viernes, 22 de junio de 2012

La felicidad de un niño




Cuando la segunda de mis hijas, Susana, tenía ocho años le pidieron en el colegio que escribiera las cosas que le proporcionaban felicidad. En muy breves líneas dio toda una lección magistral, resumiendo lo más importante de su vida, que lo es también de la nuestra, de la vida de todos:

«Algo que me proporciona “Felicidad”: un prado verde, la playa de Noja, subir a la luna, que se case mi tía Ana, que venga mi tía Tore, que venga mi abuela, que venga mi primo y mis primas, que haya sido mi comunión y que estemos los cinco juntos, papá, mamá, mis hermanas y yo»

Es propio del ser humano buscar la felicidad. Y la tenemos mucho más cerca de lo que a veces pensamos, en lo más sencillo, más inmediato y más sublime: en nuestra familia, en nuestro hogar. 

Imagen: http://www.fotocommunity.es/

jueves, 21 de junio de 2012

AVANCES BIOTECNOLÓGICOS, DIGNIDAD HUMANA Y NOCIÓN DE PERSONA






Para la Filosofía del Derecho, el concepto de persona constituye un “prius” de naturaleza esencial, por cuanto que toda la construcción del aparato filosófico-jurídico va a girar de una u otra manera en torno a este concepto. Y no está de más señalar que en torno al mismo se pueden encontrar una multiplicidad de facetas que nos indican a su vez distintas formas de contemplar y analizar este único fenómeno. De esa interdisciplinariedad surgirá sin duda un más acabado concepto de persona que, aun estando lejos de ser pacífico, nos permitirá comprender en su totalidad su esencia y significado.

La racionalidad de la persona, en este sentido, y como señala Alegre Martínez, “determina el que a su dimensión corporal o material aparezcan inseparablemente unidas las dimensiones psíquica, moral y espiritual. En virtud de todas ellas, la persona, en su condición de tal, está revestida de una especial dignidad" [1]. Por tanto, el concepto de persona, como centro del universo filosófico-jurídico y la noción de su dignidad van a caminar inseparablemente unidos, lo cual condicionará nuestro modo de contemplar las implicaciones que en nuestro ámbito va a tener la investigación biotecnológica. Así se comprende, como continúa diciendo Alegre Martínez, que “al ser el carácter de ser racional el que determina la dignidad humana, lógico es que esta materia constituya un tema central de atención para la Filosofía, y en particular para la Filosofía del Derecho [2].

Y no olvidemos que es justamente la dignidad de la persona humana la que de alguna manera justifica la existencia y universal exigencia de reconocimiento de los Derechos Humanos. De esta forma, y a través de este juego conceptual (persona-dignidad-Derechos Humanos) podremos construir una fundamentación teórica consistente a nuestra intención de establecer un límite infranqueable a los avances científicos en materias de la biomedicina que se encuentre en los derechos que son atribuibles a todo ser humano por el mero hecho de serlo.

miércoles, 20 de junio de 2012

Comentario sobre el artículo 10º de la CARTA DE LOS DERECHOS DE LA FAMILIA




10. "Las familias tienen derecho a un orden social y económico en el que la organización del trabajo permita a sus miembros vivir juntos".



1. CUESTIONES PRELIMNARES


1.1. El sujeto activo de los Derechos Humanos

Antes de comenzar nuestra exposición sobre el artículo 10º de la CARTA DE LOS DERECHOS DE LA FAMILIA PRESENTADA POR LA SANTA SEDE A TODAS LAS PERSONAS, INSTITUCIONES Y AUTORIDADES INTERESADAS EN LA MISIÓN DE LA FAMILIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO, de 22 de octubre de 1983[1] nos parece en primer lugar necesario matizar el hecho de que, siendo los derechos humanos (que, precisamente por eso, tiene ese nombre) propios o pertenecientes a la persona humana, sin embargo hablaremos aquí de un derecho subjetivo atribuido a un grupo, en concreto a la familia. En este sentido, señala Martínez Morán[2] que “el verdadero titular de los derechos fundamentales es el hombre”, pero puede serlo “como persona individual o como persona integrada en colectividades humanas”.

Pues bien, si lo pensamos con algo más de detenimiento, en el caso de la familia, tiene un profundo sentido afirmar que es una institución susceptible de ser titular de derechos “humanos”[3]. Y ello es así por el carácter relacional del mismo concepto de derecho, y más específicamente de derecho subjetivo.

