miércoles, 20 de junio de 2012

La influencia en la familia del intenso crecimiento urbano de finales del XIX





UNA BREVE NOTA SOBRE LA HISTORIA DE LA FAMILIA

La revolución industrial, cuyo comienzo puede situarse en el último tercio del siglo XVIII tiene una importancia determinante en el proceso de urbanización. Necesitada de un ingente cantidad de mano de obra, la incipiente empresa industrial va a condicionar en adelante el modo de vida de cuantos se acercan a ella atraídos por la promesa de prosperidad económica y bienestar, quienes, sin embargo, muy pronto se verán decepcionados al comprobar que en realidad, viven en un infierno en la tierra, y ello será más adelante el nacimiento de los movimientos revolucionarios más decisivos (y más destructivos) de la historia humana[1].

La mejora en los sistemas de transporte, la posibilidad de acceso a alimentos, vestidos y enseres, junto con comestible y materias primas eran razones que incrementaban en proporciones cada vez mayores el flujo migratorio a las ciudades, y el despoblamiento de amplias zonas rurales.

Y, para toda esa población, acostumbrada a la proximidad y familiaridad de la vida rural, la despersonalización de la vida en una gran urbe, la ausencia de solidaridad, el endurecimiento de los corazones y el empobrecimiento de sus relaciones humanas conllevarán un profundo cambio en el modo de desarrollar su vida familiar.

Junto con ello, la industrialización provocará que la familia deje de ser la unidad productiva en el mundo económico: el trabajo se lleva a cabo fuera del hogar, para un patrono que lo compra a cambio de un salario. En la familia, cuyo tamaño se va reduciendo, sólo se consume, aquellos bienes que a su vez, son fabricados por la incipiente industria, junto con los alimentos básicos, que ahora, en lugar de recolectarse o criarse, son adquiridos por un precio en comercio cercanos. Hay pues una cada vez mayor separación entre el hogar y el lugar de trabajo.

La familia patriarcal del antiguo régimen, muy amplia en número de individuos y en relaciones de parentesco, que llevaba a cabo una importante labor de control social y bienestar, solidaridad e interés común se va disolviendo, transformándose en un núcleo familiar mucho más reducido y aislado, generalmente compuesto de marido, mujer e hijos, que comparten un habitáculo exiguo e insalubre, cuyos miembros trabajan todos ellos en una fábrica, pues los salarios son tan bajos que se necesitan todas las manos que sea posible aportar.

Imagen: http://www.inglaterra.net/revolucion-industrial-de-inglaterra/


[1] Así describe Engels, padre de la revolución comunista, las espantosas condiciones de la clase obrera en la Inglaterra industrial de mediados del XIX: «Entre la enorme cantidad de calles sen encuentran centenares y millares de callejas y callejuelas, con casas que son demasiado indecentes para aquellos que todavía pueden gastar algo por una habitación humana; a menudo, junto a las espléndidas casas de los ricos, se encuentran estos escondrijos de la mayor miseria. Hace poco tiempo, en ocasión de inspeccionarse un cadáver, una localidad muy cercana a Portman Square, una plaza pública decentísima, fue designada como la residencia de una cantidad de irlandeses desmoralizados por la suciedad y la miseria. Así, en avenidas como Long-Acre, etc., que si no son de las más elegantes, son todavía de las más decentes, se encuentran, en gran número, sótanos habitados, de los que salen a la luz del día figuras enfermizas de niños y mujeres, medio hambrientos y andrajosos». Friedrich ENGELS, La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), Buenos Aires, Editorial Futuro, 1965, pp. 46-49.

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