miércoles, 7 de noviembre de 2012

La desaparición del matrimonio



Me consuela aquella frase del entonces cardenal Ratzinger en la que decía: «Hoy más que nunca, el cristiano debe tener conciencia clara de pertenecer a una minoría, y de estar enfrentado con lo que aparece como bueno, evidente y lógico a los ojos del espíritu del mundo, como lo llama el Nuevo Testamento. Entre los deberes más urgentes del cristiano está la recuperación de la capacidad de oponerse a muchas tendencias de la cultura (…)» (Informe 125-126).

La superficialidad de la sociedad actual se detiene constantemente en banalidades incluso cuando se abordan los temas más trascendentales, en los que la sociedad, tal y como la conocemos, se juega en buena parte su futuro, su propia supervivencia. Uno de esos temas es el del matrimonio.

Especialmente tras la sentencia cuyo fallo hizo público ayer el Tribunal Constitucional sobre la ley que permite el “matrimonio” entre personas del mismo sexo, se he hecho más evidente aún lo que tantos expertos en temas de familia afirmaron entonces: el hecho de la desaparición práctica del matrimonio. En efecto, ya no existe, sólo queda de él el nombre, a modo de cáscara vacía.

El divorcio sin causa ha hecho que ya no se pueda hablar propiamente de “derechos y deberes conyugales”, por lo que incluso la ceremonia civil, en la que el juez o el alcalde leen a los contrayentes los artículos 66, 67 y 68 del Código Civil ha perdido todo su sentido: el matrimonio puede acabar sin otro motivo que la voluntad no fundada ni razonada de uno de los cónyuges, lo que en palabras de Escrivá-Ivars supone estar dando carta de naturaleza al repudio unilateral, que siempre ha sido considerado en occidente gravemente atentatorio contra el principio de igualdad (está permitido en algunos códigos de familia islámicos). Si el matrimonio así considerado no crea una relación jurídica, estableciendo derechos y deberes mutuos, se convierte en una mera relación de hecho. En este sentido vemos con cuánta razón habla Victoria Camarero de una discriminación jurídica del matrimonio frente a las uniones de hecho.

Pero con la sentencia del TC cuyo fallo conocimos ayer hemos acabado de ahondar en este desvanecimiento de la institución matrimonial. Al parecer basándose en la necesidad de adaptarse a una etérea “realidad social”, se ha dejado en letra muerta el tenor del artículo 32 de la Constitución, que afirma que “el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica”. Parece increíble (aunque no tanto si consideramos el lamentable grado de politización al que ha llegado el Constitucional español) que una afirmación tan clara pueda ser contradicha de modo tan palmario, pues precisamente en este artículo se establece la heterosexualidad como factor determinante del matrimonio, por su expresa referencia al hombre y la mujer como titulares del derecho a contraerlo.

Ante la desaparición práctica del matrimonio, sin embargo, la sociedad parece actuar como el avestruz, sin querer percatarse de la gravedad de la situación. Se acude a justificaciones simplistas y vacías, del tipo “si se quieren… ¿por qué no han de tener los mismos derechos?” creyendo que se discriminaría a las personas del mismo sexo sino se les permitiera contraer matrimonio entre sí, invocando el principio de igualdad. Todo eso es quedarse en la superficie del problema, que por ello ni tan siquiera se percibe como tal. Porque tratar de igual modo realidades diferentes supone incurrir en la más profunda injusticia, consagrando la desigualdad. En palabras de Viladrich, la igualdad “significa tratar lo igual como igual y lo desigual como desigual. Y en consecuencia entiende que deben recuperarse la racionalidad y realismo de las diferencias reales entre las comunidades familiares y las otras formas de convivencia basadas en el mero hecho afectivo, mientras éste dure”. Es decir, exactamente lo contrario que se ha hecho considerando “matrimonio” a la unión de dos personas del mismo sexo.

Por todo ello, y como se recordaba en el reciente IV Congreso del Foro Español de la Familia, es urgente recuperar el verdadero matrimonio, aquel en el que un hombre y una mujer se entregan recíprocamente y construyen una comunidad de vida. Es necesario recuperar la institución sobre la que pivota la familia, pues nos jugamos mucho, nos jugamos nuestro futuro, el de nuestros hijos y el de la sociedad entera, ya que sólo familias fuertes, estables y funcionales construirán una sociedad cohesionada, estable y próspera.

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