Sin que sea posible aquí (ni procedente, dada la índole de nuestro trabajo) extenderse sobre el concepto del derecho como construcción social (producto cultural) o como inserto en la propia naturaleza humana, si es necesario destacar con Peris Cancio que existe una “íntima vinculación entre los derechos del hombre y los derechos de la familia. Y esta es la razón: el hombre no es un individuo aislado, sino una persona, esto es, un ser cuya identidad se constituye mediante la articulación Biográfica de relaciones específicas de solidaria comunidad con otros sujetos personales[4]

Y ello es así porque la pertenencia del hombre a una familia es un elemento estructural, de carácter antropológico-institucional que el jurista no puede ignorar. Y, yendo un poco más allá, es precisamente este carácter estructural el que motiva que “su defensa por parte del derecho no tenga nada en común con la defensa de un valor o de un sistema de valores, puesto que la condición familiar (…) se asemeja mucho más a una realidad fáctica (a un Sein) que a un ideal ético ( un Sollen)[5]. Por eso, como decimos, el derecho da a la familia la calificación antropológico-institucional que permite darle una relevancia normativa, y la constituye como sujeto de derechos, y de derechos fundamentales, atribuidos a las personas que las constituyen pero, precisamente, en cuanto miembros de ella, en cuanto “seres familiares”, por su estructura “constitutiva de lo Humanum”[6]

Por último, no está demás destacar que, dentro de las funciones que están llamadas a cumplir las plasmaciones, en normas de tipo constitucional o en declaraciones de derechos de ámbito supraestatal, los catálogos de derechos humanos, aquella que se refiere a la sistematización del contenido axiológico del ordenamiento. En efecto, los derechos humanos son fuente de adhesión (de legitimidad) por parte de los ciudadanos al sistema jurídico-constitucional que enmarca jurídicamente su vida en un estado concreto. En ese aspecto es muy relevante que existan derechos humanos referidos al hombre en cuanto integrante de una familia. Además, ello tiene aún más interés si contemplamos a los derechos humanos en su dimensión subjetiva como delimitadores del estatuto jurídico de los ciudadanos “que tienden a tutelar a libertad, la autonomía y la seguridad de la persona, no sólo frente al poder, sino también frente a los demás miembros del cuerpo social. (…) de ahí la extensión de los derechos fundamentales a todos los sectores del ordenamiento jurídico y, por tanto, también al seno de las relaciones entre particulares”.[7]

La existencia de derechos humanos que se aplican a las personas en cuanto integrantes de una familia, es decir, de los derechos de la familia contribuye así a construir ese “estatuto jurídico” de la familia, a su vez que incluye a la misma en el contenido sustancial, axiológico de los sistemas jurídicos.

1.2. Los derechos ¿de qué familia?

La influencia en la familia del intenso crecimiento urbano de finales del XIX





UNA BREVE NOTA SOBRE LA HISTORIA DE LA FAMILIA

La revolución industrial, cuyo comienzo puede situarse en el último tercio del siglo XVIII tiene una importancia determinante en el proceso de urbanización. Necesitada de un ingente cantidad de mano de obra, la incipiente empresa industrial va a condicionar en adelante el modo de vida de cuantos se acercan a ella atraídos por la promesa de prosperidad económica y bienestar, quienes, sin embargo, muy pronto se verán decepcionados al comprobar que en realidad, viven en un infierno en la tierra, y ello será más adelante el nacimiento de los movimientos revolucionarios más decisivos (y más destructivos) de la historia humana[1].

La mejora en los sistemas de transporte, la posibilidad de acceso a alimentos, vestidos y enseres, junto con comestible y materias primas eran razones que incrementaban en proporciones cada vez mayores el flujo migratorio a las ciudades, y el despoblamiento de amplias zonas rurales.

Y, para toda esa población, acostumbrada a la proximidad y familiaridad de la vida rural, la despersonalización de la vida en una gran urbe, la ausencia de solidaridad, el endurecimiento de los corazones y el empobrecimiento de sus relaciones humanas conllevarán un profundo cambio en el modo de desarrollar su vida familiar.

Junto con ello, la industrialización provocará que la familia deje de ser la unidad productiva en el mundo económico: el trabajo se lleva a cabo fuera del hogar, para un patrono que lo compra a cambio de un salario. En la familia, cuyo tamaño se va reduciendo, sólo se consume, aquellos bienes que a su vez, son fabricados por la incipiente industria, junto con los alimentos básicos, que ahora, en lugar de recolectarse o criarse, son adquiridos por un precio en comercio cercanos. Hay pues una cada vez mayor separación entre el hogar y el lugar de trabajo.

La familia patriarcal del antiguo régimen, muy amplia en número de individuos y en relaciones de parentesco, que llevaba a cabo una importante labor de control social y bienestar, solidaridad e interés común se va disolviendo, transformándose en un núcleo familiar mucho más reducido y aislado, generalmente compuesto de marido, mujer e hijos, que comparten un habitáculo exiguo e insalubre, cuyos miembros trabajan todos ellos en una fábrica, pues los salarios son tan bajos que se necesitan todas las manos que sea posible aportar.

