertes y unidas y niños más respetados y queridos alegrándonos la vida. A fin de cuentas, los niños son como las estrellas: iluminan nuestras vidas incluso en la oscuridad de la noche, y por eso nunca serán demasiados; mientras más niños existan en Chile, mejor.

viernes, 12 de julio de 2013

¿Debe el Estado financiar los anticonceptivos?

 
 
 
Me ha parecido realmente interesante la opinión de Benigno Blanco, presidente del Foro Español a propósito de la cuestión que se plantea en el título del presente Post. Por ello, y con su permiso, la copio a continuación:
 
 “Quien usa anticonceptivos es porque libremente así lo decide ¿por qué todos los contribuyentes debemos financiar con nuestros impuestos el coste que supone este conjunto de decisiones libres y voluntarias de algunos?”.
 
“Lo justo sería que el Estado no financiase ningún producto anticonceptivo pues nadie está obligado a mantener relaciones sexuales ni a optar por el consumo de  anticonceptivos”.
 
Madrid 12 de julio de 2013.- En condiciones normales los anticonceptivos no son fármacos que curen ninguna enfermedad, sino productos usados voluntariamente para evitar las consecuencias de una conducta libre y voluntaria. No hay por tanto ninguna razón para que el Estado con cargo a los impuestos de todos los ciudadanos financie el consumo de tales productos.
 
Para el presidente del Foro de la Familia, Benigno Blanco, “el lobby de la industria de la anticoncepción ha logrado en las últimas décadas manipular a la opinión pública y a los políticos de muchos países para que el Estado se convierta en el mayor publicista de sus productos y en el financiador de su consumo, contra toda lógica. Quien usa anticonceptivos es porque libremente decide tener relaciones sexuales y libremente quiere evitar las consecuencias de su conducta libremente elegida; ¿por qué todos los contribuyentes debemos financiar con nuestros impuestos el coste que supone este conjunto de decisiones libres y voluntarias de algunos?”
 
La decisión del Gobierno español de dejar de financiar algunos anticonceptivos de última generación, manifiesta una independencia loable de los intereses económicos capitalistas de determinadas industrias que aspiran a vivir del presupuesto público; pero es una decisión que se queda corta. Lo justo sería que el Estado no financiase ningún producto anticonceptivo pues nadie está obligado a mantener relaciones sexuales ni a optar por el consumo de  anticonceptivos; y, si lo hace, es razonable que asuma las consecuencias -también las económicas- de su conducta libremente asumida continuó Benigno Blanco.
 
Al mismo tiempo, el presidente del Foro de la Familia se preguntó: “¿Se imaginan ustedes que el Estado incentivase el consumo de alcohol y tabaco y financiase ese consumo y además financiase los tratamientos contra el alcoholismo y el tabaquismo? ¿No pensaríamos todos que el Estado estaría al servicio de los intereses económicos de las empresas productoras y vendedoras de alcohol y tabaco? Seguro que sí”.
 
El Foro de la Familia considera razonable pedir al Gobierno español que dejen de financiarse los anticonceptivos con cargo a los impuestos de todos los españoles, pues su uso no tiene como finalidad curar ninguna enfermedad. En este sentido, Benigno Blanco señaló que “la financiación estatal de los anticonceptivos no deja de ser poner el Estado al servicio de los intereses particulares de empresas que logran ser parasitarias del presupuesto para no asumir el riesgo de competir en el mercado…¡y a costa de los impuestos que pagamos todos!”
 
El Foro de la Familia recuerda que cuando no hay dinero para subir las pensiones, ni para mantener el desempleo de los mayores, ni para becas, ni para políticas familiares…; que sí se dediquen recursos públicos a financiar a multinacionales farmacéuticas comercializadoras de anticonceptivos, es profundamente injusto y refleja un contubernio entre políticos y empresas injustificable y vergonzoso.
 
Imagen: www.abc.es

Más infantilismo

Imagen: "Infantilismo". migueljara.com


Hace ya meses escuchaba un programa de radio en el que una conocidísima periodista gritaba a pleno pulmón a un oyente atribulado… “Tú tienes derecho a ser feliz”. Al parecer, el oyente llamó al programa radiofónico para quejarse de que el médico no había querido recetarle un ansiolítico de moda…

El niño se caracteriza precisamente por su tendencia a convertirse (si una buena educación no lo remedia) en un pequeño tirano, convencido de que todos están a su servicio y de que no tiene deberes, sólo tiene el derecho a que todo y todos estén a su servicio. Debe tratarse de un condicionamiento educativo humano, y dice a este respecto María Calvo, en su interesantísimo trabajo “La ideología de género y sus consecuencias sobre la relación paterno-filial” que en ello tiene mucho que ver el debilitamiento de la figura paterna, cuando no la simple ausencia del padre: hablando de las madres animales, que “parecen conocer de esta necesidad [que el niño no se sienta «devorado» por su madre por la sobreprotección que ésta le dispensa] y (…) para hacer combativos a sus vástagos (…) no dudan en maltratarlos para alejarlos de ellas mismas” las contrapone a las madres humanas, quienes “por el contrario, luchan por evitar a sus crías todo tipo de sufrimiento y tienden a darles cuanto necesiten; haciéndolas adictas al placer –reproduciendo y prolongando así la placentera vida uterina– y provocándoles a largo plazo la más inmensa de las infelicidades, pues los convierten en seres carentes de la dimensión adulta, niños eternos, en palabras de F. Savater, “envejecidos niños díscolos”.

