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domingo, 2 de abril de 2017

PROGRESISMO Y LIBERTAD RELIGIOSA Y DE CONCIENCIA







Recientemente hemos asistido –algunos, atónitos- a la ofensiva del grupo “Podemos” contra la retransmisión de la misa dominical en RTVE. Tengo para mí que este grupo político está mayormente integrado por personas iletradas, arribistas y que no suelen conocer bien el alcance de lo que dicen ni de lo que hacen, que son incapaces de representar con dignidad el papel de servidores públicos que las urnas les han conferido. Pero esto es sólo una opinión mía, capaz errónea, pero que creo respaldada por los hechos o dichos que profieren los mentados sujetos. Porque hay que ser un completo indocumentado[1] para decir que «España es un país aconfesional y la televisión pública no es el espacio más sensato para ritos religiosos» (Pablo Iglesias). Este comentario tan aparentemente aséptico lo hace quien parece dirigir una grey entre cuyos integrantes encontramos auténticos profesionales del insulto, la mofa y el desprecio a la religión católica. En este post trataré de demostrar que ambas conductas (el menosprecio a mis creencias y el intento de suprimir la Misa dominical en RTVE) atentan contra mis derechos constitucionales.

Georg Jellinek era de la opinión de que “hay un derecho natural al hombre, y no un derecho otorgado al ciudadano, en lo de tener libertad de conciencia y de pensamiento en materia religiosa, siendo un derecho superior al Estado, que éste no puede violar”, porque, sigue diciendo, “no es el Estado, sino el Evangelio, quien lo proclama”. Proviene, según el mismo autor, de la convicción de que “la idea de consagrar legislativamente los derechos naturales del individuo no es de origen político, sino religioso”[2].

Por eso, la libertad religiosa fue históricamente, como afirma Contreras[3], el primero de los derechos humanos, quizás porque en la esfera de la conciencia sea donde se sitúa lo más específicamente humano.

En íntima conexión con el derecho a profesar íntimamente cualquier creencia, a elaborar las ideas o pensamientos que se tengan por conveniente, está el derecho a no ser perturbado, ni por el Estado ni por ningún otro sujeto en el ejercicio de esa libertad de conciencia. En otras palabras, se trata de disponer de una esfera de agere licere en esta materia tan íntima.

De la trascendencia de este derecho fundamental de idea la resolución de la Asamblea General de la ONU 36/55, de 25 de noviembre de 1981, por la que se aprobó la “Declaración sobre la eliminación de todas las formas de intolerancia y discriminación fundadas en la religión o las convicciones”. En ella, considerando que “la religión o las convicciones, para quien las profesa, constituyen uno de los elementos fundamentales de su concepción de la vida y que, por tanto, la libertad de religión o de convicciones debe ser íntegramente respetada y garantizada” se dispone en su artículo 1º que “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Este derecho incluye la libertad de tener una religión o cualesquiera convicciones de su elección, así como la libertad de manifestar su religión o sus convicciones individual o colectivamente, tanto en público como en privado, mediante el culto, la observancia, la práctica y la enseñanza”, en consonancia con lo que ya disponían el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el 18 de Pacto Internacional de derechos civiles y políticos.

A pesar de ello, en 2011, la resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas 65/211 sobre el mismo asunto, expresaba la profunda preocupación de la organización supranacional porque, a pesar de lo que estableció la resolución 36/55 citada, “continúan cometiéndose actos de intolerancia y violencia basados en la religión o las creencias contra personas y miembros de comunidades religiosas y minorías religiosas en todo el mundo y porque se han logrado escasos progresos en la eliminación de todas las formas de intolerancia y discriminación basadas en la religión o las creencias”

Poco tiempo antes, la misma ONU, en su resolución 53/140, de 1º de marzo de 1999 tuvo necesidad de recordar que “el derecho a la libertad de pensamiento, conciencia, religión y creencias tiene profunda significación y amplio alcance y abarca la libertad de pensamiento sobre todos los temas, las convicciones personales y el compromiso con la religión o las creencias, ya se manifiesten a título individual o en comunidad con otras personas,” viéndose obligada a reafirmar “que la libertad de pensamiento, conciencia, religión y creencias es un derecho humano que dimana de la dignidad inherente al ser humano y que se debe garantizar a todos sin discriminación”, alarmada “por las graves manifestaciones de intolerancia y de discriminación por motivos de religión o creencias, entre las que se incluyen actos de violencia, intimidación y coerción motivados por la intolerancia religiosa, que se producen en muchas partes del mundo y amenazan el disfrute de los derechos humanos y de las libertades fundamentales”, entre ellos el derecho a la libertad de expresión.

