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lunes, 7 de septiembre de 2020

Aborto intencionado, PIB y pensiones. Un debate interesado

 



En nota de prensa del pasado 11 de diciembre de 2019, el INE hacía oficial un dato extremadamente preocupante: El crecimiento vegetativo de la población (es decir, la diferencia entre nacimientos y defunciones) presentó un saldo negativo de -54.944 personas en 2018, en datos definitivos. Y, en la primera mitad de 2019, se registraron 170.074 nacimientos, un 6,2% menos que en el mismo periodo del año anterior, que, a su vez supuso una disminución del 5,8 % respecto al mismo período del año anterior. El número de nacimientos en la primera mitad del año continuó así con la tendencia a la baja de los últimos años, y, como resultado, el saldo vegetativo de la población fue de –45.002[1] personas en los seis primeros meses de 2019. Esta cifra, similar a la del mismo periodo del año anterior, consolida la tendencia negativa iniciada en el año 2015.

Aunque nuestra sociedad empieza a ser consciente de la enorme gravedad del problema, siguen sin analizarse -y menos aún, sin intentar resolverse- las causas últimas de este preocupante fenómeno. Para ver sus causas profundas, debemos comparar ese dato estadístico con otro no menos alarmante: al mismo ritmo que descienden los nacimientos, descienden los matrimonios. En 2018 hubo un total de nacimientos de 372.777, lo que supuso una disminución del 5,19 %, según datos del INE. Y según ese mismo Instituto, hubo 167.613 matrimonios, de decir, un -3,46 % que el año inmediato anterior.

Menos familia, esa es la raíz del problema. El pasado día 8 de enero, The Family Watch presentaba su IX Baremo de la Familia en España, en el que se analizan las causas de la bajísima tasa de fecundidad de la mujer española: una de las conclusiones que se extrae del estudio realizado es que los menores de 45 años, a corto plazo, prefieren prosperar profesionalmente, viajar y ampliar sus estudios a formar una familia, lo que explica en gran medida el preocupante dato de natalidad de nuestro país. Las familias españolas tienen, además, muy poca confianza en el futuro: el pesimismo de las Familias se ha incrementado en más de 20 puntos en el último año (de 36,5% a 57,5%)[2]. Con el añadido del creciente número de abortos intencionados, cuyas cifras alcanzan cuantías pavorosas en España. Porque menos familia implica, sencillamente, menos hijos, negro futuro, inviabilidad del Estado del bienestar e insostenibilidad del sistema de pensiones tal y como está diseñado hoy.

Precisamente,  y con relación a la viabilidad de las pensiones públicas, cuando hace pocos meses, y con respecto a los datos demográficos de 2018, un conocido líder político afirmaba que, si queremos financiar las pensiones, “debemos pensar en cómo tener más niños, no en abortar”, inmediatamente surgieron voces discrepantes en multitud de medios de comunicación, que venían a decir que los datos desmentían esa (tan evidente) afirmación, toda vez que, según ellos, “la solución a corto plazo para solventar la crisis demográfica que pone en jaque el futuro del sistema de pensiones reside en la llegada de población extranjera”[3], además de que, decían, “prohibir el aborto apenas tendría ningún impacto a la hora de recuperar el equilibrio financiero de la Seguridad Social.”

Podemos hacer un cálculo aproximado -y, casi con toda seguridad, inferior a la cifra real- del número de españoles que, habiendo sido concebidos, no han llegado a nacer a causa del aborto intencionado, desde 1985 (hay datos desde 1987)[4]: aproximadamente, unos 2,29 millones, con una media de 74.000 abortos intencionados cada año.

