lunes, 25 de julio de 2011

Lenguaje políticamente ridículo (2)

La Real Academia de la Lengua ya ha advertido del disparate que supone esta forma de uso de nuestro idioma. En este sentido, invito a todos a leer a menudo la entrada "GÉNERO" del Diccionario Panhispánico de dudas. Yo tengo y uso la primera edición, de octubre de 2005. Pero puede encontrarse y manejarse entero en Internet. Os copio (las negritas son mías):

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2. Uso del masculino en referencia a seres de ambos sexos

2.1. En los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexosEl hombre es el único animal racional; El gato es un buen animal de compañíaConsecuentemente, los nombres apelativos masculinos, cuando se emplean en plural, pueden incluir en su designación a seres de uno y otro sexoLos hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales; En mi barrio hay muchos gatos (de la referencia no quedan excluidas ni las mujeres prehistóricas ni las gatas). Así, con la expresión los alumnos podemos referirnos a un colectivo formado exclusivamente por alumnos varones, pero también a un colectivo mixto, formado por chicos y chicas. A pesar de ello, en los últimos tiempos, por razones de corrección política, que no de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita en estos casos la alusión a ambos sexos: «Decidió luchar ella, y ayudar a sus compañeros y compañeras» (Excélsior [Méx.] 5.9.96). Se olvida que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva; así pues, en el ejemplo citado pudo —y debió— decirse, simplemente, ayudar a sus compañeros. Solo cuando la oposición de sexos es un factor relevante en el contexto, es necesaria la presencia explícita de ambos géneros: La proporción de alumnos y alumnas en las aulas se ha ido invirtiendo progresivamente; En las actividades deportivas deberán participar por igual alumnos y alumnas. Por otra parte, el afán por evitar esa supuesta discriminación lingüística, unido al deseo de mitigar la pesadez en la expresión provocada por tales repeticiones, ha suscitado la creación de soluciones artificiosas que contravienen las normas de la gramática: las y los ciudadanos.

2.2. Para evitar las engorrosas repeticiones a que da lugar la reciente e innecesaria costumbre de hacer siempre explícita la alusión a los dos sexos (los niños y las niñas, los ciudadanos y ciudadanas, etc.; → 2.1), ha comenzado a usarse en carteles y circulares el símbolo de la arroba (@) como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo, ya que este signo parece incluir en su trazo las vocales a y o: l@s niñ@s. Debe tenerse en cuenta que la arroba no es un signo lingüístico y, por ello, su uso en estos casos es inadmisible desde el punto de vista normativo; a esto se añade la imposibilidad de aplicar esta fórmula integradora en muchos casos sin dar lugar a graves inconsistencias, como ocurre en Día del niñ@donde la contracción del solo es válida para el masculino niño.
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El artículo es mucho más amplio, merece la pena leerlo entero. Si seguimos escribiendo como hasta ahora hacen los seguidores de esta jerga políticamente ridícula (basta "intentar" leer recientes textos legales, entre otros la reciente ley gallega de familia para darse cuenta) será imposible leer algo de la manera en que ha sido escrito.

Lenguaje políticamente ridículo

Asistimos en los últimos tiempos en España (y no sé si sucede lo mismo en el resto de países hispanohablantes) a un penoso espectáculo a la hora de escribir en el idioma español. La pretensión de la ideología de género de imponer lo que ellos denominan "lenguaje no sexista" está ganando terreno, y cada día tenemos la desventura de leer textos escritos en esta jerga, qué digo leer, mejor intentar leer, pues esa manera de retorcer nuestro idioma deviene en unos textos de casi imposible lectura y de  pésima dicción. El asunto va mucho más allá de una mera cuestión estilística (que de seguir así acabara convirtiendo al idioma de Cervantes en una herramienta inútil) , se trata de una insidiosa manipulación de la ideología de género, que trata de imponerse en todos los frentes, y en éste, el primero.

Mi querido -y sabio- amigo Vicente Morro ha publicado recientemente el artículo que copio a continuación, en el que, con buen humor, describe los límites del ridículo a los que estamos llegando en España:

 ¿Dónde están mis hijas?

Me temo que debo haberlas perdido en algún recodo de los caminos de la Historia. Igual que a mi mujer, a mis hermanas, a mis amigas. Me explico. Soy uno de esos recalcitrantes a los que no les parece bien hacer ideología de las cosas más importantes. Por eso tengo la costumbre, buena para mí y mala para los amantes del lenguaje políticamente correcto imbuido de ideología de género, de seguir en esto los dictados de la Real Academia Española.

El caso es que tengo tres hijos varones y dos hijas. Cuando hablo de ellos –y ellas, tendría que haber añadido ahora para ser lo que ya he confesado que detesto-, casi siempre para presumir y sentirme satisfecho, me “olvido” de las dos chicas, pues tengo la costumbre de decir que “mis hijos son estupendos” o que “mis hijos son un regalo extraordinario de Dios” o “a pesar de todos los problemas, que no son pocos, no cambiaría a uno sólo de mis hijos”. También me olvido de mi mujer –sólo a veces- cuando digo, por ejemplo, que “todos iremos a tal o cual sitio” o cuando digo “nosotros llegaremos tarde”. Tendría que decir, para no invisibilizarlas, “todos y todas iremos” o “nosotros y nosotras llegaremos tarde” (los que me conocen saben que aquí estoy siendo muy realista y que la culpa suele ser sólo mía por lo que el uso sólo del masculino está más que justificado).

Hace unas semanas asistimos a la boda de una de mis sobrinas –y, si Dios quiere, dentro de unos meses asistiremos a la de una de mis ahijadas-. A mi hermano, el padre de la novia, unos días antes le dije: “Al final podremos ir todos, pues los dos mayores han podido cambiar los turnos de trabajo”. Curiosamente entendió que íbamos siete y no sólo los cuatro varones, y eso que no dije “iremos todos y todas”.

Otro ejemplo: mi mujer, obviamente, es lo que más quiero –y lo mejor que me ha pasado en mi vida-. Cuando hablo de los dos tengo el ¿vicio? de decir “nosotros”. ¿Qué tendría que decir para ser correcto políticamente, moderno o solidario: nosotros y nosotras, ella y yo, los y las dos? ¿No es simplemente ridículo?

Perdonadme, todos y todas (lo digo por si quieren aplicarme con efectos anticipados la futura –espero que no- ley de igualdad de trato y no discriminación), por el tiempo que os he robado, pero no quería quedarme callado ante tanta estupidez ideológica que ofende el sentido común. Amo igual a mis hijas y a mis hijos (un poco menos que a mi mujer, lógicamente); aprecio lo mismo a mis amigas que a mis amigos; trato de ayudar igual a mis compañeros que a mis compañeras; quier o a mis hermanos, hermanas, sobrinas, sobrinos; pero no pienso hablar de todos y todas, ellos y ellas, unos y otras. Seguiré diciendo “todos” porque hablo con el corazón y con la cabeza al mismo tiempo, porque uso la razón, el sentido común y la lógica y no la ideología. Os quiero a todos.

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