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sábado, 18 de abril de 2020

Sobre la Verdad y la muerte







En su imprescindible libro (un diálogo con Nicolas Diat) «Dios o Nada», recordaba el Rvdo. Cardenal Robert Sarah, citando a Thibaud Collin, la invitación de los Papas san Juan Pablo II y Benedicto XVI a los católicos a practicar «una audacia socrática» y aconsejaba releer su diálogo con su gran amigo Critón unas horas antes de morir.

Como Sócrates buscó durante toda su vida la verdad, no está de más recordar aquella hermosa aseveración de santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein, canonizada en Roma el 11 de octubre de 1998), según la cual «Dios es la verdad y quien busca la verdad, busca a Dios, sea de ello consciente o no».

Muchos, hoy en día, no creen en la verdad, o sencillamente, no creen que exista un concepto como ese, que puede resultar verdaderamente muy molesto en muchos momentos, porque puede impedir alcanzar metas vitales, individuales o colectivas. Pero, por desgracia, hoy lo más común es que el común de los mortales ni se preocupen lo más mínimo por este asunto.

Sin embargo, esa situación puede empezar a cambiar, en estos días en que la muerte se ha tornado real, material, omnipresente y cercana a todos. Es hoy una realidad inquietante, a la que ya no podemos dar la espalda en nuestro descreído mundo occidental.

El ser humano empieza a darse cuenta de que no puede modelar la realidad a sus deseos, y de que no decide ni puede ni podrá nunca decidir por sí mismo ni su vida, ni su muerte. Vittorio Messori, en su «Hipótesis sobre Jesús», compara nuestra condición «a la de aquel que se despierta en un tren que corre a través de la negrura de la noche. ¿De dónde partió este tren, en el que nos colocaron no sabemos cuándo ni porqué, adónde camina, porqué en este tren y no en otro?». Y recuerda, con Pascal que «lo único que sé es que pronto moriré: pero lo que más ignoro es precisamente esa muerte a que no escaparé».

Precisamente, Blaise Pascal no comprendía a quienes no toman una postura sobre la verdad de Dios, no comprendía a aquellos que, en la mesa en la que está en juego la vida, no optan por una u otra de las hipótesis «O Dios existe o no existe. ¿Por cuál de las hipótesis apuestas?». Porque ese tren que imaginaba Messori más pronto o tarde arribará a un oscuro túnel, a cuyo final ninguno de los pasajeros sabe lo que podremos encontrar.

Al comienzo recordábamos a Sócrates porque me interesa destacar un aspecto de su hermosísimo diálogo postrero con Critón (que nos contó su discípulo Platón). Y es algo que yo no me he cansado de repetir a quien ha querido escucharme: que no todas las opiniones son respetables, no todas valen igual, no podemos hacer tábula rasa ante cualquier criterio u opinión por el mero hecho de que cada cual es libre de pensar como desee. No todas las opiniones son respetables, pues las hay erróneas, aberrantes, ridículas o falsas. O letales. Y ninguna de esas merecen el menor respeto.

Decía Sócrates a su amigo Critón: «… entre las opiniones de los hombres las hay que son dignas de la más alta estimación y otras que no merecen ninguna (…) no debemos curarnos de lo que diga el pueblo, sino sólo de lo que dirá aquel que conoce lo justo y lo injusto, y este juez único es la verdad [por lo que] es preciso morir aquí o sufrir cuantos males vengan antes que obrar injustamente.» Faltar a la verdad era, para Sócrates, cometer una injusticia, y él tenía a gala actuar siempre buscando la virtud.

Y esto es una de las cosas -y no la menor- que fallan más estrepitosamente en la política y en los políticos españoles, a quienes actuar en la virtud, la justicia y la verdad les es ajeno. Porque, seguía diciendo Sócrates, «es preciso (…) no hacer jamás injusticia, ni volver el mal por el mal, cualquiera que haya sido el que hayamos recibido [porque d]esde el momento en que están discordes sobre este punto, es imposible entenderse sobre lo demás, y la diferencia de opiniones conduce necesariamente a un desprecio recíproco».


lunes, 9 de julio de 2012

Hurgadores



Ayer vi, a esa tardía hora de la tarde en la que se oculta el sol, y de nuevo, muy de mañana, a personas que, arrastrando carritos, rebuscaban en los contenedores de basura. Fue en mi barrio, en mi calle, casi en mi casa. Son los "hurgadores". Yo los conocí en lejanos países, en otras latitudes, otros climas, otras economías. Allí, los carros que utilizaban eran tirados por caballos, y llevaban colgadas por todo su perímetro grandes bolsas negras de basura. Muchos niños montaban en ellos y saltaban al llegar a su objetivo.