Porque está claro que la natalidad[5] es una cuestión de máxima importancia para el presente, y para el futuro de cualquier sociedad. “¿Por qué nos debe preocupar la natalidad? ¿La decisión de una pareja sobre los hijos que quieran tener no es una cuestión privada? la respuesta a esta segunda pregunta es, en esencia, no. Desde los inicios de la civilización moderna, la natalidad ha sido una importante cuestión de interés público (…).”[6]

Y a nadie se le escapa que el aborto intencionado, en cifras tan abultadas como las habidas en España en los últimos 30 años, influye notablemente en la disminución del índice de fecundidad. De hecho, si no hubiera habido abortos intencionados el índice de fecundidad “hubiera estado en 2015 alrededor de 1,6 hijos/mujer en lugar de 1,33 y más cerca del nivel de reemplazo generacional[7]”

Si España (en realidad, toda Europa) sigue con estas bajísimas tasas de fecundidad, el futuro que nos espera es, más que negro, inexistente. “Consideremos las previsiones siguientes: si una sociedad puede mantener una tasa de fecundidad de 1,9 hijos por mujer, su población al final de este siglo se habrá reducido aproximadamente en un 15%. pero si una sociedad se encalla en una tasa inferior, es decir, de menos de 1,4 hijos por mujer por término medio, al final del siglo su población total será apenas el 25% del tamaño actual (Mcdonald, 2002). España ejemplifica este síndrome de fecundidad muy baja, y, de persistir, en el año 2100 tendrá una población de tan solo 10-15 millones de personas (es preciso recordar que estas previsiones no tienen en cuenta los cambios de población causados por la inmigración o la emigración)”[8].

Esos artículos periodísticos que niegan las abrumadoras evidencias estadísticas son mendaces, porque se limitan a proyectar, a día de hoy, la situación que el aumento del número de cotizantes (por esos abortos intencionados no producidos) tendría sobre el déficit de la seguridad social. Visión tan a corto plazo, y tan carente de virtualidad alguna como solución de futuro, que dejan patente que no eran más que un intento de desacreditar a aquel político que ligó número de abortos con el futuro -no con el presente- del sistema de pensiones.

La viabilidad de dicho sistema, con vistas al medio y largo plazo, es objeto de largos y profundos debates en todo el mundo, principalmente en occidente. Hay quien afirma -autores generalmente instalados en el lado izquierdo del espectro político- que el problema no es demográfico, sino de productividad, y “si la renta per cápita crece, no hay motivo para considerar, sea cual sea la pirámide de población, que (…) los pensionistas no puedan seguir percibiendo los mismos ingresos en términos reales”[9]. Pero, sin embargo, el consenso mayoritario se sitúa en considerar que las pensiones y la natalidad son dos caras de la misma moneda: Fernando Martínez Borlado, en artículo con ese título[10], comenta, a partir de un análisis de la Consultora PwC, de 2010, el exitoso modelo sueco, según el cual, “las cotizaciones de los trabajadores suecos alimentan dos sistemas complementarios de pensiones. Uno es colectivo y básicamente de reparto; y el otro, individual y de capitalización. El primero capta la mayor parte de las cotizaciones (16,5% del salario bruto), y se utiliza para pagar las pensiones de los ya jubilados. Lo que cotiza cada trabajador se va acumulando de manera “virtual” en una cuenta que se le adjudica. Cuando el trabajador se jubila o va a empezar a cobrar su pensión por otro motivo, lo acumulado en su cuenta es la base para el cálculo de su pensión, de tal forma que lo que una persona recibe como pensión es un reflejo más directo de sus aportaciones durante toda su vida laboral”. Y sigue diciendo, que, en la línea que aquí venimos defendiendo, “aunque en el informe de PwC se sugiere que España debería adoptar el modelo sueco, el fomento de la natalidad aparece como una condición previa”.

La estremecedora cifra de abortos intencionados, producidos en España en los últimos 30 años, tiene otro efecto perverso, nunca convenientemente valorado, que es la enorme pérdida de felicidad y bienestar personal que supone la renuncia a la procreación, y más aún, de una renuncia cuando ya se ha procreado, mediante la eliminación del ser en gestación. Al respecto, podemos leer en el informe de Gøsta Esping-Andersen (coordinador)[11] que “también podemos definir la fecundidad como un asunto de bienestar al nivel micro de los individuos y las familias. De hecho, tener hijos es uno de los ingredientes fundamentales en la búsqueda del bienestar y la satisfacción vital, y los datos así lo corroboran varios estudios, que concluyen que los hijos producen un dividendo significativo de felicidad (Aassve et al., 2012; Kohler, 2005). Resulta inexplicable que esta dimensión haya recibido tan escasa atención en los debates sobre políticas públicas. A pesar de ello, fue el tema principal en la defensa que hicieron los Myrdal[12] de políticas activas de apoyo a la familia”.”

