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sábado, 30 de noviembre de 2019

Matrimonios, aprendan a discutir







ALGUNAS IDEAS PARA LA BUENA COMUNICACIÓN CONYUGAL

Aprender a discutir.

La relación conyugal es la más estrecha, y, por tanto, la más exigente de cuantas los seres humanos pueden llegar a establecer a lo largo de su vida. Compartir hasta la respiración hace que cada pequeño gesto, y, por ende, cada palabra, sea escudriñada y produzca efectos. Y, por eso es absolutamente esencial que aprendamos a comunicarnos bien[1].

Desde la boda, el marido y la mujer pasarán por diferentes etapas, las cuales, si el matrimonio está bien construido, es decir, si tiene bases sólidas –si se vivió el noviazgo de modo conveniente y efectivo, y sirvió para aumentar el conocimiento mutuo- servirán para crecer en el amor, y así, la relación, y cada uno de sus miembros irán mejorando en los distintos aspectos de su vida y de su personalidad.

Sin embargo, se trata de un camino no exento de dificultades, pues exige llevar a cabo un esfuerzo diario para combatir nuestro egoísmo, la raíz de casi todos los males morales que afligen a las personas y destruyen los matrimonios.

De ello surge la consecuencia evidente de que es imposible que el matrimonio no discuta, pues determinadas situaciones o necesidades serán vistas de manera diametralmente diferentes por ambos cónyuges. Se trata de la misma realidad o el mismo problema, pero sobre el que cada uno tiene una idea diferente.

Esta posibilidad de tener ideas discordantes hay que darla por sentada entre los miembros de la pareja, porque es inevitable. ¿Hay posibilidad de que se generen conflictos a lo largo de la vida matrimonial? No, en absoluto, no hay posibilidad… hay seguridad. Se generarán, con certeza, y eso no es malo, ni hay que tener temor a que ocurra. Porque incluso es bueno, y esos conflictos bien resueltos, sirven para el crecimiento personal –hay que ceder, y ello nos hará mejores, más generosos, desprendidos y, en consecuencia, más alegres- y para la mejora de la relación matrimonial, que se verá muy beneficiada de la correcta gestión de una crisis[2], de una disparidad de opiniones. En la gran mayoría de los casos, los motivos de discusión son siempre los mismos, y responden a situaciones que, vistas desde fuera, tienen, generalmente, poca o ninguna importancia objetiva.

Lo que hay que evitar es dejar de solucionar estas desavenencias, mediante el silencio o el distanciamiento. Si tememos hablar con el cónyuge para no discutir, estamos dejando entrar al “diablo del silencio” en nuestro santuario matrimonial, y ello supone asumir un riesgo importante. No hablar es distanciarse, alejarse y abandonarse.

Pues bien, hecha esta introducción, voy a exponer ocho sencillas técnicas que a nosotros nos han ido realmente muy bien en nuestros primeros veintinueve años de matrimonio, y más de 30 juntos.

a.      Escuchar.
Ante todo, debemos aprender a escuchar. Es la primera técnica que sugiero. Ello exige renunciar a transformar la discusión en un combate dialéctico (es decir, en una competición consistente en argumentar y discutir para vencer al contendiente, mediante técnicas que rebaten los razonamientos del contrario para situar a los nuestros por encima y, así, resultar vencedor). Es decir, nunca debemos considerar un desencuentro como un combate en el que debe haber un ganador.

Escuchar al otro supone, sencillamente, ponerse en su lugar. Si nuestro cónyuge nos dice que se ha sentido mal con algo que hemos dicho, o hecho, o no hemos dicho o no hemos hecho, no intentemos contra-argumentar (“…yo no he hecho o dicho eso”, o menos aún “no te enteras de nada, estaba diciendo –o haciendo- esto otro”). No, simplemente escuchemos, e intentemos comprender la raíz del malestar del otro o de su diferente modo de ver el problema o la situación.

Escuchar supone, pues, un esfuerzo por comprender al otro, por lo que se debe dejar al otro hablar hasta que acabe todo lo que tiene que decir.

Por eso, después de escuchar, callemos, interioricemos lo escuchado y… si es necesario, pidamos perdón, para, en el futuro, intentar comportarnos de otra manera.

b.      Pedir perdón y perdonar
En palabras de Jutta Burggraf, «nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. “El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares," dicen los árabes»[3]. Y sigue diciendo: «¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: "Te perdono"? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que renuncio a la venganza y quiero, a pesar de todo, lo mejor para el otro». Desde luego, aquel que acuñó aquella famosa frase de que «el amor consiste en no tener que decir nunca “lo siento”» no sabía una palabra de amor.
Para que la pareja matrimonial sea funcional, los cónyuges deben pedirse perdón, y perdonarse, muchas veces. Y, generalmente, deberá tomar la iniciativa el cónyuge que se considere agraviado. Aunque resulta paradójico, y no es fácil, este sencillo comportamiento soluciona muchas situaciones difíciles.

c.       No interrumpir.
De lo que se ha dicho se deduce esta segunda técnica: no se debe interrumpir al otro antes de que acabe de decir todo lo que desee o tiene que decir. Es muy molesto –para todos- que nos interrumpan cuando expones una idea, creyendo, los que te escuchan, que saben ya –antes de decirlo- lo que vas a decir, o lo que quieres decir. El que escucha, como vemos en este caso, presume lo que quieres o intentas decir, supone que te refieres a unos determinados antecedentes, y, posiblemente, esa suposición sea falsa.