Porque de nada serviría esta esfera de privacidad y de ausencia de coacciones si no pudiéramos exteriorizar las mismas y comunicarlas a otros de manera privada o pública, como tuviéramos por conveniente[4]. Y aquí es donde entra en juego otro derecho fundamental, el derecho a la libertad de expresión, garantizado en España por el artículo 20 de la Constitución, que dispone, en lo que aquí interesa, lo siguiente:

“Se reconocen y protegen los derechos:

a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
(…)
Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia.

En definitiva, todos tenemos derecho a la libertad de conciencia y de religión, y a ejercitar tal libertad en todos los ámbitos, expresando libremente nuestras convicciones. Por tanto, sorprende la ligereza con la que, particularmente en España, se están tomando los atentados contra la libertad de culto, pues empieza a ser frecuente el desprecio, la mofa, las amenazas o la mera obstaculización del ejercicio de la libertad religiosa. Son además atentados estos dirigidos a una única confesión religiosa, la católica, y ello en la anteriormente católica España.

Además, es frecuente que los católicos tengamos la sensación desoladora de sentirnos abandonados por quién tiene el monopolio del poder y de la fuerza, es decir, por las instituciones públicas, que permiten los continuos ataques al credo y las instituciones católicas, cuando no las respaldan abiertamente.

Y ante el menosprecio público a unos ciudadanos que pacíficamente ejercen su libertad religiosa no puede ser invocada la libertad de expresión, que jamás amparará el insulto o las calificaciones claramente difamatorias. 

Por lo que se refiere al intento de que sea suprimida la retransmisión de la misa dominical, debemos recordar que la regulación de la radio y, en mayor medida, la televisión ha estado condicionada por su consideración de servicios públicos. Su regulación jurídica se encuentra en tres normas fundamentales: la Ley 32/2003, de 3 de noviembre, General de Telecomunicaciones, la Ley 17/2006, de 5 de junio, de la radio y la televisión de titularidad estatal y la Ley 7/2010, de 31 de marzo, General de la Comunicación Audiovisual. Para el caso concreto del servicio de interés económico general de comunicación audiovisual de titularidad estatal, la gestión directa se encomienda a la Corporación RTVE, regulada, la Ley 17/2006 y por la Ley 8/2009, de financiación de CRTVE. Esta Ley establece que las Cortes Generales, los Parlamentos autonómicos y los órganos de Gobierno Local se encargarán, según el caso, del control de la gestión y del cumplimiento de la función de servicio público. En lo que hace a las Cortes Generales, hay que destacar la existencia de una Comisión mixta para el control parlamentario de la CRTVE. Asimismo, se habrá de estar a los Mandatos-Marco, que prevé el artículo 4 de la Ley 17/2006, y que son el instrumento elegido para concretar los objetivos generales y las líneas estratégicas del servicio público esencial de la CRTVE. El primer Mandato-Marco fue aprobado por los Plenos del Congreso de los Diputados y del senado de 11 y 12 de diciembre de 2007, y tiene un plazo de vigencia de 9 años, a contar desde el 1º de enero de 2008, siendo prorrogado hasta no ser sustituido por uno nuevo.