La imagen de una persona hurgando en la basura es pavorosa, y ya estamos conviviendo con ella. Era muy difícil de imaginar este retroceso hace ahora sólo unos pocos años. Representan el fracaso de un sistema, la consagración de la desigualdad, la demolición de la estructura social. Y lo representan porque están entre nosotros, y porque nosotros lo consentimos, miramos para otro lado y continuamos viviendo como si nada de esto sucediera, dando la espalda a una tristísima realidad de pobreza.

Ya están aquí. ¿Hasta cuando se quedarán entre nosotros? 

Imagen: http://pv-uruguay.blogspot.com.es

lunes, 9 de abril de 2012

Política familiar


El modelo de política familiar que se vaya a desarrollar por parte de los poderes públicos de un país debe hacer posible que la familia cumpla sus funciones estratégicas, que le corresponden como primera entidad vertebradora de la sociedad. En efecto, la familia no ha perdido sus importantísimas funciones de procreación, educación, cohesión social, socialización, transmisión de valores y pautas de conducta, y, cada vez más, la función estratégica de protección social, que proporciona seguridad a sus integrantes.

sábado, 31 de marzo de 2012

La virtud de la justicia y su relevancia en el comportamiento moral



Me parece, en primer lugar, que no está de más aclarar en lo posible qué es de lo que estamos hablando, pues creo que así será más fluido el razonamiento que intentemos. Ética (“êthos”) y Moral (“mos”), palabras que etimológicamente tienen igual significado, hacen referencia en primera instancia al modo de ser, al carácter. Pero el carácter se adquiere viviendo, por el hábito, por la costumbre. Por eso suele definirse a la moral (y a la ética) como la ciencia de las costumbres, metafísica de las costumbres, ciencia de los actos humanos, ciencia del bien y del mal, ciencia de la voluntad en orden a su último fin…

Pero la ética tiende a descubrir en la realidad o en la conciencia el hecho moral elemental: el deber. Por que el objeto de la ética es la moralidad, entendida aquí como el carácter de bondad o malicia de las acciones humanas, y este carácter lo adquirirán según cual sea su relación con el deber. Y, por tanto, el problema fundamental de la ética es el fundamento de la obligación moral del hombre, la explicación moral del “tú debes”. Por todo lo expuesto podemos decir que el êthos es el fundamento de la praxis, la raíz de la que brotan todos los actos humanos.

A continuación daremos un paso más: ¿Cuál es el sustrato, el fundamento de la ética, que permite predicar la moralidad (bondad o maldad) de la acción humana: el valor de la justicia. Éste valor constituye el puente de conexión de la moral, de la ética, con el Derecho, que no es más que un punto de vista sobre la justicia, pues ésta supone el constitutivum ontológico de lo jurídico.

Por tanto vemos con Aristóteles que la justicia supone un rasgo del modo de ser y actuar del hombre, una virtud, hábito que nos induce a obrar para conseguir la felicidad. Como el resto de las virtudes éticas, se alcanzan con la práctica, con la repetición. La moral es hija de los buenos hábitos. Y con esto, como vemos, hemos alcanzado el punto de partida.

Por tanto, la aspiración, el deseo vehemente de alcanzar la justicia preside las acciones humanas cuando estas aspiran a ser calificadas como moralmente buenas. Es pues el último criterio. Y en mi opinión, el ansia de justicia está grabada a fuego en el corazón humano. Cuando Dios creó al ser humano y le regaló el Edén “lo invitó a una comunión íntima con Él revistiéndolos de una gracia y de una justicia resplandecientes”[1].

En este sentido, me llenan de alegría, por que descubren un universo entero que supone el atisbo del cielo nuevo y de la tierra nueva escatológicos, las siguientes palabras: “Existe una justicia. Existe la «revocación» del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho. Por eso la fe en el Juicio final es ante todo y sobre todo esperanza, esa esperanza cuya necesidad se ha hecho evidente precisamente en las convulsiones de los últimos siglos. Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad”[2].


[1] CIC, 54.
[2] Carta Encíclica Spe Salvi del Sumo Pontífice Benedicto XVI, 43.

Un año en la División Azul.

Transcribo a continuación el artículo que publiqué recientemente en el número 743, junio 2021, de la revista mensual BlauDivisión, Boletín d...