Interrumpir de ese modo supone, sencillamente, que no estamos escuchando, porque nuestro cerebro está dedicado a elaborar la respuesta -dialéctica-. Y es una respuesta que, normalmente, será incorrecta, estará equivocada, porque no hemos acabado de escuchar al cónyuge y, por tanto, no hemos llegado a comprenderle. Con las interrupciones podemos incluso llegar a faltar al respeto al cónyuge.

d.      Evitar presunciones
La tercera habilidad necesaria es aprender a evitar las presunciones. Lo acabamos de ver, las presunciones corresponden a deformaciones cognitivas[4], que son mecanismos inconscientes del cerebro que nos hacen imaginar situaciones que no son reales.

No presumamos, o supongamos, nunca, lo que el otro nos está queriendo decir. Escuchemos, y, si no entendemos, preguntemos, pero no presupongamos. Presuponer es un serio inconveniente a cualquier diálogo.

e.      No considerar al otro nuestro rival y no competir, no tenemos público.
Cuarta técnica. En la gestión de un desencuentro, un enfado, una situación compleja que no entendemos, y que nos genera inseguridad, tendemos a ver nuestra pareja como a un rival o contendiente, y nos preparamos a la lucha[5]. Hay que luchar contra este modo –equivocado- de ver las cosas. Porque de lo contrario, la discusión se convertirá en un combate, y de la lucha, un miembro de la pareja, o ambos, pueden resultar heridos.

Aquí es de aplicación la paciencia[6]: saber esperar, ponerse en lugar del otro y escuchar. Muchas veces, el cansancio, las pocas horas de sueño, o el estar abrumado por problemas cotidianos, nos hacen hacer o decir cosas que en otra situación no diríamos o haríamos jamás. Muchas veces, esa manera inadecuada de comportarnos se debe, simplemente, a la química de nuestro organismo. Por eso hay que saber esperar, comprender, y escuchar.

f.        No mezclar temas, no traer a colación el pasado.
Los temas que se discuten no deben “contaminarse” evocando situaciones similares ocurridas en el pasado, -que nunca serán tan similares como pretende el que las invoca- o recurriendo al tan socorrido “y tú más”. Comportarse de ese modo en una discusión no sirve más que para iniciar un camino circular que no conduce a lugar alguno, y que sólo servirá para enconar el enfrentamiento, y empeorar la desavenencia surgida.  

Conviene centrarse en la situación que ha generado la discusión, focalizar en ella los razonamientos para intentar resolverla o llegar a un acuerdo. Evitemos siempre traer a colación otros sucesos y situaciones del pasado. Es un error muy común.

g.      Evitar quejas y reproches. No ser una “máquinita de regañar”.
Algo que debemos tener siempre presente, la misión del marido no es educar a su esposa, así como tampoco es misión de la esposa educar al marido. De modo que evitemos utilizar con nuestro cónyuge el tono del maestro enfadado, o el que un padre o madre utilizan para corregir o castigar a su hijo. Es otro error grave, que se comete por exceso de confianza, porque con él podemos llegar a faltar al respeto a nuestro cónyuge.

h.      Jamás faltar al respeto a nuestro cónyuge.
Y la última advertencia, que es crucial, y sobre la que nunca se insistirá bastante: Debemos tratar a nuestro cónyuge, siempre y en todo caso, pero más en una discusión, con absoluto respeto, consideración y afecto, como trataríamos a la persona que nos mereciera nuestra máxima consideración. Eso supone no levantar la voz, ni mucho menos insultar. Gritar, gesticular, despreciar, amenazar, golpear objetos, arrojar cosas con fuerza, etc., son comportamientos agresivos. Suponen, aun en su menor grado, ejercer violencia. Y eso no hay relación conyugal que lo supere, salvo a costa de un enorme esfuerzo, que, en muchas ocasiones, no deja la situación como antes de esa pérdida de respeto.

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SOBRE LA IMAGEN: El director de largometraje, Noah Baumbach, afirmó: "“Lo que quería era hacer una historia de amor. Y por un tiempo estuve pensando en cómo hacerlo. Cómo contar una historia de amor de una manera diferente o una manera con la que yo pudiese relacionarme. Creo que esta película es sobre el divorcio de muchas maneras, es verdad, pero siempre estuve muy enfocado en la historia de amor. Pensé que a través del divorcio lo que podía explorar era el matrimonio”.



[1] “La comunicación interpersonal, en el ámbito del matrimonio, es una condición que, por ser esencial para la pareja, resulta ineludible e irrenunciable. El matrimonio no es otra cosa que comunicación. El amor que une a dos personas no es otra cosa que diálogo”. Así se expresa el doctor Aquilino Polaino en su libro La comunicación en la pareja. Errores psicológicos más frecuentes, y sigue diciendo que “es necesario diagnosticar precozmente los errores que por ambas partes se cometen en el frágil y difícil arte de la comunicación”.  

