jueves, 9 de marzo de 2017

MIGUEL MILÁ Y LA BELLEZA




Tuve ocasión de asistir ayer tarde a la proyección, en la Academia de la Artes y las Ciencias Cinematográficas de Madrid, de un documental sobre la trayectoria profesional y humana de Miguel Milá, el galardonado diseñador industrial e interiorista a quien tengo la suerte de conocer desde hace muchos años, por motivos familiares que no vienen ahora al caso.

Persona excepcionalmente culta, charlar con él es siempre fácil y apasionante, pues sus palabras suelen estar lejos del vacío protocolario. Es un conversador de los que escuchan y se interesan sinceramente por su interlocutor, de los que están abiertos a aprender algo nuevo, y de los que siempre te enriquecen, pues saben sacar, como los buenos maestros, lo mejor de ti. Por eso es de aquellas personas cuyas palabras solemos recordar durante mucho tiempo. De las que saben ver la misma realidad que uno mismo ve, pero desde un punto de vista diferente, y generalmente más atractivo del que habíamos advertido hasta entonces.

Creo que por eso es tan popular y tan querido, además de por ser una persona de una deliciosa sencillez y de educación exquisita.

Miguel valora el confort como el mayor lujo, y en él incluye la estética. Y en esto creo que tiene mucha razón, porque, en mi opinión, es imposible estar cómodo en un lugar en el que las cosas que te rodean son feas o vulgares.

Muchas veces nos encontramos en lugares o situaciones que aparentemente reúnen los requisitos mínimos para sentirnos cómodos, compañía agradable, alimentos bien cocinados, temperatura y ventilación adecuadas, pero, por algún motivo no acabamos de sentirnos a gusto y estamos deseando salir de allí cuanto antes, sin que a veces seamos plenamente conscientes de ello. Es una sensación que apesadumbra a cualquiera y que nos baja la energía vital, y que podemos sentir con desagrado tanto en espacios abiertos (hay ciudades muy feas, o rincones o lugares de ellas), como en el interior de edificios de todo tipo, tanto públicos, industriales, comerciales, administrativos, como privados, casas particulares, sedes de asociaciones, clubs… Cuando el entorno es feo, o estamos sitiados por cosas feas nuestro estado anímico no es bueno.

Creo que el reconocimiento y el apasionamiento por la belleza, es lo que nos hace específicamente humanos. En la belleza hay armonía con el mundo, orden y quietud. Miguel Milá es extremadamente ordenado, porque en el orden de las cosas hay belleza. Quizás la belleza no sea otra cosa que la disposición ordenada de las cosas.

La belleza, en palabras de Mons. Luigi Negri, rememorando a San Agustín, en el prólogo al opúsculo de Joseph Ratzinger titulado así precisamente, “[es] palabra que revela la inevitable nostalgia del hombre por la verdad, la justicia y el bien, es decir, la nostalgia de Dios”. Por eso, la experiencia de la belleza es “fundamental en la vida y la cultura del hombre”.

Nos repugna lo feo porque no podemos sacudirnos el miedo de que “al final no sea el aguijón de lo bello lo que nos conduzca a la verdad, sino que la mentira, lo que es feo y vulgar, constituyan la verdadera «realidad»[1]. Por ello cobra sentido aquella afirmación de que “después de Auschwitz no se ha podido hacer poesía”. Esa es la razón de que nunca acabaremos de sentirnos cómodos ni seguros si nos rodea la fealdad o la vulgaridad, puesto que vulgar no es otra cosa que aquello que carece de novedad e importancia, o de verdad y fundamento.

Miguel Milá parece pensar como Platón que el encuentro con la belleza produce en el hombre “una sacudida emotiva y saludable que le hace salir de sí mismo[2]” a la búsqueda de aquello primigenio que perdió, que no es otra cosa que la perfección. Porque Miguel busca siempre la perfección, que no es sino la búsqueda de la belleza acabada.



Imagen: http://puntoluz.com/ca/disenadores/miguel-mila



[1] Ratzinger, Joseph. La belleza. La Iglesia. Ed. ENCUENTRO. Madrid, 2006. Pp. 20.
[2] Ibíd. Pp. 15.

11 comentarios:

  1. Extraordinario y conmovedor, articulo Joaquín de acuerdo con todo.

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    1. Gracias. Tú conoces bien al personaje y sabes que no exagero.

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  2. Hay que hablar de las cosas buenas y destacar a quien lo merece. Cuando no se hace, caemos en la inanidad e irrelevancia. Algo más, se sustituye entonces la calidad, la experiencia y la profesionalidad, por otros modelos sociales y profesionales muy discutibles, que, al menos yo, los veo como ridículos, aunque gocen de mucho arraigo entre la "gente guapa"

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  3. No se si será del agrado del auto, pero me ha parecido tan interesante que he subido el enlace a twitter.
    GIGIA6

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  4. Por supuesto, Sr. Gigia. Es de mi agrado. Saludos

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  5. Ja, ja. En uno de mis antiguos artículos en El Cruzado Aragones, hace unos 15 años, ya cit'e a este hombre, al referirme a las cosas bien hechas. Y ahora mismo escribo en mi iPad iluminada por la lámpara que diseñó y que se aprecia en la Foto. Me ha gustado la reflexión y celebro que, tras el paso de 15 años coincidamos de nuevo.
    Blas

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  6. Ja, ja. Hace 15 años, en un artículo que escribí en el Cruzado Aragones ya cit'e a este hombre al referirme a las cosas bien hechas. Y ahora escribo en mi iPad iluminada con su bella y sutil lámpara que diseñó y aparece en la fotografía.
    Tras 15 años, Joaquín, volvemos a coincidir...

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  7. Me ha parecido interesante ya que no conocía a Miguel Milá, pero creo que las esferas de la belleza el bien y la verdad deben considerarse diferenciadas y que hay un componente subjetivo a tener en cuenta en la apreciación estética, aunque estoy de acuerdo contigo en que a través de la ventana de la belleza se pueden vislumbrar las otras dos esferas

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