Por tanto, concluimos, el hecho de que nos falten nada menos que 2,26 millones de españoles, que habiendo sido concebidos en los últimos 30 años en España, no han nacido por decisión intencionada de quien era responsable de ellos, pone en serio peligro la misma existencia de nuestra civilización.

Imagen: https://www.definicion.xyz/2018/05/estadistica-descriptiva.html



[1] Instituto Nacional de Estadística. Nota de prensa de 8/1/2020.

[2] TFW. NOTA DE PRENSA. PRESENTACIÓN DEL ‘IX BARÓMETRO DE LA FAMILIA TFW’. Madrid, 8 de enero de 2020.

[3] Desde medios oficiales se intenta quitar importancia al problema diciendo que la inmigración será lo que revierta la situación, lo cual no deja de ser un engaño, en el sentido de engañar como “aliviar momentáneamente una sensación o necesidad, o hacer que disminuya”, es decir, como se engaña el hambre. En efecto, basta comprobar que los flujos migratorios hacia España han experimentado un auge impresionante desde el comienzo del nuevo milenio, pero, a pesar de ello, la población baja y el índice de fecundidad de la mujer española está entre los más bajos del mundo. Los inmigrantes resolverán momentáneamente el problema, pero su afluencia no es ninguna solución. En el Estudio “La situación demográfica en España. Efectos y consecuencias”, Separata del volumen II del Informe anual del Defensor del Pueblo correspondiente a 2018 puede leerse: “La llegada de extranjeros ocasiona una mejora de la demografía española, si bien las diferencias que existían en el momento de las llegadas se diluyen a medida que la población extranjera se integra en la sociedad de acogida.”.

[4] https://www.mscbs.gob.es/ca/profesionales/saludPublica/prevPromocion/embarazo/home.htm#datos

[5] No deben confundirse los conceptos de natalidad y fecundidad, que se emplean como sinónimos, pero que no lo son: “La natalidad es la frecuencia de los nacimientos producidos en el conjunto de una población, es decir, relaciona el número de nacimientos con el número de personas que forman una población concreta. Habitualmente se considera un período de tiempo determinado, por ejemplo, un año. La fecundidad es la frecuencia de nacimientos identificando el subconjunto de la población susceptible de experimentarlos. En otras palabras, relaciona el número de nacimientos con las mujeres en edad de procrear dentro de una población, habitualmente en el transcurso de un año.” Demografía. López Hernández, Dolores y Montoro Gurich, Carolina. 2008.

[6] Frase que puede leerse en el trabajo titulado El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español. Colección Estudios Sociales Núm. 36. Gøsta Esping-Andersen (coordinador). Obra Social La Caixa.

[7] Instituto de Política Familiar (IPF), ha elaborado el informe “El Aborto en España 30 años después (1985 – 2015)”. Enero, 2017

[8] Colección Estudios Sociales Núm. 36. El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español. Gøsta Esping-Andersen (coordinador). Obra Social La Caixa.

[9] Martín Seco, Juan Francisco. “La sostenibilidad de las pensiones”, en La República, 18/04/2013.

[10]RODRÍGUEZ-BORLADO, FERNANDO. Pensiones y natalidad: dos caras de la misma moneda. 24-julio-2013. Disponible en https://www.aceprensa.com/articles/pensiones-y-natalidad-dos-caras-de-la-misma-moneda/

[11] Colección Estudios Sociales Núm. 36. El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español. Gøsta Esping-Andersen (coordinador). Obra Social La Caixa.

[12] Gunnar Myrdal, economista sueco, premio nobel de Economía, y su esposa, Alva Myrdal, premio Nobel de la Paz.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Matrimonios, aprendan a discutir







ALGUNAS IDEAS PARA LA BUENA COMUNICACIÓN CONYUGAL

Aprender a discutir.

La relación conyugal es la más estrecha, y, por tanto, la más exigente de cuantas los seres humanos pueden llegar a establecer a lo largo de su vida. Compartir hasta la respiración hace que cada pequeño gesto, y, por ende, cada palabra, sea escudriñada y produzca efectos. Y, por eso es absolutamente esencial que aprendamos a comunicarnos bien[1].