[2] La palabra “crisis”, además de su significado de “situación mala o difícil” significa también cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”
[3] Aprender a perdonar. Jutta Burggraf. Opúsculo que puede encontrarse fácilmente en Internet (por ejemplo, aquí: https://es.catholic.net/op/articulos/10021/cat/411/aprender-a-perdonar.html), y que resulta, en mi opinión, de lectura obligada para toda pareja de novios que tenga intención de casarse, y, por supuesto, para todo matrimonio. A él me remito con entusiasmo.
[4] “Hay distintas maneras de distorsionar la realidad, guiándonos por nuestra cognición sin saber si ésta es la acertada. El autor del libro expone que todas las parejas que han sido capaces de amarse y comunicarse pueden llegar a arreglar sus desavenencias haciendo un trabajo cognitivo adecuado. Suele ser curioso que el amor se convierta a veces en desprecio cuando éste solo se basa en nuestras interpretaciones. Tal vez, hay que sentarse a reflexionar cómo ciertos pensamientos destruyen algo que puede ser, verdaderamente hermoso.” Con el amor no basta. Aaron T. Beck, (1990) Paidós, Barcelona.

[5] “A veces se dicen cosas sin pensar. No expresan lo que uno siente, sino más bien la tensión del momento o incluso el deseo de ganar la discusión”. Eso es lo que dice Prudencia Prim para consolar a la madre del Hombre del Sillón, arrasada en lágrimas tras unas duras palabras de su hijo. Natalia Sanmartín Fenollera. El despertar de la Señorita Prim. Novela de lectura muy recomendable para los cónyuges, aunque sólo incidentalmente trate sobre el matrimonio. 

[6] El Papa Francisco trata este asunto en su exhortación apostólica Amoris Laetitia (A.L., 91-92) admirablemente bien, al hilo del hermoso texto paulino de Corintios 13, 4-7:

“91. La primera expresión utilizada es makrothymei. La traducción no es simplemente que «todo lo soporta», porque esa idea está expresada al final del v. 7. El sentido se toma de la traducción griega del Antiguo Testamento, donde dice que Dios es «lento a la ira» (Ex 34,6; Nm 14,18). Se muestra cuando la persona no se deja llevar por los impulsos y evita agredir. Es una cualidad del Dios de la Alianza que convoca a su imitación también dentro de la vida familiar. Los textos en los que Pablo usa este término se deben leer con el trasfondo del Libro de la Sabiduría (cf. 11,23; 12,2.15-18); al mismo tiempo que se alaba la moderación de Dios para dar espacio al arrepentimiento, se insiste en su poder que se manifiesta cuando actúa con misericordia. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder.

92. Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla. Por eso, la Palabra de Dios nos exhorta: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad» (Ef 4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía.”

lunes, 9 de diciembre de 2013

Cásate y sé sumisa


Maternidad Castellana.
Museo de Bellas Artes de Valencia.
Autor: Amadeo Roca Gisbert (1905-1999)

Recuerda Francisco J. Contreras (en Liberalismo, Catolicismo y Ley Natural), que la «dictadura del relativismo» (Ratzinger) llega a afectar “no ya solo a los juicios de valor, sino también a las meras constataciones empíricas, objetivables por definición” y por ello se suele atacar con saña “a quien se atreve a criticar el dogma relativista según el cual «todo vale lo mismo», «los nuevos modelos de familia son tan respetables como el antiguo», «nadie es mejor que nadie», etc. De esta forma, se va desplegando una censura (y autocensura) de lo políticamente correcto que prohíbe recordar hechos que puedan molestar a algún colectivo”.

Todo ello se aprecia con nitidez en el revuelo que ha levantado la publicación en España del libro Cásate y sé sumisa de la periodista italiana Constanza Miriano. Se ha llegado hasta el punto de que desde diferentes partidos políticos se haya llegado a pedir que se prohíba su venta, lo que nos hubiera situado ante el primer libro censurado por el poder desde la muerte del General Franco. Ha sido especialmente llamativo que hasta la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Ana Mato haya terciado en la polémica, pidiendo, en una tertulia televisiva que se retire el volumen. “No comparto en absoluto ni el título ni el contenido y me gustaría, y así lo he pedido, que se retirara ese libro, creo que no es nada adecuado y que es una falta de respeto a las mujeres”, afirmó en el programa Los desayunos de TVE. A su juicio, “ninguna mujer ni la mayoría de la sociedad” aprueba la publicación del libro.

Pues bien, resulta patente la lamentable rendición de esta señora a la dictadura de lo políticamente correcto, además del hecho, no menos patético, de que ni por asomo ha leído una sola línea del libro cuya “retirada ha pedido”.

Hablar sin saber de lo que se habla es ya de por sí una patente muestra de falta de inteligencia, de poco rigor y de superficialidad. Y que ello lo haga la Ministra de Sanidad es realmente difícil de comprender.

