miércoles, 21 de marzo de 2012

Las Cofradías y la familia (I)



En el XXIII Encuentro Nacional de Cofradías Penitenciales que tuvo lugar en Barbastro en septiembre de 2010 tuve ocasión de leer una comunicación que, con el título "Las cofradías y la familia" reproduzco a continuación, aunque sólo un tercio de la misma. Por su longitud, la publicaré en tres partes.


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La Familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida conyugal y familiar. Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales[1].

De este modo comenzaba S.S. Juan Pablo II la Exhortación “Familiaris Consortio”, que tan trascendental influencia ha tenido en el devenir reciente de las familias cristianas. Se hacía eco de un proceso que, comenzado hacía décadas, no sólo está hoy en día de plena actualidad, sino que incluso reviste en estos últimos tiempos una particular virulencia: el ataque a la institución familiar.


En esta comunicación me propongo hacer patente el papel que nuestras cofradías penitenciales pueden cumplir en la defensa e integración de la realidad familiar, para que las familias cofrades estén situadas en ese primer grupo de familias que son las que “viven esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar”[2].

1.     ¿Crisis de la familia o crisis de la persona?

Señala Bofarull que “en las últimas décadas del siglo XX la familia española se ha hecho cada vez más frágil. La fortaleza de la unidad matrimonial es menor, el ascendiente de los padres sobre los hijos decrece, la reciprocidad con los abuelos y los parientes mayores ha disminuido. Los padres y, siguiendo el ejemplo, los hijos mayores tienen objetivos menos cooperativos: crece un individualismo que al final se hace presente entre todos los miembros de la familia”[3].

Enmarcada en la posmodernidad, esta especie de “crisis de la familia” requeriría de una serie de matizaciones que permitieran su cabal comprensión, toda vez que excede del ámbito y de las posibilidades de este trabajo, y tampoco es su objeto, un adecuado estudio, si quiera sea somero, de las raíces de esta llamada “crisis” de la institución familiar, de su existencia, de su importancia, de sus dimensiones y de la fundamental perspectiva de futuro: “¿hacia dónde va la familia?”.

Pues bien, por lo pronto, sí que es posible afirmar que esa denominada “crisis de la familia” no lo es tal, sino que se trata más bien de una “crisis de la persona”, de una crisis de valores, que es hija de la progresiva extensión, generalización diríamos mejor, del relativismo ético, del subjetivismo, que conduce a la afirmación de que no se pueden encontrar criterios estables de verdad moral.

El subjetivismo, propio de la modernidad, “es una manifestación de la decadencia del proyecto ilustrado de fundamentación de la moral. (…) y “deriva de conceptos distorsionados acerca de la libertad y la autonomía del ser individual”. (…). Pero en este proceso la universalización termina contraponiéndose al individuo aislado, que no tiene más punto de partida que lo que le dicten sus preferencias arbitrarias. Así, la reivindicación del individuo como soberano sobre los valores, termina oponiéndose a la búsqueda de soluciones válidas y aceptables para todos. La constatación fáctica de la desorientación moral se encuentra en la multiplicidad de teorías morales contrapuestas que se dan en el seno de la modernidad. Por su parte, las normas universales, o bien se limitan a un ámbito de mínimos muy básicos, o bien tienden a ser impuestas a través de la manipulación o por la fuerza”[4].

La persona humana, al carecer de toda referencia valorativa orientadora, queda así “flotando” en una especie de éter, en una oscuridad adimensional en la que ahora sólo se podrá orientar guiada por su interés material inmediato, por su egoísmo y sus necesidades más mezquinas, por una búsqueda de placer material rápido. Se produce, también, un intento de obviar (intento inútil, que conduce siempre al fracaso) todo lo que puede dificultar o disminuir ese absolutismo de “mi” bienestar, y por eso se prohíbe o está muy mal visto, hablar de asuntos tales como el dolor, la muerte, el deber, el esfuerzo. El lenguaje cotidiano se llena de eufemismos, los grandes valores, los grandes conceptos, la historia de la humanidad, se trivializan, se infantilizan… El hombre moderno se ensimisma, pierde importancia, y por tanto se convierte en algo manipulable, en un mero consumidor, a quien se puede dirigir en todas las facetas de su comportamiento personal y social.