El Mandado-Marco tiene como objetivo “concretar los objetivos generales de su función de servicio público esencial”. En él leemos que “forma parte de la función del servicio público esencial de la Corporación RTVE la producción, edición y difusión de [contenidos] para todo tipo de público, cubriendo todos los géneros y destinados a satisfacer necesidades de información, cultura, educación y entretenimiento de la sociedad española reflejando su identidad y diversidad cultural, lingüística promoviendo el pluralismo y la participación.” La Corporación pública mantendrá una “posición activa” únicamente en defensa de los valores constitucionales, estando sujeta a los principios de independencia, neutralidad, pluralismo, imparcialidad y rigor en sus contenidos. Los principios éticos que ha de respetar su programación se detallan en el artículo 12 y siguientes del Mandato-Marco (no incluirá en su programación contenidos que perturben o rompan el clima de convivencia social en España, atenten contra el sentimiento mayoritario de los ciudadanos y los valores morales y cívicos. o inciten al suicidio y la violencia en cualquier ámbito, especialmente la de género, así como a los comportamientos machistas, xenófobos, racistas u homófobos, tendrá especial cuidado en el tratamiento de contenidos que afecten a las víctimas de la violencia, catástrofes naturales o acontecimientos luctuosos, con el fin de impedir que el dolor de las personas pueda convertirse en objeto de morbo o espectáculo, reflejará su compromiso con la paz, la cooperación internacional, la redistribución de la riqueza y la lucha para erradicar el hambre y la miseria, la promoción de los Intereses Españoles en el Panorama Internacional, el respeto al derecho de todas las personas al honor, la intimidad personal y familiar y la propia imagen, el compromiso con la igualdad entre mujeres y hombres y la protección de la Infancia y la Juventud).

Pues bien… ¿En qué contraviene, según P. Iglesias, a estos principios y objetivos la retransmisión de la misa dominical? ¿Cuál de ellos considera lesionado este sujeto si se sigue manteniendo la emisión de la misa?

Obviamente, ni éste ni ningún otro “podemita” podrá argumentar razonadamente su demencial iniciativa. Una pena, porque, de tener algún argumento, podríamos iniciar un lindo debate.


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IMAGEN: http://www.diocesisdesantander.com/la-catedral-de-santander-acoge-este-domingo-24-la-retransmision-de-la-misa-de-la-2-de-tve/


[1] Dicho de una persona: Sin arraigo ni respetabilidad. DLE.
[2] Jellinek, Georg. La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. 1895. Trad. Adolfo Posada. Universidad Nacional Autónoma de México. 2003. Pp, 125
[3] Contreras Peláez, Francisco J. (Ed.) et altres. El Sentido de la Libertad. Historia y vigencia de la idea de ley natural. STELLA MARIS. Barcelona. 2014. Pp. 130
[4] “Si no pudiéramos mostrar públicamente nuestras convicciones y creencias, el Art. 16 de la Constitución, se vaciaría de contenido específico reduciéndolo sin más a una mera libertad de pensamiento y de expresión para difundir las propias ideas”. Voto particular del Magistrado del Tribunal Supremo José Manuel Sieira (voto particular en la STS 341/2009, de 11 de febrero).

domingo, 16 de septiembre de 2012

En Tierra Santa III




Cafarnaum (Capharnaum)[1]

También a la orilla del mar de Galilea se encuentra Cafarnaún, ciudad en la que vivió Jesús y en la que tuvo gran actividad, pues aparece en numerosas ocasiones en los Evangelios (cuando Jesucristo fue rechazado por los nazarenos, la hizo Su nueva morada (Mt. 4,13; Lc. 4,31; Jn. 2,12). Ahí eligió sus primeros discípulos: Pedro, Andrés, Santiago, Juan y Mateo (Mt. 4,18, 21; 9,9; Mc. 1,16); Curó ahí al siervo del centurión; a la suegra de Pedro, a un paralítico y a un endemoniado; a la hemorroísa ; fue ahí también en donde trajo nuevamente a la vida a la hija de Jairo y donde pronunció numerosos discursos), hasta el punto de que es conocida como la “ciudad de Jesús”. Hoy día no son más que unas ruinas, sacadas a la luz por excavaciones arqueológicas y en general muy bien conservadas y muy estudiadas. Al parecer, la localidad quedó despoblada ya en siglo VII. Su nombre (también Kapernaum) significa “villa de Nahum” o “consolación”.