Yo, que recién acabo de leer el libro, puedo dar fe de la hermosura y grandeza del modelo de mujer que dibuja Miriano. Porque en realidad, lo que ha provocado chirridos destemplados en los oídos de la progresía ha sido el título, el “sé sumisa”, que en realidad no es de la autora, sino de San Pablo, y fue escrito hace unos dos mil años. Propone un ideal alto y noble, que puede hacer mucho bien a aquel que lo lea entero, y sin prejuicios. Esa ideal no es otro que la idea de servicio al prójimo, y puede resumirse en esta frase, que le dice en una carta a su amiga Mónica, cuando ésta le pregunta por qué debería casarse:

Tendrás que aprender a ser sumisa, como dice San Pablo. O sea, a ponerte debajo, porque tú serás la base de la familia.Tú serás los cimientos. Tú sostendrás a todos, a tu marido y a tus hijos, adaptándote, aceptando, dejando pasar las cosas, dirigiendo con dulzura. Quien sostiene el mundo es el que está debajo, no el que se pone encima de los demás.  

El libro, escrito en forma de cartas a amigos y amigas que, o están casados o van a hacerlo, o deberían hacerlo, está lleno de citas reseñables, y de consejos (la autora reconoce que le encanta darlos) llenos de sentido común.

Me ha gustado especialmente cuando habla de la perpetua adolescencia que parecen padecer muchos adultos de nuestra cultura occidental. Lo que nos parece duro en esta parte del mundo es renunciar a las vidas posibles. Es la sensación de adolescencia (…) cuando querías vivirlo todo, probarlo todo, estar en todas partes. (…) Y la idea de que algún día elegirías una de ellas y cerrarías todas las demás puertas a tus espaldas (…) era lo más parecido a la muerte que uno podía imaginar a los dieciséis años.

Y, contra esta pubertad persistente, recuerda la autora la grandeza de la entrega cotidiana, del amor como donación de cada día, de cada instante: Ahora –le dice en carta a su amigo Marco-, el verdadero other side es ser leal, cuidar de alguien para siempre, de tus hijos, por ejemplo: la verdadera aventura es gastar la vida en algo serio, no estar buscando siempre la utilidad. Me tienes que explicar qué hay de heroico y de audaz en hacer solamente lo que te apetece. En eso todos somos buenos. La verdadera transgresión es ser leal, y ciertamente no el evadirse.

En definitiva, aclara la autora la sumisión no procede del desprecio a uno mismo, uno no se decide a someterse porque piense que no vale nada. Y, además, porque el fruto de la decisión de la mujer será que el hombre esté dispuesto a morir por ella (…). Éste es el camino de la salvación también aquí en esta vida, o sea, la paz, una vida matrimonial plena y gratificante.

Para acabar, citaremos a Janne Haaland Matláry, quien en su libro El tiempo de las mujeres, Notas para un nuevo feminismo recuerda aquellas palabras, tan bellas como verdaderas, de Monseñor Oscar Romero, que hablaba de que “el martirio es también el sacrificio de sí mismas demostrado por las madres durante el embarazo, al dar a luz a su hijo, amamantarlo y cuidarlo. En definitiva, la entrega personal, progresiva y constante a los demás”.


No hay ideal o modelo de mujer más elevado, apasionante y digno que el propuesto por Constanza Miriano para la mujer, la base del mundo.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Queremos la vuelta del Matrimonio


Algunos de nosotros defendemos la existencia del matrimonio como institución regulada jurídicamente. Pero esa regulación jurídica debe reconocer y respetar sus notas esenciales, es decir, su estabilidad, especificidad para la unión hombre-mujer y apertura a la vida. Quienes esto defendemos, basándonos en un sinfín de razones, de las que continuamente damos cuenta, no imponemos, sin embargo, nada a nadie, sino que luchamos por reflejar en las leyes la más justa regulación que estamos convencidos ayuda al bienestar social, la felicidad personal y el bien de los cónyuges y los hijos. Es decir, razonamos nuestra propuestas y apelamos a nuestra capacidad de convencer a la mayoría en libertad.

