domingo, 3 de junio de 2018

ALGUNAS REFLEXIONES ACERCA DE LA CORRUPCIÓN



En su delicioso opúsculo “Corrupción y pecado” (2013), el Papa Francisco nos recuerda que la corrupción no es ninguna novedad: “desde que el hombre es hombre, siempre se ha dado este fenómeno” y, que, la corrupción “es un proceso de muerte: cuando la vida muere, hay corrupción.
En efecto, la característica de la muerte física es el inmediato comienzo del proceso de descomposición, al perderse la unidad del organismo. En este sentido se habla también de descomposición, putrefacción, podredumbre, todas ellas palabras sinónimas en lo que aquí interesa.
En los últimos días hemos oído, hasta hartarnos, que la causa de la caída del Gobierno del PP es la corrupción, y se acusa a este partido político de ser “el partido de la corrupción”.
Este argumento es falso, no sólo porque no ha sido esa la verdadera causa de su defenestración, sino porque el PP no es el partido de la corrupción. No digo esto en términos cuantitativos, discurso que no me interesa, pues es obvio que muchas otras formaciones políticas están anegadas[1] por causas de corrupción (causa en el sentido de “proceso criminal que se instruye de oficio o a instancia de parte.” DLE). No, es falso porque no hay ningún “partido de la corrupción”, porque el corrupto es el mismo ser humano, en cuyo corazón anida el mal.
Alguien dijo alguna vez, en un alarde de ironía, que la moral, la ética, es aquello que nos indica cómo debemos comportarnos cuando sabemos que nos están mirando. El ser humano que se acerca al poder será siempre tentado, su “ego” se inflará como un globo y, al alargarse en el tiempo su estancia en la cúspide del poder, sobre todo del poder político, comenzará a confundir sus deseos con la realidad. Más tarde o más temprano se corromperá, enfermará de corrupción.
Afirma también Francisco en la obra citada que la corrupción no puede ser perdonada, porque “en la base de toda actitud corrupta hay un cansancio de trascendencia, pues el corrupto se cansa de pedir perdón”. Por eso, la corrupción, más que perdonarla, hay que curarla.
Y, en el caso de la corrupción política, hay que curarla con la Ley. El único medio que nos permitirá mantener a raya a la corrupción, dentro de unos límites tolerables, pues acabar totalmente con ella es imposible, es un rígido sistema legal de controles, de responsabilidades y de cautelas, que hagan la práctica corrupta cada vez más difícil y de peores consecuencias para el infractor. Se me ocurren algunas:
-     Que los partidos políticos respondan solidariamente del delito de corrupción del cargo público nombrado es una de las más eficaces, junto con medidas de transparencia real de patrimonios.
-   Poner plazos al ejercicio de todos los cargos públicos, sin excepción. Acabar con los privilegios económicos o sociales de quienes han ejercido un cargo político.
-     Acabar con el político profesional: es decir, configurar el ejercicio de la política con un servicio público que no va a reportar ventaja personal alguna, sino, posiblemente, algún sacrificio. Así el político, que tenía una profesión, su medio de vida, antes de su acceso a la cosa pública, debe volver a ella una vez agotado el plazo máximo de ejercicio del poder.
Es posible conseguir que no nos levantemos cada mañana con un nuevo caso de podredumbre política.


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Imagen: https://edition.cnn.com/2015/02/09/asia/china-tycoon-execution/index.html


[1] A veces el diccionario es una ayuda inestimable en la transmisión de una idea. Anegar, además de “llenar o cubrir de agua un lugar”, y “abrumar, agobiar, molestar”, significa también “naufragar, irse a pique

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