La visita a Cafarnaún es muy emotiva por varios motivos. En primer lugar fue en su Sinagoga donde Nuestro Señor pronunció el discurso sobre la Eucaristía, el Pan de Vida (Jn, 6, 26-59) y explícitamente dice en Evangelista, en el versículo 59 que “Haec dixit in synagoga docens in Capharnaum” (estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaún). En tal discurso, Jesucristo dice unas palabras que los propios discípulos consideran duras, hasta el punto de que “muchos” se echaron atrás y ya no anduvieron más con Él: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente (…) El que como mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn, 6, 51 y 54).

Estar allí, donde Jesús pronunció su discurso eucarístico, y considerando la enorme importancia del sacramento eucarístico, “centro y raíz de la vida interior” en palabras de San Josemaría, produce unas emociones inolvidables.

Las ruinas de la Sinagoga de Cafarnaún -magníficamente conservadas- que visitamos no corresponden a la misma en la que enseñó Jesucristo, aunque muchos arqueólogos afirman que está construida precisamente donde estuvo ésta.




Muy cerca de la misma se conservan las ruinas de la Casa de Pedro, que fue conocida como “Domus Ecclesia”, pues al final del siglo I se convirtió en la casa donde se reunían los cristianos, y sobre ella se construyeron diversas iglesias siglos más tarde. Era un poco más grande que las demás del pueblo, o así lo indican sus ruinas, y quizá lo fuera por el motivo expuesto.




En el capitel de una de las columnas del templo modernista construido sobre la Domus Ecclesia de puede leerse: «Tu es Petrus et super hanc petram ædificabo Ecclesiam meam: et portæ inferi non prævalebunt adversus eam». Aquella solemne frase de Nuestro Señor a Pedro, aquel “nombramiento” que recoge Mt. 16, 18, me llenó de emoción: Pensé en el diálogo que tuvieron, una vez resucitado Nuestro Señor, a orillas del lago de Genesaret, en el que el Señor, por tres veces interrogó a Pedro sobre su amor por Él, porque unos días antes le había traicionado. Aquel amoroso diálogo abre el corazón del cristiano a la esperanza y a la alegría.

Si aquel Pedro, cobarde y traicionero, falsario y timorato unas jornadas antes, es ahora, no ya perdonado, sino amado tan profundamente por el mismo Dios, hasta el punto de que no dudará en poner sobre sus hombros la entera Iglesia naciente, entonces nosotros hemos de ser felices, por tener tal redentor.

Si yo me siento tantas veces débil, frágil, sensual, caprichoso, perezoso y egoísta, mi Padre Dios, que me conoce perfectamente, me sigue queriendo, y me quiere precisamente tal como soy. Me perdona, me espera y confía en mi, aunque a veces me cueste seguir su Camino.

Todas estas cosas pensé cuando en la Casa de Pedro leí aquella inscripción, porque veníamos de la Iglesia del Primado de Pedro en la que éste, a la tercera vez que Jesús le pregunta si le ama, contesta triste. “Señor, Tú sabes todo, Tú sabes que te amo”. Cuanto alegra el corazón saberse amado por un Padre así.





[1] Puede encontrarse muchísima información sobre esta ciudad en el siguiente enlace. Además, está muy bien escrita: http://www.kinneret.ibernumis.biz/html/cafarnaum.html

jueves, 13 de septiembre de 2012

En Tierra Santa II



El mar de Galilea (Kinneret o Genesaret)

Dado que el avión toma tierra en el aeropuerto Ben Gurion de Tel-Aviv cuando ya ha anochecido, el viaje en autobús hasta Tiberíades no permite apreciar cabalmente dónde está uno realmente.

Fue la primera mañana, al abrir las cortinas de la habitación y contemplar tras unas palmeras el mar de Galilea -también llamado lago Tiberíades o lago de Genesaret-  cuando se produjo el primer desbordamiento emotivo. Porque es el mismo en el que Nuestro Señor caminó sobre sus aguas, el mismo en el que pescaban profesionalmente algunos de los Doce antes de ser llamados al apostolado, algo que siguieron aun después, tras la Resurrección.

El lago, que tiene 21 kms. de largo y hasta 11 kms. de ancho está a 210 metros bajo el nivel del mar, y es alimentado básicamente por el río Jordán. Suele estar tranquilo, pero también sufre en ocasiones violentas tempestades, provocadas por los vientos fríos del norte, provenientes del monte Hermón.