Es decir, que hacemos lo contrario de lo que hacen aquellos que apoyan y justifican la desaparición legal del matrimonio en España a partir (fundamentalmente) de las leyes de 2005. Esa regulación civil, que de modo patente es reflejo de una determinada ideología, se nos ha impuesto a todos, obligándonos a comulgar con ruedas de molino, como seguidamente se verá.
Ya no existe en España aquella realidad a la que durante miles de años, en todos los lugares del mundo y en todas las culturas, se ha conocido como matrimonio. Pero… ¿Es posible solucionar esta pérdida sin imponer nada a nadie?
Claro que lo es: bastaría con modificar el código civil introduciendo un nuevo contrato matrimonial, al que voluntariamente podrían acogerse las parejas que así lo desearan, y que incorporara las notas de heterosexualidad e indisolubilidad, o al menos la no “libre disolubilidad”. Y que hiciera obligatoria alegar una causa tasada para impugnar la unión, y la existencia de un tiempo de “reflexión” –en su caso, con separación de cuerpos- antes de llegar a la ruptura del vínculo.
Esto ya se intentó en Chile –sin éxito, bien es cierto- hace diez años. En la Revista Chilena de Derecho, Vol. 29, de 2002, se publica un interesante trabajo de Hernán Corral Talciani, doctor en Derecho, que se titula Claves para entender el Derecho de Familia contemporáneo.
En él defiende el autor una idea muy interesante, que intentaré resumir: El auge del movimiento divorcista a partir de 1969 supuso la aparición del llamado divorcio-remedio (es decir, sin causa) a costa del divorcio-sanción (es decir, con causa, y generalmente una causa grave). Ello supuso “liberar al matrimonio del cumplimiento de deberes”: ya sólo cuenta la afectividad y la espontaneidad (es decir, no existen deberes). “Las consecuencias de esta manera de concebir el divorcio y el matrimonio son reconocidamente devastadoras en el plano económico-social”, aunque son [todavía] “más incisivas en la forma de comprender jurídicamente el matrimonio y la familia”.
Y aquí precisamente encontramos la idea que me parece reseñable: el matrimonio ha quedado completamente desdibujado, acercándose a las uniones de hecho, ya que “el consentimiento de fondo para generar un matrimonio y el que da vida a un concubinato se han identificado (…) pues en ambos supuestos lo único jurídicamente relevante es la voluntad de ‘vivir juntos’ hasta que uno no quiera seguir conviviendo con el otro”.
Esta disolución de las notas que ancestralmente han caracterizado al matrimonio va de la mano del intento de acabar con la rancia y excluyente “familia tradicional” en aras del modelo abierto e inclusivo de los “diferentes tipos de familia”. En realidad, lo que se intenta es que familia matrimonial sea sustituida por otro modelo: “la unión de ‘dos iguales’ entre los cuales no hay más que afectividad e intercambio sexual, sin ninguna referencia necesaria a un compromiso ni a la fundación de un hogar apto para recibir a los hijos”. Esta postura, dice el autor, es “al menos tan excluyente e impositiva como la que ellos denuncian” y ello por la aplicación obligatoria de la cláusula de divorcio, que se impone a los que desean la indisolubilidad del vínculo.
Recuerda, por último, Hernán Corral que “las leyes del ‘divorcio-remedio’ no admiten que las parejas que quieran casarse de por vida lo puedan establecer por acuerdo expreso al momento de contraer el vínculo. En Chile, la posibilidad de que se pacte un matrimonio indisoluble fue discutido en la Cámara de Diputados cuando se aprobó el proyecto de ley de matrimonio civil con divorcio que ahora se estudia en el Senado (Boletín Nº 1759-18). Ninguno de los parlamentarios que estaba de acuerdo con el divorcio se avino a condescender siquiera en otorgar el derecho para que los cónyuges pudieran, si así lo decidían, casarse indisolublemente (la votación de esta norma fue rechazada por 53 votos contra 31)”.

Es decir, que haber regulado el matrimonio de modo mimético a las uniones afectivas es una imposición – de corte ideológico -, por lo que cabría exigir la existencia de la posibilidad de optar por contraer un auténtico matrimonio.

Publicado en paginasdigital.es (http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=4986&te=246&idage=9063&vap=0)


lunes, 11 de noviembre de 2013

El matrimonio, la forma y el Derecho


Hace pocos días, el Foro Español de la Familia hacía pública una Nota de Prensa en la denunciaba la  privatización de las formas de origen y finalización del matrimonio anunciada hoy por el Gobierno. El motivo de esa denuncia era que, en el anteproyecto de ley de jurisdicción voluntaria, se establecía la posibilidad de que puedan celebrarse matrimonios y formalizarse divorcios ante notario, equiparándose así a efectos formales, el matrimonio a cualquier otro contrato.

Es decir, que casarse puede quedar equiparado a efectos formales, a constituir entre dos amigos una sociedad en comandita para la explotación, por ejemplo, de una churrería: se acude al notario, se eleva a escritura pública y después se inscribe ésta, junto con los estatutos, en el Registro mercantil.

Dicha medida se plantea cuando el matrimonio ha perdido ya en España, desde las leyes de 2005, todo lo que le hace reconocible (unión de hombre y mujer, con pretensión de estabilidad, obligación consecuente de fidelidad mutua, búsqueda de la prole y búsqueda del bien común). Muestra de ello es la lamentable manera con la que nuestro Tribunal Constitucional, en sentencia de 6 de noviembre de 2012, intenta definirlo: Comunidad de afecto que genera un vínculo, o sociedad de ayuda mutua entre dos personas que poseen idéntica posición en el seno de esta institución, y que voluntariamente deciden unirse en un proyecto de vida familiar común, prestando su consentimiento respecto de los derechos y deberes que conforman la institución y manifestándolo expresamente mediante las formalidades establecidas en el ordenamiento.

A esto se le pretende añadir ahora el despojo de sus formalidades. Lo cual revela un profundo desconocimiento de las realidades jurídicas, por un lado, y de la naturaleza humana, por otro.

En lo que hace al primer aspecto, bastará recordar aquí al Maestro de juristas Pablo Fuenteseca, quien tras recordar que el ius civile hereda la rigidez y solemnidad del ritualismo religioso, pues el rito y el formalismo tienen un valor de origen sacral, llega a afirmar que “la noción misma de ius quizá haya que verla como actuación humana ritual”. Por ello, la conexión entre el derecho y la forma jurídica es estrecha y crucial. Las relaciones jurídicas necesitan revestirse de determinados formalismos para ser reconocibles y por tanto, eficaces.