Imagen: http://www.inglaterra.net/revolucion-industrial-de-inglaterra/


[1] Así describe Engels, padre de la revolución comunista, las espantosas condiciones de la clase obrera en la Inglaterra industrial de mediados del XIX: «Entre la enorme cantidad de calles sen encuentran centenares y millares de callejas y callejuelas, con casas que son demasiado indecentes para aquellos que todavía pueden gastar algo por una habitación humana; a menudo, junto a las espléndidas casas de los ricos, se encuentran estos escondrijos de la mayor miseria. Hace poco tiempo, en ocasión de inspeccionarse un cadáver, una localidad muy cercana a Portman Square, una plaza pública decentísima, fue designada como la residencia de una cantidad de irlandeses desmoralizados por la suciedad y la miseria. Así, en avenidas como Long-Acre, etc., que si no son de las más elegantes, son todavía de las más decentes, se encuentran, en gran número, sótanos habitados, de los que salen a la luz del día figuras enfermizas de niños y mujeres, medio hambrientos y andrajosos». Friedrich ENGELS, La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), Buenos Aires, Editorial Futuro, 1965, pp. 46-49.

miércoles, 13 de junio de 2012

La Encíclica Centesimus annus






INTRODUCCIÓN

El día 1° de mayo de 1991 fue publicada la tercera Encíclica de Juan Pablo II sobre asuntos socioeconómicos, titulada Centesimus annus[1]. Por la actualidad y amplitud de su temática, la Centesimus annus ha atraído más la atención y los comentarios de estudiosos del pensamiento económico, católicos y no católicos.

Su importancia es destacable si pensamos que “la sociedad es indispensable para la realización de la vocación humana”, ya que “la persona humana necesita la vida social[2]. La Encíclica se llama de esa manera en atención a los cien años de la primera Encíclica que trató de temas sociales, la Rerum novarum, de 1891, que fue escrita por el Papa León XIII para hacer frente a las turbulentas circunstancias sociales que las revoluciones política e industrial del XIX estaban motivando. Y, en efecto, con la Encíclica se nos invita a una “relectura” de la Encíclica leoniana, para redescubrir la riqueza de los principios fundamentales formulados en ella[3], con la que León XIII afrontaba de manera orgánica la “cuestión obrera”, es decir, el conflicto entre capital y trabajo, “tanto más duro e inhumano en cuanto que no conocía reglas ni normas[4]. El Papa trató entonces, en virtud de su ministerio apostólico, de restablecer la paz, y para ello condenó severamente la lucha de clases, pero al mismo tiempo, defendió valientemente los derechos fundamentales de los trabajadores.

Por ello, el autor de la Centesimus annus, se hace eco de la validez de esta orientación y trata de contribuir al desarrollo de la “doctrina social cristiana”.

Al servicio del Amor. Breve comentario sobre un texto de San Josemaría Escrivá




Y ahora, hijos e hijas, dejadme que me detenga en otro aspecto —particularmente entrañable— de la vida ordinaria. Me refiero al amor humano, al amor limpio entre un hombre y una mujer, al noviazgo, al matrimonio. He de decir una vez más que ese santo amor humano no es algo permitido, tolerado, junto a las verdaderas actividades del espíritu, como podría insinuarse en los falsos espiritualismos a que antes aludía. Llevo predicando de palabra y por escrito todo lo contrario desde hace cuarenta años (...).

El amor que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid —insisto— ese algo divino que en los detalles se encierra: toda esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el que se encuadra el amor humano” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones, n.121).


San Josemaría Escrivá de Balaguer advierte pronto –y es un aspecto clave de su predicación- la grandeza de la vocación matrimonial, que él denominaba (así se lo hemos escuchado en una de las numerosas “tertulias” mediante las que solía predicar, sin que ahora pueda precisar más) “Vocación, con mayúscula”. Y, en efecto, la vocación al matrimonio “se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador[1].

sábado, 9 de junio de 2012

Matrimonio... ¿Para qué?



En la sociedad actual es muy corriente que las personas, y muy principalmente los padres, no sepan dar razón de porqué es preferible el matrimonio a la mera convivencia afectiva. Ni tan siquiera saben explicar en qué se diferencian ambas situaciones, más allá del manido “nos queremos y nuestro amor no necesita papeles”.

No cabe duda de que a esta situación ha contribuido muy decisivamente la reciente legislación divorcista, que ha desembocado en que sea más fácil romper el matrimonio que cambiar de compañía eléctrica[1]. Y es que esa legislación hace que socialmente se tenga en muy poco al matrimonio, al  trivializarse el “sí” o consentimiento (puesto que se puede romper, con gran facilidad). Ello a su vez, ha aumentado la creencia de que casarse es un mero conformismo o formalismo social. Y, tampoco puede olvidarse, ha aumentado la ambigüedad, y ahora puede llamarse “matrimonio” a muchas uniones distintas que no lo son.

Sin embargo, el matrimonio sigue siendo una realidad grandiosa, cuya estabilidad es un indiscutible valor social digno de ser defendido legislativamente. Sigue siendo una institución que, en contra de lo que suele ser habitualmente predicado desde los medios de comunicación, es tremendamente viva, actual, moderna y deseable. Porque el matrimonio es el germen de la familia, agente decisivo de cambio social que, “sólo con existir, genera bienestar social”[2].

Entonces… ¿Qué es lo que deferencia al matrimonio de la simple “convivencia afectiva”? Veamos:

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