sábado, 14 de noviembre de 2015

LOS ATENTADOS ISLAMISTAS DE PARÍS



Hace algunos meses, el mismo día en que tuvo lugar el trágico atentado contra Charlie Hebdo llegó a las librerías francesas el estremecedor –y en mi opinión clarividente- libro de M. Houellebecq que lleva por título "Sumisión". Al final del libro, el mediocre profesor universitario elevado a las más altas esferas de la política francesa tras su conversión al Islam, publica un artículo en el que afirma que el Islam está llamado a dominar el mundo, puesto que las civilizaciones occidentales le parecían, a buen seguro, condenadas, y lo argumenta así: “el individualismo liberal podría llegar a triunfar si se contentaba disolviendo las estructuras intermedias que eran las patrias, las corporaciones y las castas, pero si atacaba a esa estructura última que era la familia, y por tanto a la demografía, firmaría su fracaso final; entonces llegaría, lógicamente, el tiempo del Islam”.

Tras los devastadores atentados de noviembre en París, Europa parece caer en la cuenta de que nos hallamos en estado de Guerra. Y comienzan las grandilocuentes declaraciones de ilustres representantes de nuestra clase política, en mayoría de las cuales se apela a la fortaleza democrática, a los “valores europeos” y a las libertades que gozamos los europeos, que “no nos serán arrebatadas”. Alguno de la parte más a la izquierda del espectro ha llegado a decir que al terrorismo se le combate eficazmente sólo con más tolerancia y más libertad, declaraciones que causan algo más que estupor.

Me ha hecho ilusión, sin embargo, esa insistente alusión a los “valores europeos”, porque a estas alturas muchos desconocemos cuales son o puedan ser.

La grandeza europea, lo que constituyó su mejor aportación al humanidad, y que a la vez es la debilidad principal de Europa a ojos de quienes quieren acabar con lo que representa, lo dice también el citado personaje de Houellebecq desde su perspectiva de defensor de la hegemonía del Islam en Europa: “La idea de la divinidad de Cristo (…) era el error fundamental que ineluctablemente conducía al humanismo y a los «derechos del hombre»”.

Es su raíz cristiana la que ha dado su grandeza y la vigencia mundial de su modelo a  Europa. Son los valores del humanismo de raíz esencialmente cristiano los que hacen reconocible a Europa y dan sentido a su misión en el mundo. Por tanto, renunciar a ellos es garantía de descomposición, de vulnerabilidad y de decadencia.

Y no otra cosa es lo que lleva decenios haciendo Europa, sus políticos, sus ciudadanos y sus instituciones. El feroz ataque a la familia, que encabeza de modo más palmario esta negación de todo lo que desde siempre ha sido, está alcanzando cotas que nos aproximan a un punto de no retorno: La consideración de que cualesquiera unión sexual de dos personas es equiparable al matrimonio de hombre y mujer, la desvalorización de la maternidad, considerada como un riesgo indeseable y una lacra para el pleno desarrollo de la mujer, la disolución de las diferencias naturales de los sexos y sus sustitución por un radicalismo «de género» que se fundamenta en que masculinidad y feminidad son concepciones de origen social, la pavorosa lacra del aborto intencionado, al que se intenta dar el carácter de derecho subjetivo, el avance imparable de la cultura de la muerte, y tantos otros síntomas de agonía de la idea de Europa.

Todo ello convierte a Europa en un organismo doliente, herido de muerte y casi putrefacto. Ya casi no tiene nada que ofrecer a nuestros jóvenes, más allá de un futuro lleno de Gadgets tecnológicos y placeres de usar y tirar. En este mismo sentido, y en otro post anterior (http://www.joaquinpolo.net/2015/01/europa-huerfana.html), con ocasión de otro atentado terrorista en Francia, escribíamos:

Como recordaba Benigno Blanco en su Lección inaugural de Apertura de Curso en la UCAM el 12 de noviembre, “la civilización occidental [es] la más humanista que ha existido. Sólo aquí, en Occidente, hemos descubierto e interiorizado la radical igualdad entre los seres humanos; sólo aquí hemos construido el concepto de dignidad humana y teorizado los derechos humanos; sólo aquí hemos creado todo un entramado institucional para defender la libertad: el Estado de Derecho; sólo aquí hemos sometido a criterios éticos los más radicales poderes del Estado como la pena de muerte y la guerra; sólo aquí hemos erradicado la tortura y la esclavitud”.

Pero… ¿Estos principios siguen siendo hoy los valores sobre los que asienta nuestra civilización occidental? ¿No nos hemos ido encargando nosotros mismos, desde hace décadas, de vaciarlos de contenido, de relativizarlos e incluso de oponernos a ellos, renunciando así a nuestra propia esencia?

En la vieja, envejecida y esclerótica Europa, víctima del pensamiento débil, ha dejado de tener sentido la apelación a la verdad del hombre, y a un humanismo de raíz cristiana que supuso el fundamento de los Derechos Humanos y de la consagración de la dignidad inviolable de todo ser humano.


El relativismo, con su renuncia al uso de la razón para descubrir la verdad, ha sumido al hombre occidental en un pozo de miedo y de soledad. Los jóvenes europeos que se ven lamentablemente seducidos por los movimientos radicales islamitas posiblemente lo sean por la aversión a caer en el nihilismo. Los asesinos de París –jóvenes esencialmente- no eran una excepción. Porque, como se ha visto, “cuando prescindimos de Dios emprendemos una oscura senda en la que toda degradación es posible”, en palabras de Carlos López Díaz”.

Imagen: http://blogs.ucv.es

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