Desde la boda, el marido y la mujer pasarán por diferentes etapas, las cuales, si el matrimonio está bien construido, es decir, si tiene bases sólidas –si se vivió el noviazgo de modo conveniente y efectivo, y sirvió para aumentar el conocimiento mutuo- servirán para crecer en el amor, y así, la relación, y cada uno de sus miembros irán mejorando en los distintos aspectos de su vida y de su personalidad.

Sin embargo, se trata de un camino no exento de dificultades, pues exige llevar a cabo un esfuerzo diario para combatir nuestro egoísmo, la raíz de casi todos los males morales que afligen a las personas y destruyen los matrimonios.

De ello surge la consecuencia evidente de que es imposible que el matrimonio no discuta, pues determinadas situaciones o necesidades serán vistas de manera diametralmente diferentes por ambos cónyuges. Se trata de la misma realidad o el mismo problema, pero sobre el que cada uno tiene una idea diferente.

Esta posibilidad de tener ideas discordantes hay que darla por sentada entre los miembros de la pareja, porque es inevitable. ¿Hay posibilidad de que se generen conflictos a lo largo de la vida matrimonial? No, en absoluto, no hay posibilidad… hay seguridad. Se generarán, con certeza, y eso no es malo, ni hay que tener temor a que ocurra. Porque incluso es bueno, y esos conflictos bien resueltos, sirven para el crecimiento personal –hay que ceder, y ello nos hará mejores, más generosos, desprendidos y, en consecuencia, más alegres- y para la mejora de la relación matrimonial, que se verá muy beneficiada de la correcta gestión de una crisis[2], de una disparidad de opiniones. En la gran mayoría de los casos, los motivos de discusión son siempre los mismos, y responden a situaciones que, vistas desde fuera, tienen, generalmente, poca o ninguna importancia objetiva.

Lo que hay que evitar es dejar de solucionar estas desavenencias, mediante el silencio o el distanciamiento. Si tememos hablar con el cónyuge para no discutir, estamos dejando entrar al “diablo del silencio” en nuestro santuario matrimonial, y ello supone asumir un riesgo importante. No hablar es distanciarse, alejarse y abandonarse.

Pues bien, hecha esta introducción, voy a exponer ocho sencillas técnicas que a nosotros nos han ido realmente muy bien en nuestros primeros veintinueve años de matrimonio, y más de 30 juntos.

a.      Escuchar.
Ante todo, debemos aprender a escuchar. Es la primera técnica que sugiero. Ello exige renunciar a transformar la discusión en un combate dialéctico (es decir, en una competición consistente en argumentar y discutir para vencer al contendiente, mediante técnicas que rebaten los razonamientos del contrario para situar a los nuestros por encima y, así, resultar vencedor). Es decir, nunca debemos considerar un desencuentro como un combate en el que debe haber un ganador.

Escuchar al otro supone, sencillamente, ponerse en su lugar. Si nuestro cónyuge nos dice que se ha sentido mal con algo que hemos dicho, o hecho, o no hemos dicho o no hemos hecho, no intentemos contra-argumentar (“…yo no he hecho o dicho eso”, o menos aún “no te enteras de nada, estaba diciendo –o haciendo- esto otro”). No, simplemente escuchemos, e intentemos comprender la raíz del malestar del otro o de su diferente modo de ver el problema o la situación.

Escuchar supone, pues, un esfuerzo por comprender al otro, por lo que se debe dejar al otro hablar hasta que acabe todo lo que tiene que decir.

Por eso, después de escuchar, callemos, interioricemos lo escuchado y… si es necesario, pidamos perdón, para, en el futuro, intentar comportarnos de otra manera.

b.      Pedir perdón y perdonar
En palabras de Jutta Burggraf, «nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. “El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares," dicen los árabes»[3]. Y sigue diciendo: «¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: "Te perdono"? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que renuncio a la venganza y quiero, a pesar de todo, lo mejor para el otro». Desde luego, aquel que acuñó aquella famosa frase de que «el amor consiste en no tener que decir nunca “lo siento”» no sabía una palabra de amor.
Para que la pareja matrimonial sea funcional, los cónyuges deben pedirse perdón, y perdonarse, muchas veces. Y, generalmente, deberá tomar la iniciativa el cónyuge que se considere agraviado. Aunque resulta paradójico, y no es fácil, este sencillo comportamiento soluciona muchas situaciones difíciles.

