jueves, 7 de abril de 2011

ESTRATEGIAS PARA CONSEGUIR UNA FAMILIA FELIZ (III y IV)

ESTRATEGIA TERCERA

UNIDAD DE VIDA. EJEMPLO. SOBRIEDAD.

Unidad de vida: todas nuestras potencialidades, nuestros afectos, nuestras creencias y nuestra manera de actuar deben ser coherentes y transmitir nuestra personalidad nuestra manera de ser y nuestra condición de padres de familia cristiana.

ANÉCDOTA: Los “Bigfoot”, vehículos con ruedas enormes, desproporcionadas, furgonetas con ruedas de tractor, que no sirven en realidad para nada más que para el espectáculo circense. La unidad de vida es atractiva y atrayente.

ANÉCDOTA: Cofradía de Málaga. Satisfacción, orgullo legítimo, cansancio por el esfuerzo realizado… pero… si la estación de penitencia no se hace con un sentido verdaderamente religioso, para acompañar a Jesús en su pasión todo queda en el aire, deslavazado y carente de sentido, incapaz de proporcionarnos felicidad.

ANÉCDOTA: de BXVI: reunido a comer con unos estudiantes jóvenes, conociendo Alemania, cerca de Ratisbona… “Parecía conocerlo bien, sin lugar a dudas era un “habitué” del restaurante. Nosotros, superado el primer embarazo, como buenos latinos y, además, jóvenes, nos lanzamos a hacer comparaciones entre menús bávaros y lombardos. Alguno de nosotros había pasado suficiente tiempo en Alemania como para permitirse disertar sobre los tipos y las marcas de cervezas. Recuerdo bien que pregunté a nuestro anfitrión qué nos aconsejaba: pacientemente empezó a ilustrarnos de nuevo sobre cada plato de la lista, animándonos a probar más de uno para que nos hiciésemos una idea de la cocina bávara. Desde hacía un rato el camarero esperaba respetuoso junto a la mesa. No sin desorden y aumentando progresivamente el tono de nuestra conversación hasta el punto de hacer que algún comensal se volviese a mirarnos, terminamos, bajo los ojos benévolos y la sonrisa, quizás un poco impaciente, de nuestro anfitrión, por escoger una amplia y exagerada variedad de platos. Ratzinger devolvió la carta diciendo al camarero algo así como: «para mí, lo de siempre». El camarero nos sirvió antes a todos nosotros, con meticulosidad alemana, y al final llevó al conocido teólogo un sándwich y una especie de limonada. Nuestra sorpresa rayaba en la vergüenza. Con una sonrisa, esta vez verdaderamente amplia y benévola, el cardenal nos liberó diciendo: «Vosotros estáis de viaje... Si yo como demasiado, ¿cómo voy a poder estudiar después?». Comentando el episodio, de vuelta en el coche, nos dimos cuenta de lo que el cardenal había dicho al camarero: “lo de siempre”. Lo cuenta D. Angelo Scola, Rector de la Pontifica Universidad Lateranense.





ESTRATEGIA CUARTA

USO DEL TIEMPO LIBRE PARA EDUCAR . LAS FIESTAS CRISTIANAS. LA NAVIDAD. LA SEMANA SANTA.

La familia debe hacer actividades en común, y con ellas llevará a cabo su tarea educadora.

La tarea educativa que se lleva a cabo en el seno de cada familia, y especialmente en el seno de cada familia cristiana se basa fundamentalmente en el ejemplo y en la repetición de actos virtuosos, es decir, a través del desarrollo co-activo de los hábitos. Así, “cada persona aporta su personal ingrediente a la conformación del ámbito familiar, y, a su vez, adopta la tonalidad conjunta de las costumbres, usos y hábitos familiares. (…) la educación familiar no es más que la formación conjunta y co-operativa de hábitos éticamente buenos[1]. Porque en el ámbito familiar no educan tanto las palabras como las acciones compartidas, es decir, “mediante la ostensión del obrar, se educa la sociabilidad[2].

Cuando la familia, que constituye una “comunidad de amor y de solidaridad[3], es consciente de su potencial educativo a través del emprendimiento y realización de actividades comunes, puede llevar a cabo una decisiva tarea integradora y socializadora de sus miembros, es decir, una decisiva tarea Educativa, con mayúsculas.

Por ello, afirma Bofarull (de quien hemos tomado el concepto de “ocio familiar significativo”) que “el lugar privilegiado para la educación familiar es de las actividades de ocio. Allí la educación, la formación, la personalización y la potenciación de las cualidades de los hijos no suponen una actitud gravosa, rutinaria y poco atractiva, sino que se pueden convertir en una suma de encuentros y actividades cargada de felicidad y creatividad.”[4] Y ese lugar privilegiado es el momento de ocio familiar, pero «significativo», es decir, el que tiene como objetivo “desarrollarse en la vida personal y social de la propia familia (a través de cada uno de sus miembros) en actividades cooperativas, formativas y sociales[5]. Este ocio familiar, así vivido, “constituye un capítulo muy importante de la educación en valores y virtudes”.[6]

Las familias que se esfuerzan por hacer de sus ratos de ocio compartidos un espacio educativo son aquellas que disfrutan de lo que Bofarull llama “conciencia de misión familiar[7], y suelen utilizar el asociacionismo con objeto de alcanzar esta significación formadora de sus ratos de ocio. Las familias pueden asociarse de multitud de maneras distintas, a través de Asociaciones Culturales, Clubes juveniles, APA’s, y, también, asociaciones religiosas de laicos, entre las que se encuentran las Cofradías Penitenciales.