En este contexto, el nivel cultural de cualquier sociedad desciende de modo alarmante, la educación deja de ser digna de seguir llamándose así, el hombre se diluye en la masa y su capacidad de raciocinio se va viendo progresivamente más y más limitada. Por tanto, esa crisis de la familia queda diluida en la crisis de la persona.

Por eso, sigue diciendo Bofarull “la familia que predomina hoy mengua en su papel educativo, de socialización, de control social, de ayuda afectiva y material ante las dificultades de sus miembros (apoyo, enfermedad, paro, vejez..)”[5]. Pero también hay hoy en día aspectos positivos, que ya destacaba S.S. Juan Pablo II: “En efecto, por una parte existe una conciencia más viva de la libertad personal y una mayor atención a la calidad de las relaciones interpersonales en el matrimonio, a la promoción de la dignidad de la mujer, a la procreación responsable, a la educación de los hijos; se tiene además conciencia de la necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden a una ayuda recíproca espiritual y material, al conocimiento de la misión eclesial propia de la familia, a su responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa[6], que también apreciaba una serie de dificultades, algunas muy relevantes, entre las que destacaremos, por lo que aquí nos interesa, “las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores[7].

2.     La familia como ámbito educativo

La familia es escuela del más rico humanismo”[8], “aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida[9]. Este aspecto de la institución familiar, el educativo, hasta tal punto es importante que se ha llegado a definir a la familia como “comunidad para la formación de las personas[10].

La tarea educativa que se lleva a cabo en el seno de cada familia, y especialmente en el seno de cada familia cristiana se basa fundamentalmente en el ejemplo y en la repetición de actos virtuosos, es decir, a través del desarrollo co-activo de los hábitos. Así, “cada persona aporta su personal ingrediente a la conformación del ámbito familiar, y, a su vez, adopta la tonalidad conjunta de las costumbres, usos y hábitos familiares. (…) la educación familiar no es más que la formación conjunta y co-operativa de hábitos éticamente buenos[11]. Porque en el ámbito familiar no educan tanto las palabras como las acciones compartidas, es decir, “mediante la ostensión del obrar, se educa la sociabilidad[12].

Cuando la familia, que constituye una “comunidad de amor y de solidaridad[13], es consciente de su potencial educativo a través del emprendimiento y realización de actividades comunes, puede llevar a cabo una decisiva tarea integradora y socializadora de sus miembros, es decir, una decisiva tarea Educativa, con mayúsculas.



[1] EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO, 1 (FC)
[2] Ibídem
[3] BOFARULL, IGNASI DE., “Ocio y tiempo libre: un reto para la familia”. Barañáin (Navarra), EUNSA, 2005. P. 23
[4] GARCÍA DE MADARIAGA CEZAR, M. “La crítica al concepto liberal de justicia en la filosofía de Alasdair MacIntyre”. Memoria para optar al grado de Doctor. Universidad Complutense de Madrid. Madrid 2002. P. 106
[5] BOFARULL, IGNASI DE., Op. Cit. P. 24
[6] EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO, 6. En esto, como veremos, las asociaciones de laicos, las Cofradías, tienen un papel determinante que cumplir.
[7] Ibídem.
[8] CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES (GS). 52.1
[9] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. 1657
[10] Así lo hace Francisco Altarejos en el libro cuyo título coincide con el que hemos elegido para el presente epígrafe: BERNAL, AURORA (ED.). “La familia como ámbito educativo”. I.C.F. Universidad de Navarra- Ediciones Rialp. 2005. P. 40.
[11] BERNAL, AURORA (ED.). Op. Cit. P. 43
[12] BERNAL, AURORA (ED.). Op. Cit. P. 44
[13] D’AGOSTINO, FRANCESCO. Filosofía de la Familia. ICF Ediciones Rialp SA. Pamplona, 2006. P. 25

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