Pero es que, además, el hombre, ser social, necesita del rito, de la formalidad, de la acción externa reconocible para actuar en sociedad. Y especialmente en los momentos en que han de adquirirse obligaciones futuras, compromisos firmes o cuando llega el tiempo de construir una relación duradera con un semejante. El matrimonio es, por tanto, un instituto especialmente necesitado de adoptar un formalismo unívoco, reconocible por todos y en todo tiempo y lugar.

Las bodas han sido desde siempre un momento de fiesta por excelencia, el día en que la vida se renovaba, y en que sólo interesa hacer felices a los que van a consagrarse mutuamente sus vidas. Por eso han sido objeto y son en la actualidad, a pesar de todo, objeto de una larga preparación, en la que se invierte mucho tiempo, esfuerzo y dinero.

Mi sabio amigo José Javier Rodríguez (que escribe un magnífico Blog: www.tribunasalamanca.com/blogs/perspectiva-de-familia) me cuenta algunos ejemplos de lo que él llama banalización de las formas del matrimonio:

1.- Mi prima se casó por lo civil un martes, como la celebración eres el sábado siguiente, contrataron a unos actores para que simularan el "acto" del contrato de matrimonio en uno de los salones del hotel.
2.- Este verano estuve en Las Caldas y, los que conocéis el lugar, sabéis que tienen unos jardines para celebrar bodas... Los "novios" como "rito" escenificaron (con escalera, muro, flores y alpacas) un pasaje adaptado de Romeo y Julieta.

Yo mismo (y casi todos nosotros, con toda seguridad) somos testigos de que la celebración civil del matrimonio, la escueta “ceremonia” ante el juez, el alcalde o el concejal, no colma la necesidad de que celebrar una verdadera fiesta  que se convierta en el momento central de ese día tan especial con el que la pareja comienza una nueva vida, totalmente distinta a la anterior, porque surge en sociedad una nueva familia.


Acontecimiento tan trascendental debe tener una solemnidad que lo haga distinto a todo. Y esta necesidad me parece tan radicalmente humana, tan evidente y fácil de entender que ignorarla supone un olímpico desprecio a la naturaleza humana.

jueves, 14 de marzo de 2013

Ministro del amor o de Justicia



Benigno Blanco, Presidente del Foro Español de la Familia, pubicó ayer en ABC un interesantísimo artículo con el título de esta entrada. J. J. Rodríguez señaló al respecto, con agudeza, que el "Ministerio del amor" es uno de los cuatro que gobiernan el superestado de Oceanía en la novela de Orwell "1984", y cuyo fin es adoctrinar al pueblo para que ame al Gran Hermano. 

Con el permiso del autor reproduzco a continuación dicho artículo:


"EL matrimonio debe ser pensado desde la ecología de la vida y no desde la sicología del sentimiento.  El matrimonio, para la ciencia del Derecho, debe ser pensado desde la filiación pues responde a la lógica de la vida. Si no fuese así, el matrimonio no merecería la atención del Derecho como no merece esa atención la amistad. Nadie propone leyes sobre la amistad, no porque no sea importante, sino porque agota su eficacia en el ámbito de los amigos, como le sucede al amor. Por eso el Ministerio se llama «de justicia» y no «del amor».
El amor es una realidad humana estupenda, pero prejurídica y ajurídica: las leyes ni pueden ni deben regular el amor ni la afectividad ni la sexualidad, a diferencia de lo que sucede con el matrimonio, salvo que se propugne un Estado con competencia para entrometerse en el terreno de los sentimientos particulares de los ciudadanos. Quizá sin darse cuenta, esta extraña concepción del Estado es la que propugnan quienes –como nuestro ministro de Justicia– parecen confundir el matrimonio con el amor. Si el matrimonio se identificase con el amor, sería un sentimiento, algo puramente subjetivo y ajeno a las leyes. Sin embargo, el matrimonio es mucho más que un sentimiento aunque presuponga sentimientos estupendos; es una institución básica y esencial para la vida social basada en la configuración dual de la especie humana en hombres y mujeres que a través de su mutua complementariedad hacen posible la generación de nuevas vidas humanas creando el ambiente más ecológico para los niños, para su concepción, crecimiento, educación y desarrollo.
Por eso el matrimonio, a diferencia del amor, no se agota en la intimidad de las personas sino que genera naturalmente relaciones jurídicas que se proyectan más allá de la esfera individual de las personas que se quieren, pues afecta a terceros indefensos –como son los niños– en un haz de derechos y obligaciones transidos de exigencias de justicia. Es decir, el matrimonio es naturalmente jurídico, a diferencia del amor que conceptualmente no lo puede ser. La unión comprometida entre un hombre y una mujer que les implique en su totalidad, también en su dimensión sexual, genera una institución de dimensión social y trascendencia jurídica por su estructural apertura a la vida.
Para la conciencia jurídica de la humanidad el matrimonio es una unión entre hombre y mujer que, por supuesto, se supone que se quieren mucho; pero que, más allá de quererse, crean una relación con mutuas exigencias de justicia que se proyectan a través del potencial hijo al conjunto de la sociedad, interesada en que haya niños y en que crezcan en un ambiente estable en el tiempo de protección, educación y cuidado. De ahí la íntima conexión –aunque no con carácter de exclusividad– entre matrimonio y familia.
La reciente pretensión ideológica de algunos de incorporar al concepto de matrimonio a las parejas del mismo sexo, está llevando a alterar radicalmente este concepto hasta llegar a la logomaquia más absurda, como los intentos del TC y del ministro Gallardón de referirse al matrimonio en términos de sentimientos de personas abstractas (prohibido hablar de hombre y mujer), cuyo contenido se reduce a una indefinida «colaboración» (prohibido hablar de sexo) y cuya finalidad es un abstracto «apoyo mutuo» (prohibido aludir a la reproducción). Se logra así que efectivamente las parejas del mismo sexo quepan en ese deconstruido concepto de matrimonio, pero al precio de que ya no se sepa de qué se está hablando y de que en ese concepto quepan por igual dos hombre o dos mujeres, o tres y tres, o un tío y su sobrino, o dos hermanas o amigos que conviven, o …reducir el matrimonio a un sentimiento a fin de incorporar al matrimonio a cualesquiera que se amen, al margen de que generen o no una estructura matrimonial abierta a la vida, es un inmenso fraude ayuno de honestidad intelectual por muy políticamente correcto que sea.
Dada la absoluta vacuidad intelectual de este recreado concepto de matrimonio, se entiende que los defensores del mismo se dediquen a la poesía sobre el amor cuando han de defender su concepción del matrimonio o se limiten al insulto y la descalificación del que discrepa de ellos como han hecho tantos estos días en España a raíz de unas declaraciones (muy poco afortunadas en su expresión literal, dicho sea de paso) del Ministro del Interior. Ya se sabe que en ausencia de razones, las embestidas pueden rellenar el hueco que deja la renuncia al pensamiento, como la ideología pretende suplir a las ideas".
Imagen: forofamilia.org

