sábado, 30 de marzo de 2013

ORACIÓN

Que fue leída por Dña. María José Andreu en la noche de ayer, Viernes Santo, en el interior de la Catedral de Barbastro, previamente a Procesión General del Santo Entierro, que no pudo celebrarse debido a la fuerte lluvia que caía sobre la ciudad:




Ante la contemplación del cuerpo exhausto de nuestro Salvador y redentor, que ha dado su vida en rescate por muchos[1], no podemos menos que aclamarle, con el salmista, diciendo admirados y compungidos:

Alabad al señor por su obras magníficas, alabadlo por su inmensa grandeza[2].

Porque contemplarte así, Varón de Dolores, Señor Nuestro, nos ha de hacer recapacitar sobre nuestra actitud en este mundo, sobre las decisiones que tomamos cada día, y sobre la pobreza de nuestro actuar con nuestros hermanos los hombres. Somos egoístas, insolidarios, consumistas. Buscamos la felicidad en nosotros mismos y en la exclusiva atención a nuestras necesidades materiales, sin saber reconocer que tú, Padre nuestro, nos amas hasta el extremo desde antes de que hubiéramos sido concebidos.

Porque vivimos en un mundo en el que, como ya no hay fe ni confianza en Dios, tendemos cada vez más a situarnos en una actitud de víctima. Pasamos el tiempo quejándonos, exigiendo y reivindicando. Cualquier sufrimiento se vive como una anomalía, es decir, como una injusticia. Se rechaza cualquier sufrimiento, se sueña con una vida de gratificaciones permanentes, sin dolores y sin luchas. Cada vez que alguien se enfrenta a una prueba, busca a quien acusar, a quien endosar la responsabilidad del problema[3].

Ante la contemplación de tu inmenso Amor, que te lleva a entregar tu vida a la muerte, y una muerte de Cruz, ante la contemplación de nuestra miseria, te pedimos tu gracia para saber reconocerte en cada instante y circunstancia de nuestra vida, para que podamos volver a poner toda nuestra confianza en ti, y entregarnos mansamente a tus designios, mediante la oración constante.

Que María, tu Madre admirable, la Virgen dolorosa, que junto a la cruz participaba en nuestra redención, nos alcance la gracia de la perseverancia final, para que podamos alabarte por los siglos de los siglos.

AMEN



[1] Mc, 10, 45
[2] Salmo 150
[3] Jacques Philippe. Llamados a la Vida.

Imagen: http://www.semanasantabarbastro.org

martes, 19 de marzo de 2013

Reflexiones antes de dormir




Comenzaré diciendo que a esta hora de la noche –son las once y cuarto- uno no tiene ya la mente lo suficientemente lúcida o mínimamente despejada como para poder escribir algo medianamente aceptable, por eso me atrevo a apelar desde ya a la indulgencia del amable lector. Por otro lado, disto mucho de ser un experto en materia educativa, de la que de alguna manera voy a tratar en el presente post; soy más bien un ignorante, por lo que de nuevo suplico clemencia.

Soy padre de cuatro hijas en edad escolar, la mayor universitaria y las restantes en distintas etapas de nuestro sistema educativo. Conozco, eso sí, lo que estudian, lo que les enseñan y lo que de una manera u otra van aprendiendo. Y es más bien poco, o cuanto menos, saben a su edad mucho menos de lo que nosotros sabíamos a sus años.

Hace unas semanas, al ir a recoger a mi tercera hija -14 años, tercero de ESO- al colegio, observé una escena que me hizo pensar. Mientras sus compañeros salían alborotadamente de clase, uno de ellos, estaba plantado en la misma puerta de clase, con las manos en los bolsillos y la mochila a la espalda, dando estentóreos gritos para captar la atención de la profesora que acaba de impartir la última clase del día: “Mercheeeeeee, Mercheeeeeee…. Ella, ignorando por completo al vociferente chaval, conversaba ante su mesa con otros alumnos.  Este jovencito iba, naturalmente, ataviado con el uniforme adolescente (vaqueros caídos, zapatillas deportivas, sudadera, capucha puesta y prenda de abrigo corta por encima…).

Pensé que hubiera sido una escena inimaginable cuando yo iba a primero de BUP, con catorce años, allá en los lejanos setenta del pasado siglo. Y seguí pensando que el grave problema educativo que padecemos en España no se arreglará hasta que recuperemos dos sencillas cosas: Primero, que los alumnos se dirijan siempre de usted a sus profesores y estos jamás tuteen a sus alumnos. Segundo, que los alumnos se pongan en pie cuando el profesor entre a clase y no se sienten hasta que no lo haga aquél.