El primer día de peregrinación propiamente dicho fue dedicado a visitar los lugares que se encuentran en las orillas de este gran lago, que tanto evocan la figura de nuestro Salvador, pues aquí transcurrió gran parte de su vida pública, aquí vivió y aquí despertó la vocación apostólica de gran parte de sus Discípulos. 

Uno no se cansa de mirar a todas partes, sabiendo que el paisaje que uno contempla, los horizontes, las montañas, las riberas, las rocas, y casi también los caminos, la vegetación, los cultivos… son idénticos a los que contemplaba a diario Jesucristo.

También nos ilusionaba pensar que el agobiante calor que hace en estos días del final del verano también lo padecía Él, y estamos seguros que sabía defenderse del mismo mucho mejor que nosotros. El contraste entre el aire acondicionado del autobús y el calor húmedo del exterior es a veces brutal, y creo que es la causa de que nos pareciera realmente agresivo y difícil de sobrellevar.

En ese primer día comenzamos visitando la Iglesia de las Bienaventuranzas, delicioso lugar, rodeado de hermosos y bien cuidados jardines.

Está enclavado en el lugar en el que Jesús pronunció el Sermón de la Montaña, en el cual interpretó auténticamente los Mandamientos mosaicos,  por lo que “debe quedar claro que el «Sermón de la Montaña» es la nueva Torá que Jesús trae”. Son palabras de Benedicto XVI, en el primero de sus dos libros sobre Jesucristo, titulado “Jesús de Nazaret, desde el Bautismo a la Transfiguración”. Este entrañable lugar es descrito por el Santo padre de una manera que expresa perfectamente lo que siente el peregrino: “quien ha estado allí y tiene grabada en el espíritu la amplia vista sobre el agua del lago, el cielo y el sol, los árboles y los prados, las flores y el canto de los pájaros, no puede olvidar la maravillosa atmósfera de paz, de belleza de la creación, que encuentra en una tierra por desgracia tan atormentada”. 

Esa belleza y esa paz entroncan perfectamente con la vida del cristiano, que a partir de Jesucristo y sus Bienaventuranzas, está llena de esa “misteriosa alegría del Discípulo que sigue plenamente al Señor” a pesar del sufrimiento y de los reveses de la vida.


Tras visitar esa Iglesia, ese remanso de paz y belleza nos dirigimos a la Iglesia del Primado de Pedro, en donde íbamos a celebrar la Santa Misa. El lugar está en la misma orilla del lago, y se trata de una Iglesia construida en 1933 sobre la llamada “mensa Christi”, la mesa del Señor, que es aquella sobre la que Jesús preparó una comida a los Discípulos que venían de pescar, infructuosamente, durante toda la noche.

La Iglesia del Primado de Pedro

El altar circular al aire libre

La misa fue al aire libre, sobre un sencillo altar circular, situándose el pueblo alrededor del mismo en un pequeño anfiteatro, que permite divisar la perspectiva del lago. Sencilla, recogida y piadosa, la ceremonia estuvo cargada de emoción. Sobre todo porque el Evangelio leído fue precisamente el que recoge la escena que tuvo lugar allí mismo, que a mi tanto me emociona, y que es Juan 21, 1-14:

Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros». Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.

Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?». Ellos respondieron: «No». Él les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán». Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.

Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar». Simón Pedro subió a al barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer».

¡Cuanta emoción sentimos todos al celebrar aquella Eucaristía contemplando el mismo lugar en la que el Discípulo amado reconoció al Maestro y le dijo al apóstol Pedro “es el Señor”…! Me lo imagino en la barca, a unos cien metros, emocionado totalmente de ver al Señor resucitado y dándole un codazo a Pedro, que no duda en arrojarse directamente a agua e ir nadando al encuentro de su querido Dios y Señor.

A continuación tuvo lugar el diálogo en la que Jesús le hace declarar tres veces a Pedro su amor por Él y le confirma el primado de la Iglesia, que recaerá sobre sus hombros. Pero eso será objeto de otro post, en el también contaremos le visita a Cafarnaún (seguiremos pues con Pedro) y la comida, en la que tuvimos ocasión de probar el “pez de Pedro”, uno de aquellos 153.