Estos niños eternos, seres carentes de dimensión adulta, (véanse más indicios de su existencia en este mismo Blog: El adulto infantilizado) son los que mayoritariamente pueblan hoy día las ciudades y pueblos del hemisferio occidental “civilizado”. Y no olvidemos que lo que nos convierte en humanos no es una determinada característica genética o bioquímica (no hace mucho se publicaba que, habiéndose descifrado y secuenciado el genoma completo de los grandes simios, su gran similitud con el genoma humano llenó de estupor a los investigadores, que no fueron capaces de encontrar en las cadenas moleculares de los ácidos nucleicos aquello que nos hace precisamente humanos), no, lo que nos convierte en humanos es la libertad, el libre albedrío.

Pero la otra cara de la libertad, es decir, la misma libertad mirada desde otro ángulo, es la responsabilidad. Somos libres porque nos autodeterminamos, y como consecuencia de esa autodeterminación asumimos plena y conscientemente las consecuencias de nuestros actos. Se ha llegado a decir, en este sentido, que “no hay premios ni castigos; hay consecuencias”. Siempre, claro está, que estemos en presencia de un adulto en el pleno uso de sus facultades mentales. A este respecto el derecho penal (por poner un ejemplo) acuñó el concepto de “inimputabilidad” para los casos de personas que no eran capaces de asumir las consecuencias de sus actos, por lo que la sanción penal no debería recaer en ellos. Son inimputables los menores y los locos. Incapaces de asumir las consecuencias de sus actos.

Pues bien, la sociedad occidental, y muy particularmente la española, se está despeñando a velocidad acelerada (como no puede ser de otra manera) por la pendiente de convertirnos a todos en esos “envejecidos niños díscolos” de los que hablaba Savater. Y me quiero detener en un solo ejemplo:

Con el pretendido derecho a abortar, es decir, a eliminar una vida humana cuando es más vulnerable, cuando está en el seno materno y cuando ha recibido, por el motivo que sea el estigma de “no deseada”, la irresponsabilidad alcanza cotas astronómicas. En primer lugar, el egoísmo y la irresponsabilidad del varón, que se desentiende por completo de las consecuencias de sus actos, endilgándole el “problema” a la madre y haciéndola única responsable de una acción en la que han intervenido ambos al 50%. Y en segundo lugar la madre y la sociedad en su conjunto. La mera consideración de una nueva vida humana como “un problema” ya es una dramática muestra del nivel de degeneración moral de nuestra sociedad. Pero que además, se promueva desde los poderes públicos, se pague con dinero público y le legisle para considerarlo un derecho subjetivo al hecho de matar a la personita concebida es del todo injustificable.

Ante un embarazo (la mujer ya es madre cuando queda embarazada), en lugar de asumir las consecuencias, por el respeto al superior concepto de la vida y la igual dignidad de todo ser humano, se pretende evitar el problema, eludir la situación, sacrificando esa vida prenatal. Cuando esa nueva vida presenta alguna probabilidad de desarrollar alguna enfermedad también se acude a su supresión, a la eliminación de esa vida, como si fuera poco o menos valiosa.

Son las consecuencias de considerar la relación sexual como un simple pasatiempo, un divertido juego que, por desgracia, puede tener consecuencias imprevistas.

La vigente ley del aborto  tiene mucho que ver en todo esto; es hoy en día el culmen de la estulticia, y del abuso del concepto de derecho subjetivo, con aquello de que “las mujeres tiene derecho a la maternidad libremente decidida” (¡como si alguna vez no lo hubieran tenido!), o el derecho (que se menciona en la Exposición de Motivos) a la “libre disposición de su cuerpo”, lo que recuerda al esclavo que reivindica lo único que considera suyo, su cuerpo. En el colmo de la hipocresía, afirma la Exposición de Motivos de este aciago texto legal que la presente ley reconoce el derecho a la maternidad libremente decidida, que implica, entre otras cosas, que las mujeres puedan tomar la decisión inicial sobre su embarazo y que esa decisión, consciente y responsable, sea respetada, pero lo hace tras afirmar un poco más arriba que en esta ley se toman como punto de partida los principios de la sentencia 53/1985, del Tribunal Constitucional, básicamente aquel que decía que la vida prenatal es un bien jurídico merecedor de protección que el legislador debe hacer eficaz.

De modo que, basándose en ese principio que expone el Constitucional, la ley proclama, en llamativo alarde de desvergüenza, que considera razonable dejar un plazo de 14 semanas en el que se garantiza a las mujeres la posibilidad de tomar una decisión libre e informada sobre la interrupción del embarazo. Es decir, que la protección jurídica de la vida prenatal que el legislador debe regular consiste en dejar libertad a la madre para acabar con la vida de su hijo. Sigue diciendo (y uno no puede evitar el sonrojo y la indignación) que la experiencia ha demostrado que la protección de la vida prenatal es más eficaz a través de políticas activas de apoyo a las mujeres embarazadas y a la maternidad (pero en la ley no se prevé ni regula nada al respecto, absolutamente nada) … por ello, la tutela del bien jurídico en el momento inicial de la gestación se articula a través la voluntad de la mujer, y no contra ella.

Recuperemos, más bien, comencemos a exigir cada vez más alto  ser tratados como adultos, como seres humanos íntegros y responsables de nuestros actos. Sólo así nuestra sociedad volverá a tener la esperanza de no desaparecer por completo.




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