Estos gestos de educación, respeto y reconocimiento de la autoridad y de la necesaria desigualdad situacional de alumno y profesor (necesaria en cuanto a la función de cada uno en el sistema educativo, completamente diferente, uno enseña y el otro aprende) me parecen enteramente imprescindibles hoy, y siempre. Si se quiere son anecdóticos, pero pienso que esas anécdotas son bien expresivas de la diferencia entre lo que es (desprestigio y desmoralización de la profesión educativa, con las consecuentes deficiencias formativas en nuestros educandos) y lo que debiera ser una institución en la que se forma a nuestros jóvenes.

Pero la desautorización que representa el irrespetuoso trato igualitario que se dispensa al profesorado en la España de hoy, es la expresión de un sistema social en el que el principio de autoridad de disuelve como un azucarillo en un vasito de aguardiente, en todos los órdenes de la vida, un sistema en el que los actos lesivos al patrimonio común, a la propiedad privada, al orden público, al respeto a las instituciones comunes y a los símbolos que nos representan a todos, están a la orden del día, y en la casi totalidad de los casos quedan completamente impunes, un sistema en el que a nuestros mayores se les desprecia, ridiculiza y arrincona. Una sociedad y un sistema en el que el victimismo se alza como la actitud propia de ciudadano, en el que todos creen tener derechos pero jamás deberes, y en el que siempre se trata de hacer responsable a otro de los problemas o padecimientos propios.

En este sentido, dice Jacques Philippe (en Llamados a la vida, libro de lectura absolutamente imprescindible)  que le asombra “el hecho de que, en la evolución de su cultura,  el hombre occidental tiende cada vez más a situarse en una actitud de víctima. Pasa el tiempo quejándose, exigiendo y reivindicando. (…), cualquier sufrimiento se vive como una anomalía, es decir, como una injusticia. Se rechaza cualquier sufrimiento, se sueña con una vida de gratificaciones permanentes, sin dolores y sin luchas. Cada vez que alguien se enfrenta a una prueba, busca a quien acusar, a quien endosar la responsabilidad del problema (…)”.

Estamos haciendo de nuestros jóvenes unos seres incapaces para enfrentarse a las dificultades de la vida, unos jóvenes que vivirán en un estado de infantilismo perpetuo. Sonrío cada vez que oigo en los medios de comunicación decir que estamos ante “la generación mejor preparada de nuestra historia”, pues pocas veces tendremos ocasión de oír sandez mayor.


Imagen: http://es.paperblog.com/maestros

jueves, 14 de marzo de 2013

Ministro del amor o de Justicia



Benigno Blanco, Presidente del Foro Español de la Familia, pubicó ayer en ABC un interesantísimo artículo con el título de esta entrada. J. J. Rodríguez señaló al respecto, con agudeza, que el "Ministerio del amor" es uno de los cuatro que gobiernan el superestado de Oceanía en la novela de Orwell "1984", y cuyo fin es adoctrinar al pueblo para que ame al Gran Hermano

Con el permiso del autor reproduzco a continuación dicho artículo:


"EL matrimonio debe ser pensado desde la ecología de la vida y no desde la sicología del sentimiento.  El matrimonio, para la ciencia del Derecho, debe ser pensado desde la filiación pues responde a la lógica de la vida. Si no fuese así, el matrimonio no merecería la atención del Derecho como no merece esa atención la amistad. Nadie propone leyes sobre la amistad, no porque no sea importante, sino porque agota su eficacia en el ámbito de los amigos, como le sucede al amor. Por eso el Ministerio se llama «de justicia» y no «del amor».
El amor es una realidad humana estupenda, pero prejurídica y ajurídica: las leyes ni pueden ni deben regular el amor ni la afectividad ni la sexualidad, a diferencia de lo que sucede con el matrimonio, salvo que se propugne un Estado con competencia para entrometerse en el terreno de los sentimientos particulares de los ciudadanos. Quizá sin darse cuenta, esta extraña concepción del Estado es la que propugnan quienes –como nuestro ministro de Justicia– parecen confundir el matrimonio con el amor. Si el matrimonio se identificase con el amor, sería un sentimiento, algo puramente subjetivo y ajeno a las leyes. Sin embargo, el matrimonio es mucho más que un sentimiento aunque presuponga sentimientos estupendos; es una institución básica y esencial para la vida social basada en la configuración dual de la especie humana en hombres y mujeres que a través de su mutua complementariedad hacen posible la generación de nuevas vidas humanas creando el ambiente más ecológico para los niños, para su concepción, crecimiento, educación y desarrollo.
Por eso el matrimonio, a diferencia del amor, no se agota en la intimidad de las personas sino que genera naturalmente relaciones jurídicas que se proyectan más allá de la esfera individual de las personas que se quieren, pues afecta a terceros indefensos –como son los niños– en un haz de derechos y obligaciones transidos de exigencias de justicia. Es decir, el matrimonio es naturalmente jurídico, a diferencia del amor que conceptualmente no lo puede ser. La unión comprometida entre un hombre y una mujer que les implique en su totalidad, también en su dimensión sexual, genera una institución de dimensión social y trascendencia jurídica por su estructural apertura a la vida.
Para la conciencia jurídica de la humanidad el matrimonio es una unión entre hombre y mujer que, por supuesto, se supone que se quieren mucho; pero que, más allá de quererse, crean una relación con mutuas exigencias de justicia que se proyectan a través del potencial hijo al conjunto de la sociedad, interesada en que haya niños y en que crezcan en un ambiente estable en el tiempo de protección, educación y cuidado. De ahí la íntima conexión –aunque no con carácter de exclusividad– entre matrimonio y familia.
La reciente pretensión ideológica de algunos de incorporar al concepto de matrimonio a las parejas del mismo sexo, está llevando a alterar radicalmente este concepto hasta llegar a la logomaquia más absurda, como los intentos del TC y del ministro Gallardón de referirse al matrimonio en términos de sentimientos de personas abstractas (prohibido hablar de hombre y mujer), cuyo contenido se reduce a una indefinida «colaboración» (prohibido hablar de sexo) y cuya finalidad es un abstracto «apoyo mutuo» (prohibido aludir a la reproducción). Se logra así que efectivamente las parejas del mismo sexo quepan en ese deconstruido concepto de matrimonio, pero al precio de que ya no se sepa de qué se está hablando y de que en ese concepto quepan por igual dos hombre o dos mujeres, o tres y tres, o un tío y su sobrino, o dos hermanas o amigos que conviven, o …reducir el matrimonio a un sentimiento a fin de incorporar al matrimonio a cualesquiera que se amen, al margen de que generen o no una estructura matrimonial abierta a la vida, es un inmenso fraude ayuno de honestidad intelectual por muy políticamente correcto que sea.
Dada la absoluta vacuidad intelectual de este recreado concepto de matrimonio, se entiende que los defensores del mismo se dediquen a la poesía sobre el amor cuando han de defender su concepción del matrimonio o se limiten al insulto y la descalificación del que discrepa de ellos como han hecho tantos estos días en España a raíz de unas declaraciones (muy poco afortunadas en su expresión literal, dicho sea de paso) del Ministro del Interior. Ya se sabe que en ausencia de razones, las embestidas pueden rellenar el hueco que deja la renuncia al pensamiento, como la ideología pretende suplir a las ideas".
Imagen: forofamilia.org

Francisco



Con frecuencia todos tendemos a pensar que la situación actual de la Iglesia y del mundo es la peor que hemos vivido nunca. Se habla de la “zozobra de la Iglesia”, de necesidad de profundos cambios, más bien de “giros copernicanos” y vemos y sentimos decadencia, mediocridad, apatía y desánimo. Los propios católicos hablamos con demasiada frecuencia de divisiones, enfrentamientos, necesidad de adaptarse al mundo actual, incomprensiones, defecciones y otros muchos males.

Sin embargo, esta visión pesimista posiblemente no tenga mucho que ver con la realidad.

Me ha llamado la atención lo que cuenta el Cardenal Newman en su novela Calixta, refiriéndose a la situación que atravesaba la Iglesia de Cartago, para lo que cita a San Cipriano:

Tanta calma-escribe San Cipriano acerca de estos años- había corrompido la disciplina que habíamos recibido. Cada cual se dedicaba a ganar riquezas; olvidando la conducta de los cristianos de tiempos de los apóstoles y cuál debía ser su comportamiento en toda época, con insaciable ansia de riquezas se entregaban a multiplicar sus posesiones. Los sacerdotes carecían de fervor y piedad, los diáconos conocían mal la doctrina, no se practicaban las obras de misericordia, no había obediencia. Los hombres se afeitaban la barba de una manera absurda y las mujeres se pintaban la cara; los ojos se los cambiaban de cómo Dios se los había dado y recubrían el verdadero tinte de su pelo con falsos colores; los más sencillos se dejaban arrastrar por supercherías y otros hermanos caían en trampas más o menos atractivas. El matrimonio unía a cristianos con paganos, y miembros de Cristo se pasaban a los paganos. Se hacían juramentos innecesarios y, a veces, falsos. El que ocupaba un puesto importante se hinchaba de arrogancia y empleaba un lenguaje desdeñoso con los otros; las peleas y discusiones enzarzaban a unos y otros continuamente. Y muchos obispos, en vez de dar buen ejemplo y ánimo, dejaban a un lado su misión sagrada y se dedicaban también a asuntos mundanos, se ausentaban de sus sedes, abandonaban a los fieles, vagaban por lugares lejanos haciendo negocios, comerciando y amasando fortunas, mientras sus hermanos se morían de hambre. Se apropiaban de tierras a base de fraudes y ejercían ferozmente la usura.