Imágenes: http://opusdeidesdedentro.blogspot.com.es, http://unsacerdoteentierrasanta.blogspot.com.es, http://es.gloria.tv

martes, 11 de septiembre de 2012

En Tierra Santa I

La primera semana de este mes de septiembre de 2012 hemos tenido la inmensa dicha de peregrinar a los Santos Lugares. En este post, y espero que en alguno más, intentaré transmitir de alguna manera la grandeza de lo que se puede vivir allí. 





El Santo Sepulcro

En el denominado Libro Azul, "Tierra Santa, Tierra de Jesús", proyectado y realizado por Santiago López Nájera, que la empresa organizadora de la peregrinación a Tierra Santa entrega a todos los peregrinos, puede leerse:

“Este lugar encierra una fuerza y una sugestión tan grande que concita las emociones más íntimas y profundas del peregrino; nadie puede permanecer impasible cuando está en él. Y ello a pesar de la ubicación de la Basílica, en medio de una aglomeración de casas apiñadas, intrincadas callejuelas, abigarrados comercios, ruidoso y desordenado tránsito…

Al entrar en ella, la impresión es todavía más contradictoria; confusión entre los distintos grupos religiosos que comparten el templo, con sus particulares liturgias y sus diferentes gustos artísticos, evidenciados en la complicada y a veces exagerada ornamentación.

El peregrino debe hacer un esfuerzo de concentración para abstraerse del ambiente externo, a veces chocante y estridente, y concentrarse en sí mismo para comprender el mensaje de Cristo”.


Pocas veces he encontrado una descripción más precisa para describir a lo que uno va a sentir al visitar un lugar sagrado.

En efecto. El sábado es un día que se considera apropiado para la visita a la Ciudad Vieja de Jerusalén y en particular a la Basílica del Santo Sepulcro, ya que desde la aparición en el firmamento de la primera estrella en la tarde del viernes, hasta las ocho de la tarde del sábado, se celebra el Sabbat judío, por lo que se espera que haya menos gente en las calles. Pero, lamentablemente, el enorme número de peregrinos de todas las nacionalidades que abarrotan las calles y que acuden en auténticas hordas a visitar el Santo Sepulcro, precisamente en la mañana del sábado, hacen que la visita no sea en absoluto agradable, y resulte muy difícil alcanzar esa imprescindible concentración de la que habla la guía que se acaba de citar.

Previamente, nuestro grupo había hecho el Vía Crucis por la denominada Vía Dolorosa, cumpliendo hasta la novena estación por las calles del Jerusalén Viejo y dejando las cinco últimas para rezarlas en una de las entradas al Sacro recinto, en concreto la que da acceso a la capilla regentada por la Iglesia Copta Etíope, -muy pobre y entrañable, e impregnada de un olor indefinible- ya que aunque realmente se encuentran situadas en el interior de la Basílica, materialmente resulta imposible rezarlas allí. 

Es una experiencia muy particular y conmovedora rezar en las calles, en medio del abigarrado tránsito y precedido y seguido de otros muchos grupos de peregrinos que hacen exactamente lo mismo. Los sentimientos se amontonan, pues un simple ejercicio de imaginación permite darse cuenta de que las calles que recorrió Nuestro Señor no serían muy diferentes de estas por las que discurrimos nosotros, como tampoco lo serían los olores, los sonidos, y el ambiente de entonces a los de ahora.


Finalizado el Vía Crucis, llenos de emoción, y tras hacernos la “foto oficial” de nuestro grupo de peregrinos, accedimos al interior de la Basílica a través de Atrio, patio del siglo XII, y en concreto de la única puerta habilitada de las dos existentes, ya que la otra fue cerrada por Saladino.

Lo primero que encontramos fue la “Piedra de la Unción”, sobre la que fue embalsamado el cuerpo muerto de Nuestro Redentor[1]. Los fieles se postran y la besan en gran número, el olor a rosas que desprende es intensísimo, y la emoción que se siente al inclinarse sobre ella y besarla es enorme.

