miércoles, 18 de febrero de 2015

EL PARTIDO POPULAR Y LA MENTIRA






Hace unos años, paseando por la inmensa ciudad-mercadillo que entonces se llamaba Puerto Stroessner (hoy se llama Ciudad del Este), en Paraguay, intentaba regatear el precio de un reloj “Rolex” porque me parecía muy caro. El vendedor, muy poco amable, me pedía 15 dólares. Cuando le decía que me parecía muy caro me respondía muy serio… “¡es que es un ROLEX!”

Considero que hay una cosa que causa hondo rechazo en el hombre de bien, que molesta profundamente a cualquier persona sensible y cabal. Y ello es que, sin motivo, le traten como si fuera débil mental, o le desprecien, intentando engañarle de manera burda, riéndose en su cara.

Me considero un hombre de bien que no se merece este trato por parte de unos gobernantes, en los que, además, deposité mi confianza en el año 2011. Y hoy se han reído de mi, y de unos cuantos millones de españoles más.

No se puede mentir tanto. No puede el señor Floriano decir con que la reforma de la Ley de aborto del presidente Zapatero que ha presentado hoy, el Partido Popular cumple su programa electoral. Porque es mentira, y él lo sabe.

No se puede decir, como lo ha hecho el propio presidente Rajoy, que no va a modificar la ley porque “no hay consenso”, como si la propia reforma de Bibiana Aído hubiera gozado de alguno, o como si el propio PP no hubiera aprobado leyes sin el menor atisbo de acuerdo con las demás fuerzas políticas. Y menos aún en un tema como el del aborto, en el que todos saben que el consenso es imposible.


La frivolidad y vacuidad de un partido político que todavía hace unos meses representaba la cosmovisión de una buena parte de españoles –de una holgada mayoría de ellos tras las ultimas elecciones-, y su rendición en la batalla de las ideas frente a quienes representan a aquellos que jamás le votarán, me resulta alarmante. Estoy convencido de que este comportamiento tramposo y desleal no ha de quedar impune.

Imagen: www.pp.es

domingo, 1 de febrero de 2015

Un "chute" de vida




"Papá y Blanca"
Autora: Blanca Polo. 6 años.


Recuerdo que, cuando mi hija Blanca tenía tres años recién cumplidos, se despertó una noche llamándome a gritos desde su habitación: “¡¡papaaaaaa, papaaaaaa!! … ¡¡¡Papiiiiiiii, veeeeeen!!!!. Algo alarmado –no demasiado, es mi cuarta hija y uno está bastante curtido en este tipo de situaciones nocturnas- me dirigí enseguida a su habitación. Cuando llegué junto a su cama observé que estaba plácidamente dormida, pero en seguida se giró, me miró a los ojos y me dijo: “papi… te quiero”. Y siguió durmiendo con toda paz.

Esta niña es bastante aficionada a decir explícitamente que te quiere, y lo hace a menudo. No es una niña especialmente dócil, ni particularmente simpática, pero si muy franca en sus afectos. Juega constantemente, y considera que jugar es su deber… ¡Papi, que estoy jugando!, me dice muy seria, entre un ordenado despliegue de muñecos a quienes intenta disciplinar, cuando la llamo para que se siente a la mesa a la hora de comer o comience a hacer los deberes escolares.

Pocas cosas generan más felicidad que ver crecer, madurar a tus hijos, ver sus caritas agitadas, o preocupadas, o felices y risueñas, oír sus risas, sus carreras, saltos, empujones, bailes y sus juegos de todo tipo. Verlas llegar a casa (hablo en femenino porque soy padre de cuatro hijas), cansadas pero con una reserva de energía que no se agota, acompañadas muchas veces de amigas, para trabajar o jugar, y siempre proponiéndote mil planes o pidiéndote mil cosas que necesitan urgentemente.

No es ni mucho menos siempre fácil,  ni es siempre una convivencia suave y sin sobresaltos la que hay en casa. El orden y el silencio quedan definitivamente proscritos. Muy a menudo las hermanas discuten y se pelean, se quitan cosas, se insultan y hasta se dan algún cachete. Acuden siempre a papá y mamá, cargadas de razón, para que el adulto las respalde, o medie a su favor en la disputa concreta. Hay llantos, gritos, desencuentros, enfurruñamientos, malas caras.