c.       No interrumpir.
De lo que se ha dicho se deduce esta segunda técnica: no se debe interrumpir al otro antes de que acabe de decir todo lo que desee o tiene que decir. Es muy molesto –para todos- que nos interrumpan cuando expones una idea, creyendo, los que te escuchan, que saben ya –antes de decirlo- lo que vas a decir, o lo que quieres decir. El que escucha, como vemos en este caso, presume lo que quieres o intentas decir, supone que te refieres a unos determinados antecedentes, y, posiblemente, esa suposición sea falsa.

Interrumpir de ese modo supone, sencillamente, que no estamos escuchando, porque nuestro cerebro está dedicado a elaborar la respuesta -dialéctica-. Y es una respuesta que, normalmente, será incorrecta, estará equivocada, porque no hemos acabado de escuchar al cónyuge y, por tanto, no hemos llegado a comprenderle. Con las interrupciones podemos incluso llegar a faltar al respeto al cónyuge.

d.      Evitar presunciones
La tercera habilidad necesaria es aprender a evitar las presunciones. Lo acabamos de ver, las presunciones corresponden a deformaciones cognitivas[4], que son mecanismos inconscientes del cerebro que nos hacen imaginar situaciones que no son reales.

No presumamos, o supongamos, nunca, lo que el otro nos está queriendo decir. Escuchemos, y, si no entendemos, preguntemos, pero no presupongamos. Presuponer es un serio inconveniente a cualquier diálogo.

e.      No considerar al otro nuestro rival y no competir, no tenemos público.
Cuarta técnica. En la gestión de un desencuentro, un enfado, una situación compleja que no entendemos, y que nos genera inseguridad, tendemos a ver nuestra pareja como a un rival o contendiente, y nos preparamos a la lucha[5]. Hay que luchar contra este modo –equivocado- de ver las cosas. Porque de lo contrario, la discusión se convertirá en un combate, y de la lucha, un miembro de la pareja, o ambos, pueden resultar heridos.

Aquí es de aplicación la paciencia[6]: saber esperar, ponerse en lugar del otro y escuchar. Muchas veces, el cansancio, las pocas horas de sueño, o el estar abrumado por problemas cotidianos, nos hacen hacer o decir cosas que en otra situación no diríamos o haríamos jamás. Muchas veces, esa manera inadecuada de comportarnos se debe, simplemente, a la química de nuestro organismo. Por eso hay que saber esperar, comprender, y escuchar.

f.        No mezclar temas, no traer a colación el pasado.
Los temas que se discuten no deben “contaminarse” evocando situaciones similares ocurridas en el pasado, -que nunca serán tan similares como pretende el que las invoca- o recurriendo al tan socorrido “y tú más”. Comportarse de ese modo en una discusión no sirve más que para iniciar un camino circular que no conduce a lugar alguno, y que sólo servirá para enconar el enfrentamiento, y empeorar la desavenencia surgida.  

Conviene centrarse en la situación que ha generado la discusión, focalizar en ella los razonamientos para intentar resolverla o llegar a un acuerdo. Evitemos siempre traer a colación otros sucesos y situaciones del pasado. Es un error muy común.

g.      Evitar quejas y reproches. No ser una “máquinita de regañar”.
Algo que debemos tener siempre presente, la misión del marido no es educar a su esposa, así como tampoco es misión de la esposa educar al marido. De modo que evitemos utilizar con nuestro cónyuge el tono del maestro enfadado, o el que un padre o madre utilizan para corregir o castigar a su hijo. Es otro error grave, que se comete por exceso de confianza, porque con él podemos llegar a faltar al respeto a nuestro cónyuge.

h.      Jamás faltar al respeto a nuestro cónyuge.
Y la última advertencia, que es crucial, y sobre la que nunca se insistirá bastante: Debemos tratar a nuestro cónyuge, siempre y en todo caso, pero más en una discusión, con absoluto respeto, consideración y afecto, como trataríamos a la persona que nos mereciera nuestra máxima consideración. Eso supone no levantar la voz, ni mucho menos insultar. Gritar, gesticular, despreciar, amenazar, golpear objetos, arrojar cosas con fuerza, etc., son comportamientos agresivos. Suponen, aun en su menor grado, ejercer violencia. Y eso no hay relación conyugal que lo supere, salvo a costa de un enorme esfuerzo, que, en muchas ocasiones, no deja la situación como antes de esa pérdida de respeto.