sábado, 12 de enero de 2013

Hegel y la Familia



La vida te da sorpresas, y las cosas no son siempre como parecen. G. W. Fredrich Hegel, el inspirador del materialismo dialéctico de Marx, quien declaró extinta la familia, quien veía que era necesaria la extinción de los lazos familiares para que el individuo recuperara su libertad, aquel que afirmó (en carta no conservada a Kuautski de 1884 que Engels cita en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”) que «En los tiempos primitivos, la hermana era esposa, y esto era moral», expone su concepto de familia y matrimonio en los siguientes términos (las negritas son mías, pero la cursiva es del original):

“En cuanto sustancialidad inmediata del espíritu la familia se determina por su unidad sentida, el amor. “Amor significa conciencia de mi unidad con el otro, de tal manera que no estoy para mi aislado, sino que consigo mi autoconciencia al abandonar mi ser por sí y saberme como unidad mía con el otro y como unidad del otro conmigo. (…) El primer momento del amor es que no quiero ser una persona independiente para mi y que si lo fuera me sentiría carente e incompleto. El segundo movimiento consiste en que me conquisto a mi mismo en la otra persona y valgo en ella, lo cual le ocurre a ésta a su vez en mi”.

“En cuanto relación ética inmediata, el matrimonio contiene, en primer lugar, el momento de la vida natural (…) la vida en su totalidad como realidad de la especie y su proceso. Pero, en segundo lugar, (…) se transforma en la autoconciencia en una unidad espiritual, en amor autoconsciente. El matrimonio es esencialmente una relación ética. Antes se la consideraba (…) según su aspecto físico, es decir, tal como existe naturalmente. Pero igualmente primario es considerarlo meramente como un contrato civil, representación que aparece incluso en Kant, (…) lo que rebaja el matrimonio a la forma de un uso recíproco de acuerdo con un contrato. La tercera representación que hay que rechazar es la que pone el matrimonio exclusivamente en el amor, pues el amor, que es un sentimiento, admite siempre la contingencia, figura que lo ético no puede adoptar. El matrimonio debe determinarse por lo tanto de modo más exacto como el amor jurídico ético, en el cual desaparece lo pasajero, caprichoso y meramente subjetivo del mismo”[1].

Con todo esto, la idea que del matrimonio y la familia tiene el filósofo alemán es muy precisa, bastante clara –teniendo en cuenta lo abstruso[2] que es en general su pensamiento y sus escritos- y contiene algunos de los elementos esenciales que nosotros consideramos imprescindibles: eticidad, juridicidad y fundamento amoroso.

La familia para Hegel es el reino del espíritu objetivo, que en su sistema se sitúa tras el espíritu subjetivo (referido a la vida individual, espíritu «para sí», es decir, el que está en su propia casa), junto a la sociedad y el Estado y antes del espíritu absoluto, el del arte, la religión y la filosofía, la forma pura del pensamiento.