Los beneficios del ocio familiar así entendido son numerosísimos, y existen numerosos estudios de universidades anglosajonas sobre este particular. Podemos, someramente, citar, con Bofarull, algunos de ellos: beneficios personales psicológicos y psicofisiológicos (mejor salud mental y mantenimiento de la misma, desarrollo y crecimiento personal, satisfacción y apreciación personal), beneficios sociales y culturales (vinculación social, cohesión y cooperación, incremento de la vida cívica y democrática, identidad cultural, prevención de problemas sociales para jóvenes en riesgo, beneficios para el desarrollo de los niños),  beneficios para la propia familia (incremento de la unidad -cohesiva y adaptativa- y vinculación intrafamiliar, fuente de felicidad familiar), beneficios económicos (reducción de costos de salud, incremento de la productividad y menor absentismo laboral, crecimiento económico local y regional).

 (J. Polo)

NAVIDAD

No cabe duda alguna de que, si existe una fiesta eminentemente familiar, esa es la Navidad. Y en nuestros recuerdos la navidad y la familia van siempre unidos, y ambas realidades han contribuido de modo fundamental a nuestra formación como personas.  Por eso, todos somos capaces de recordar, a veces con una precisión asombrosa, la emoción que de pequeños sentíamos al acercarse estas fechas. Era una mezcla de diferentes sentimientos: alegría por las inminentes vacaciones, que suponían un merecido descanso después de los exámenes que invariablemente padecíamos antes de las primeras vacaciones del curso escolar. Esperanza por la anunciada visita de aquellos familiares (hermanos mayores, tíos, primos…) que vendrían a casa a pasar estos días.  Expectación por la inminente llegada de Los Magos de Oriente, cargados de regalos, a los que se esperaba no sin un cierto grado de incertidumbre al no ser capaces de estar del todo seguros de si durante el año que acababa nos habríamos portado lo suficientemente bien. A medida que se iba acercando la noche del 24 de diciembre se intensificaban los preparativos: el día de la lotería se ponía el Belén, operación en la que los niños colaborábamos de buen grado, pues era en definitiva como un escenario de nuestros juegos. Pero se dejaba el pesebre vacío, ya que el Niño-Dios aún no había nacido. La casa empezaba a tener un aspecto decididamente navideño, con abundancia de espumillón y luces de colores. Recordamos también el frío, que solía arreciar de lo lindo en aquellos finales de diciembre; no se nos olvida esa gastada bufanda que nos ponía mamá al salir a la calle y que casi nos ahogaba, y aquellos pantalones de franela que nos picaban, pero que agradecíamos llevar puestos tan pronto poníamos los pies en la calle. Los niños de entonces solíamos ir de casa en casa, en cuanto estábamos de vacaciones, cantando Villancicos, acompañados de panderetas y zambombas, para pedir el aguinaldo. Y cuando al fin llegaba el esperado día, las mujeres de la casa se encerraban en la cocina, por todas partes se percibía el olor a huevos cocidos, a sopa de menudillo, al asado, de pavo o de cordero, en el horno. Y nos vienen a la memoria los nervios, y el griterío, el timbre de la puerta sonando cada poco, los llantos de críos al verse obligados a vestir de domingo. Y, tras la cena, opípara y totalmente diferente de lo habitual, salíamos a la Misa del Gallo, emocionante para los niños por ser de noche, y tan tarde. De vuelta a casa colocábamos, ahora ya sí, al Niño Jesús en su pesebre y cantábamos villancicos. Y, por fin, ya cargados de sueño, nos acostábamos mucho más tarde de lo habitual, mientras que los mayores quedaban de tertulia en el salón. El sueño llegaba muy rápido, sin que pudiera borrar de nuestros rostros la sonrisa que el hermosísimo día que acabábamos de vivir nos había dibujado. Como vemos, en todos nuestros recuerdos aparece siempre una realidad: la familia; estoy seguro de que si cualquiera de nosotros evocara los momentos más felices de su vida, esos momentos cuya sola evocación nos provoca una sonrisa involuntaria, en todos ellos está siempre la familia, son recuerdos de vivencias “en familia”. Porque, no lo olvidemos, ésta es para todos el lugar donde nos hemos hecho personas.” (J. Polo)


[1] BERNAL, AURORA (ED.). Op. Cit. P. 43
[2] BERNAL, AURORA (ED.). Op. Cit. P. 44
[3] D’AGOSTINO, FRANCESCO. Filosofía de la Familia. ICF Ediciones Rialp SA. Pamplona, 2006. P. 25
[4] BOFARULL, IGNASI DE., Op. Cit. P. 86
[5] BOFARULL, IGNASI DE., Op. Cit. P. 85
[6] BOFARULL, IGNASI DE., Op. Cit. P. 85
[7] BOFARULL, IGNASI DE., Op. Cit. P. 90

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