Pero a partir de ahí la visita mañanera me defraudó, pues los centenares de peregrinos que circulaban por todas partes parecían en muchos casos no tener otro interés que el de hacer fotos, muchas fotos, cuantas más mejor. Al acercarme al “Calvario”, la parte superior en la que se puede apreciar la roca virgen del monte Calvario, donde tuvo lugar la Crucifixión, observé a un sujeto que, agachado bajo al altar que cubre el lugar donde estuvo la Cruz giraba su cara y sonreía a la persona que le estaba fotografiando. Me pareció una falta de respeto tal que despreciaba la inmarcesible trascendencia del lugar en el que estábamos, por lo que ya no quise ni pasar a besar la roca ni tan siquiera visitar la Edícula del Santo Sepulcro[2].

Pero mi corazón, y el de mi mujer, estaba muy conmovido y en absoluto parecía conformarse. Algo en ese templo me estaba llamando con gritos imperiosos, por lo que por la tarde, a eso de las cinco y media, decidimos volver. El guía nos informó de que por la tarde ya no habría grupos de peregrinos de los tour-operadores, por lo que era posible que nos fuera más fácil y productiva la visita.

Y en efecto así fue: a las seis de la tarde, cerradas las puertas, (nosotros, afortunadamente, ya estábamos dentro) se celebraban los cultos Litúrgicos de adoración de los Católicos (Franciscanos) y de los Ortodoxos Griegos. Se trata de procesiones que transcurren por el interior del templo, con la máxima solemnidad. Y cuando la liturgia es solemne, tradicional y dirigida, de principio a fin, al Culto divino, es capaz de conmover hasta los cimientos a cualquier persona, más aun si ésta es creyente y mínimamente sensible.

Y eso nos ocurrió a nosotros. Los escasos peregrinos (sobre todo en comparación con la masiva afluencia de la mañana), la escasez de luz, la solemnísima estridencia del órgano, el fuerte olor a incienso, el canto gregoriano latino, las candelas iluminando el rostro de cada monje, la sencilla elegancia de los hábitos, el canto litúrgico ortodoxo, tan profundo y distinto a lo que estamos acostumbrados a escuchar, la concentración, el respeto y el amor al culto perfecto son factores que, conjugados con la consideración del lugar en el que nos hallábamos, el mismo en el que Jesucristo fue crucificado, muerto y sepultado, y el mismo en el que resucitó de entre los muertos (pues ahora, ya casi sin gente, pudimos adorar el Calvario y el Sepulcro), constituyen una experiencia de fe y emoción que muy difícilmente puede vivirse en otro lugar.

Pocas veces he sentido algo tan profundo y conmovedor, quizá nunca antes. Sólo esos momentos, tan intensos, justifican con creces cualquiera de los esfuerzos que hemos hecho para poder peregrinar a Tierra Santa.




[1] En el Evangelio de Juan se nos dice que Nicodemo llevó una mixtura de mirra y áloe, “unas cien libras” y prosigue “Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos” (Jn, 19,39s)

[2] El problema que aquí, con esta anécdota, se apunta es mucho más complejo y trascendente, y corresponde a lo que José María Iraburu llama “analfabetismo del lenguaje simbólico”, ya que “lo sagrado implica un lenguaje simbólico, no-verbal, hoy casi ignorado por el hombre occidental moderno, desarraigado voluntariamente de sus tradiciones, decididamente analfabeto para este lenguaje”. Es una cuestión de gran calado, ya que, continúa, “La pérdida o atenuación del sentido de lo sagrado es, sin duda, una enfermedad espiritual grave, que tiene importantes consecuencias en la vida espiritual cristiana. No conviene, pues, ignorarla o aceptarla pasivamente, como si fuera irremediable -una presunta exigencia de nuestro tiempo-. El sentido de lo sagrado, y en general, la sensibilidad simbólica, es un valor propio de la naturaleza humana”. Iraburu, José María. Sacralidad y Secularización. Fundación GRATIS DATE. Pamplona, 2005. P. 13



Un año en la División Azul.

Transcribo a continuación el artículo que publiqué recientemente en el número 743, junio 2021, de la revista mensual BlauDivisión, Boletín d...