Y acierta especialmente, en  nuestra opinión, en tres momentos:
  • Cuando rechaza la concepción del matrimonio como mera relación natural, basada en el instinto, pues eso es propio del reino animal y de las necesidades de perpetuación de la especie.
  • Cuando tampoco se muestra de acuerdo con Kant en conceptuar el matrimonio como un mero contrato[3]. Y
  • Cuando considera que el matrimonio no puede basarse simplemente el el afecto, en el mero sentimiento, cuya contingencia no cabe en una relación ética.
Por todo ello, Hegel puede ser citado como precedente de D’Agostino cuando habla, en su obra “Filosofía de la familia” de  la juridicidad constitutiva de la familia, que significa para este último “la imposibilidad de descubrir en su concepción histórico existencial la lógica familiar sin recurrir a la lógica del Derecho”.



[1] G.W. Friedrich Hegel: PRICIPIOS DE LA FILOSOFÍA DEL DERECHO. Trad. Juan Luis Vermal. Col. Los libros de Sísifo. EDHASA. Barcelona, 1999. Pp. 277 y ss.

[2] DRAE: Recóndito, de difícil comprensión o inteligencia.

[3] Quien afirma en su obra “La Metafísica de las Costumbres” que con el matrimonio “la adquisición es triple: el varón adquiere una mujer, la pareja adquiere hijos y la familia, criados” y considera a la comunidad conyugal como el “uso recíproco que un hombre hace de los órganos y capacidades sexuales de otro” aunque, eso sí, matizando que “la adquisición de un miembro del cuerpo de un hombre es a la vez la adquisición de la persona entera, porque esta es una unidad absoluta”, y por consiguiente “la entrega y aceptación de un sexo para el goce del otro no sólo es lícita con la condición del matrimonio, sino que sólo es posible con esta condición”. Como vemos, Kant nos presenta la consideración del matrimonio como mero contrato, relación sinalagmática o acto mercantil.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Más sobre el matrimonio homosexual y el TC




Algunos comentarios sobre el Voto particular de Ramón Rodríguez Arribas

Con relación a la reciente sentencia del Tribunal Constitucional que declara la conformidad con la Constitución de la reforma del Código Civil de 2005, que estableció que dos personas del mismo sexo pueden contraer matrimonio, me ha parecido enormemente justo y clarificador el Voto particular del Magistrado D. Ramón Rodríguez Arribas. En él encontramos una serie de argumentos que en mi opinión son demoledores, y ponen de manifiesto que si se deseaba permitir que dos personas de igual sexo contrajeran matrimonio se debería haber reformado la Constitución. Porque el texto del artículo 32 de nuestra carta Magna no deja lugar a dudas cuando señala que son el hombre y la mujer los titulares del “ius connubii”.

Veamos a continuación sólo tres de dichos argumentos, los que en mi opinión son más contundentes o claros, y resultará evidente la injusticia que se contiene en la repetida sentencia:

1º. Señala Rodríguez Arribas que dentro de esa misma lógica jurídica resulta paradójico que, diciendo prácticamente lo mismo el núm. 1 del arículo 32 de la Constitución y el primer párrafo del artículo 44 del Código Civil, se considerara necesaria la reforma de éste y no la de aquella; si tan claro estaba que nada dificultaba el establecimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo, hubiera bastado cualquier norma de inferior rango, dejando al Código Civil como estaba, lo mismo que la Constitución.

No está de más recordar que el párrafo primero del artículo 44 del Código Civil (CC) establece hoy –como lo hacía antes de la reforma- que el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio conforme a las disposiciones de este código. Por tanto, si en esa fórmula, como señala la sentencia del TC ya se podían considerar incluidos los matrimonios de personas del mismo sexo no hubiera sido necesario reformarlo, como se hizo, añadiendo un segundo párrafo para aclarar (¡!) que el matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos cuando ambos contrayentes sean del mismo o de distinto sexo.

Es decir, que el clarísimo tenor de la Constitución hubiera exigido la reforma del artículo 32 para hacer posible el matrimonio entre personas del mismo sexo.

2º.  Éste lo copio completo directamente, y es tan claro que no necesita más comentario: "Despierta asombro la afirmación de que “en el año 1978, cuando se redacta el artículo 32 CE, el matrimonio era entendido mayoritariamente como matrimonio entre personas de distinto sexo, también en el seno de los debates constituyentes”, por que la realidad fue que no había ninguna minoría que sostuviera la posibilidad de un matrimonio entre personas del mismo sexo y que tal debate estuvo totalmente ausente en la elaboración de nuestro texto constitucional".

3º. Por último, y con relación al principal motivo por el que la mayoría de miembros del TC ha considerado constitucional la reforma del artículo 44 del CC, que ha sido aquel de la evolución de la cultura jurídica (pero reconociendo dicha mayoría que entre los estudiosos del derecho no existe una posición unánime (y tanto que no existe...), entiende Rodríguez Arribas "que el núcleo, la imagen maestra, de una garantía institucional no puede someterse a los avatares de la cultura jurídica a lo largo del tiempo. Precisamente para evitar que el legislador ordinario, atendiendo al supuesto clamor de la calle, las estadísticas y los estudios de opinión, pueda vulnerar la Constitución, se crearon los Tribunales Constitucionales. De otro lado resulta muy peligroso sentar el principio de que las normas pueden no decir lo que dicen, sino lo que se quiere que digan".


Un año en la División Azul.

Transcribo a continuación el artículo que publiqué recientemente en el número 743, junio 2021, de la revista mensual BlauDivisión, Boletín d...