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SOBRE LA IMAGEN: El director de largometraje, Noah Baumbach, afirmó: "“Lo que quería era hacer una historia de amor. Y por un tiempo estuve pensando en cómo hacerlo. Cómo contar una historia de amor de una manera diferente o una manera con la que yo pudiese relacionarme. Creo que esta película es sobre el divorcio de muchas maneras, es verdad, pero siempre estuve muy enfocado en la historia de amor. Pensé que a través del divorcio lo que podía explorar era el matrimonio”.



[1] “La comunicación interpersonal, en el ámbito del matrimonio, es una condición que, por ser esencial para la pareja, resulta ineludible e irrenunciable. El matrimonio no es otra cosa que comunicación. El amor que une a dos personas no es otra cosa que diálogo”. Así se expresa el doctor Aquilino Polaino en su libro La comunicación en la pareja. Errores psicológicos más frecuentes, y sigue diciendo que “es necesario diagnosticar precozmente los errores que por ambas partes se cometen en el frágil y difícil arte de la comunicación”.  

[2] La palabra “crisis”, además de su significado de “situación mala o difícil” significa también cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”
[3] Aprender a perdonar. Jutta Burggraf. Opúsculo que puede encontrarse fácilmente en Internet (por ejemplo, aquí: https://es.catholic.net/op/articulos/10021/cat/411/aprender-a-perdonar.html), y que resulta, en mi opinión, de lectura obligada para toda pareja de novios que tenga intención de casarse, y, por supuesto, para todo matrimonio. A él me remito con entusiasmo.
[4] “Hay distintas maneras de distorsionar la realidad, guiándonos por nuestra cognición sin saber si ésta es la acertada. El autor del libro expone que todas las parejas que han sido capaces de amarse y comunicarse pueden llegar a arreglar sus desavenencias haciendo un trabajo cognitivo adecuado. Suele ser curioso que el amor se convierta a veces en desprecio cuando éste solo se basa en nuestras interpretaciones. Tal vez, hay que sentarse a reflexionar cómo ciertos pensamientos destruyen algo que puede ser, verdaderamente hermoso.” Con el amor no basta. Aaron T. Beck, (1990) Paidós, Barcelona.

[5] “A veces se dicen cosas sin pensar. No expresan lo que uno siente, sino más bien la tensión del momento o incluso el deseo de ganar la discusión”. Eso es lo que dice Prudencia Prim para consolar a la madre del Hombre del Sillón, arrasada en lágrimas tras unas duras palabras de su hijo. Natalia Sanmartín Fenollera. El despertar de la Señorita Prim. Novela de lectura muy recomendable para los cónyuges, aunque sólo incidentalmente trate sobre el matrimonio. 

[6] El Papa Francisco trata este asunto en su exhortación apostólica Amoris Laetitia (A.L., 91-92) admirablemente bien, al hilo del hermoso texto paulino de Corintios 13, 4-7:

“91. La primera expresión utilizada es makrothymei. La traducción no es simplemente que «todo lo soporta», porque esa idea está expresada al final del v. 7. El sentido se toma de la traducción griega del Antiguo Testamento, donde dice que Dios es «lento a la ira» (Ex 34,6; Nm 14,18). Se muestra cuando la persona no se deja llevar por los impulsos y evita agredir. Es una cualidad del Dios de la Alianza que convoca a su imitación también dentro de la vida familiar. Los textos en los que Pablo usa este término se deben leer con el trasfondo del Libro de la Sabiduría (cf. 11,23; 12,2.15-18); al mismo tiempo que se alaba la moderación de Dios para dar espacio al arrepentimiento, se insiste en su poder que se manifiesta cuando actúa con misericordia. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder.

92. Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla. Por eso, la Palabra de Dios nos exhorta: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad» (Ef 4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía.”

jueves, 9 de marzo de 2017

MIGUEL MILÁ Y LA BELLEZA




Tuve ocasión de asistir ayer tarde a la proyección, en la Academia de la Artes y las Ciencias Cinematográficas de Madrid, de un documental sobre la trayectoria profesional y humana de Miguel Milá, el galardonado diseñador industrial e interiorista a quien tengo la suerte de conocer desde hace muchos años, por motivos familiares que no vienen ahora al caso.

Persona excepcionalmente culta, charlar con él es siempre fácil y apasionante, pues sus palabras suelen estar lejos del vacío protocolario. Es un conversador de los que escuchan y se interesan sinceramente por su interlocutor, de los que están abiertos a aprender algo nuevo, y de los que siempre te enriquecen, pues saben sacar, como los buenos maestros, lo mejor de ti. Por eso es de aquellas personas cuyas palabras solemos recordar durante mucho tiempo. De las que saben ver la misma realidad que uno mismo ve, pero desde un punto de vista diferente, y generalmente más atractivo del que habíamos advertido hasta entonces.

Creo que por eso es tan popular y tan querido, además de por ser una persona de una deliciosa sencillez y de educación exquisita.

Miguel valora el confort como el mayor lujo, y en él incluye la estética. Y en esto creo que tiene mucha razón, porque, en mi opinión, es imposible estar cómodo en un lugar en el que las cosas que te rodean son feas o vulgares.

Muchas veces nos encontramos en lugares o situaciones que aparentemente reúnen los requisitos mínimos para sentirnos cómodos, compañía agradable, alimentos bien cocinados, temperatura y ventilación adecuadas, pero, por algún motivo no acabamos de sentirnos a gusto y estamos deseando salir de allí cuanto antes, sin que a veces seamos plenamente conscientes de ello. Es una sensación que apesadumbra a cualquiera y que nos baja la energía vital, y que podemos sentir con desagrado tanto en espacios abiertos (hay ciudades muy feas, o rincones o lugares de ellas), como en el interior de edificios de todo tipo, tanto públicos, industriales, comerciales, administrativos, como privados, casas particulares, sedes de asociaciones, clubs… Cuando el entorno es feo, o estamos sitiados por cosas feas nuestro estado anímico no es bueno.

Creo que el reconocimiento y el apasionamiento por la belleza, es lo que nos hace específicamente humanos. En la belleza hay armonía con el mundo, orden y quietud. Miguel Milá es extremadamente ordenado, porque en el orden de las cosas hay belleza. Quizás la belleza no sea otra cosa que la disposición ordenada de las cosas.

La belleza, en palabras de Mons. Luigi Negri, rememorando a San Agustín, en el prólogo al opúsculo de Joseph Ratzinger titulado así precisamente, “[es] palabra que revela la inevitable nostalgia del hombre por la verdad, la justicia y el bien, es decir, la nostalgia de Dios”. Por eso, la experiencia de la belleza es “fundamental en la vida y la cultura del hombre”.

Nos repugna lo feo porque no podemos sacudirnos el miedo de que “al final no sea el aguijón de lo bello lo que nos conduzca a la verdad, sino que la mentira, lo que es feo y vulgar, constituyan la verdadera «realidad»”[1]. Por ello cobra sentido aquella afirmación de que “después de Auschwitz no se ha podido hacer poesía”. Esa es la razón de que nunca acabaremos de sentirnos cómodos ni seguros si nos rodea la fealdad o la vulgaridad, puesto que vulgar no es otra cosa que aquello que carece de novedad e importancia, o de verdad y fundamento.

Miguel Milá parece pensar como Platón que el encuentro con la belleza produce en el hombre “una sacudida emotiva y saludable que le hace salir de sí mismo[2]” a la búsqueda de aquello primigenio que perdió, que no es otra cosa que la perfección. Porque Miguel busca siempre la perfección, que no es sino la búsqueda de la belleza acabada.



Imagen: http://puntoluz.com/ca/disenadores/miguel-mila



[1] Ratzinger, Joseph. La belleza. La Iglesia. Ed. ENCUENTRO. Madrid, 2006. Pp. 20.
[2] Ibíd. Pp. 15.

Un año en la División Azul.

Transcribo a continuación el artículo que publiqué recientemente en el número 743, junio 2021, de la revista mensual BlauDivisión, Boletín d...