sábado, 8 de octubre de 2011

La Intolerancia (I)




Tuve ocasión de asistir el pasado jueves a la presentación en Barbastro de un monumental ensayo sobre los mártires de nuestra guerra civil, del que es autor Martín Ibarra, reputado historiador y agudísimo descubridor de las razones que muchas veces subyacen detrás de los actos, y que al quedar ocultas impiden comprenderlos cabalmente. El título de la obra es: “La persecución religiosa en la diócesis de Barbastro-Monzón (1931-1941)”

La espléndida conferencia, que duró algo menos de una hora, consistió en una pormenorizada exégesis del libro, y en la siempre interesante historia, cuando es narrada en primera persona, de porqué el autor eligió este camino y no otro, porqué la obra tiene esta estructura y no otra, y cuáles son a su juicio, los matices cuyo conocimiento previo harán mucho más amena y enriquecedora la lectura del libro que nos es presentado.

En el extenso libro, editado en dos tomos, podemos encontrar innumerables ejemplos de personas de todo tipo, muchísimos laicos, que no dudan en ofrecer su vida por la fe en Cristo. Además, el doctor Ibarra nos da suficientes indicios para encontrar los motivos de porqué se llegó a esos extremos de crueldad, a ese exterminio premeditado de tantas personas por el solo motivo de su religión.

Pero lo que realmente hace imprescindible la lectura del libro de Martín Ibarra es que nos hace palmario el hecho de que es la intolerancia el origen de aquella orgía de odio y asesinatos. Veámoslo con un ejemplo:

Cita el autor las razones que tuvo el gobernador Civil de Huesca para prohibir todas las procesiones en la provincia, después de que, en la procesión del Carmen que salió de la parroquia de San Pedro el Viejo, un grupo de individuos intentara impedir su marcha:

“En evitación de que estos sucesos puedan repetirse en el futuro, quedará prohibida (…) toda manifestación pública religiosa que no esté previamente autorizada por este Gobierno, entendiendo que la vía pública, que es de todos, no debe ser interceptada por nadie ni molestados aquellos ciudadanos, que, no profesando el credo católico, tienen perfecto derecho a exigir de las autoridades que estas ostentaciones sean relegadas a los templos”.

A modo de excusa (en el sentido que encontramos en la correspondiente entrada del DRAE: Motivo o pretexto que se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión) sigue diciendo el gobernador, en un descarado alarde de hipocresía, que él debe obligar a todos a que todos los cultos sean igualmente respetados, salvo aquellos que “como las procesiones, pretenden ser practicados en la vía pública y que (…) suponen un alarde de ostentación que puede herir los sentimientos de aquellos ciudadanos que profesen otro credo (…)”.

En definitiva, añade el autor del libro “no sólo no se detuvo a los alborotadores, sino que resultó la escusa perfecta para prohibir las procesiones”.

Todo esto estoy seguro de que nos suena hoy, en pleno siglo XXI, porque lo estamos viendo casi cada día. La progresía gobernante en varios países occidentales utiliza en numerosas ocasiones esa estúpida y falsa excusa del respeto al discrepante para tratar de limitar el libre ejercicio del derecho fundamental a la libertad de culto.

Recordemos que la Constitución Española establece en su artículo 10.2 que "Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España”, por lo que debemos traer a colación el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.”

2 comentarios:

  1. En el teatro Principal de Barbastro, un Tribuna popular, enjuició a un sacerdote, sometiéndole a muchas preguntas que fueron contestadas razonablemente. Al final del juicioi, el sacerdote dijo al Tribunal que él no veía en su proceder nada irregular o constitutivo de delito...

    -"Pero eres cura", acusó el Presidente.
    Y esa fue su condena.
    Blas

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  2. No me imagino que en la situación actual de nuestra sociedad, aunque pintas tiene y a muchos se morirían de placer, se puedan llegar a "prohibir" nuestras procesiones de Semana Santa....aunque muchas veces, parece que tenemos al adversario en nuestra propia casa.

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Agradecería cualquier comentario relativo al presente post, pero ruego que se haga siempre con respeto, de otro modo no podrá aparecer publicado. Muchas gracias.

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