Los niños, en ocasiones, son una especie de horda que acaban con la paciencia del más pintado, o al menos lo intentan. Tienen sus trucos para salirse con la suya a costa de lo que sea, y es difícil que acepten de buena gana una negativa, o que se les lleve la contraria. Tienen pocos deseos de esforzarse, de cumplir con sus obligaciones cotidianas, y necesitan muchas veces de algún “refuerzo” paterno.

También se ponen enfermos, mis hijas son especialistas en todo tipo de ahogos, ya se nos ha quitado el susto que nos daba ver a alguna completamente morada… también se caen, se hacen heridas y puede que sangren aparatosamente. Te prueban de mil y una formas, te exigen lo posible y lo imposible y casi nunca se conforman con lo que tienen o con lo que son.

Es decir, en un hogar con niños hay días deliciosos, radiantes y hermosos, donde reina la paz y la armonía... y otros tales que si los comparamos con la batalla del Somme, ésta parece un leve escarceo tumultuoso. Hay noches en las que es imposible pegar ojo, porque tu hija de 16 años no aparece, o porque tu bebé no considera oportuno que dejemos de oír su hermosa voz. Y hay tardes lluviosas en las que los juegos de sobremesa permiten pasar unas horas deliciosas. Los papis disfrutamos intensamente de la hora u hora y media de paz que puede haber alguna noche, en ese delicioso rato que media desde que la última es vencida por el sueño hasta que a uno se le cierran los ojos...

En definitiva, es… ¡como la misma vida!, que también tiene sus días hermosos y sus días nefastos, esos problemas, grandes o pequeños que nos agobian a veces a todos, y esos ratos de felicidad, los éxitos más menos importantes, o simplemente algo que ocurre como esperábamos o como lo habíamos planificado; hay a veces dolor o decepción, y otras veces alegrías o satisfacción...

En realidad, esa especie de "tensión" a la que te somete la crianza y educación de una prole, más o menos nutrida, te hace sentirte vivo, muy vivo, explícita y abrumadoramente vivo, y por tanto joven y dispuesto a enfrentarte con quien sea y con lo que sea para sacarles adelante y que sean felices. La familia en la que hay niños, sobre todo cuando hay varios, es lo más parecido a una sociedad entera en miniatura, y es por tanto la mejor escuela de humanidad. Por eso dice Enrique Monasterio, en su Blog Pensar por Libre (http://pensarporlibre.blogspot.com.es/2014/12/dios-en-panales.html) que “Dios necesitó una familia para ser verdadero hombre”.

Estoy plenamente convencido de que los hijos son, sobre cualquier otra cosa, y por encima de cualquier otra consideración, la mayor fuente de felicidad en esta vida, y realmente, lo que da sentido pleno y radical a la existencia humana. El que voluntariamente, y sin otra razón de peso, se priva de ello renuncia a la mayor fuente de realización personal que existe.

Sin embargo, esta afirmación mía está hoy siendo firmemente puesta en entredicho, sobre todo por los jóvenes. Son normales frases como esta, para, por ejemplo, defender que es preferible tener en casa un gato antes que un hijo: porque estás completamente centrado en tu carrera profesional y no entra en tus planes que alguien te distraiga de ello. Tu trabajo es de lo más gratificante y sabes que tu dedicación será recompensada. Tu futuro es lo primero. Está muy expendida hoy la mentalidad de que lo único importante es lo que cada uno elija, que por eso mismo, ya está bien, no hay opciones mejores o peores que otras, todo se reduce al mero individualismo.

Es el signo de los tiempos. Por eso, Francesco D’Agostino dice que “en este momento histórico estamos asistiendo a un conflicto que va a marcar época: la batalla entre una visión individualista del hombre y una visión relacional. Yo estoy convencido de que la auténtica es la relacional, pero la otra es muy funcional y ampliamente extendida (…). Precisamente esta visión es la que está atacando a la familia, por su clara naturaleza relacional”.


LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...