A esa situación se había llegado después de transcurridos casi cincuenta años desde la última persecución romana con Septimio Severo, pues estamos todavía en el siglo III, antes del Edicto de Milán. Las persecuciones romanas, no lo olvidemos, tenían como fin que los cristianos dejaran de serlo, por lo que la principal preocupación del cristianismo era la apostasía, método fácil para evitar el martirio.

Por tanto, desde muy pronto el cristianismo pasó por situaciones de tibieza, despreocupación y relajación de costumbres, seguramente no muy distintas de la que vivimos ahora.

Por eso me ha llenado de ilusión la elección de Jorge Mario Bergoglio como nuevo Sumo Pontífice. Me entusiasmó la manera que tuvo de comparecer ante los fieles y ante el mundo. Oración, humildad y servicio, recuerdo y oración por su predecesor, Benedicto XVI, solicitud de ayuda orante por parte de su rebaño, sonrisa, mansedumbre y cercanía.

Pienso que nos esperan tiempos felices en la Iglesia Universal. Esos tan manidos “retos del nuevo Pontífice” se irán disolviendo como azucarillos, y la fe seguirá adelante.

Imagen: abc.es

domingo, 10 de marzo de 2013

Hogar y DialHogar



El próximo mes de abril tendrá lugar en El Grado (Huesca) el “II encuentro DialHogar (véase también en este mismo Blog : I Encuentro DialHogar). Me gustaría ponderar la importancia de estos Encuentros, cuya temática es especialmente trascendente en unos tiempos en los que el trabajo de quienes buscan la difuminación del perfil de la familia es particularmente intenso (es interesente observar que los partidarios de este movimiento ponen especial saña en atacar la institución matrimonial, porque puede decirse que al atacar el matrimonio[1] se está planteando la batalla precisamente dentro de la ciudadela de la fortaleza[2]. La mentalidad hostil a la familia tiene bien asentado en su estrategia que si consiguen disolver o desdibujar el matrimonio, habrán dado un paso de gigante en la conquista y sometimiento de la familia).

Pues bien, en este entorno, la importancia del hogar adquiere una muy particular relevancia. Todo lo que hace referencia a su cuidado, a la creación de un entorno seguro y amable en el que se desarrolla la trascendental misión educativa y socializadora de la familia, se hace acreedor a una atención muy especial.

Hace poco, en una red social, alguien compartía el siguiente mensaje, procedente de un grupo de maestros: Los niños en la escuela están 5 horas y en casa las 19 restantes. No delegue en la escuela lo que su hijo debería aprender en casa. Los maestros necesitamos el apoyo y el buen ejemplo de los padres para educar.

En ese mismo sentido, el “gurú” del Management Charles Handy, advierte de que “por encima del colegio o de cualquier institución, el hogar es la verdadera escuela para la vida”, porque, sigue diciendo “la vida en casa es el mundo real, no la escuela, por eso, tan pronto como nos sea posible, debemos empezar a hacerles entender que la casa es el corazón, el centro de la vida y que construir un hogar feliz es muy importante. Es en el hogar donde aprenden el arte del cuidado de los demás, el de compartir y el del tener; y estas cosas no las pueden aprender en el colegio[3].

DialHogar tiene una web interesantísima www.dialhogar.blogspot.com, en la que pueden encontrarse cientos de ideas para hacer de nuestra casa el lugar al que siempre deseamos volver, y desde la que se propone que todos tomemos conciencia de la importancia del trabajo doméstico, que hace posible que nuestra casa se convierta en nuestro hogar. Desde aquí, deseo agradecer a Merche Blasco su estupendo trabajo y animar a todos a asistir al II Encuentro DialHogar.




[1] En el documento llamado Matrimonio y bien común: los diez principios de Princeton (SOCIAL TRENDS INSTITUTE Barcelona – Enero de 2007) puede leerse: “El matrimonio se encuentra ante un ataque conceptual en las comunidades universitarias y en otros centros intelectuales de gran influencia”.

[2] DRAE: Ciudadela: Recinto de fortificación permanente en el interior de una plaza, que sirve para dominarla o de último refugio a su guarnición

[3] Citado por Isis Barajas en “Hogar, ¿Dulce Hogar?. Revista Misión: http://www.revistamision.com/articulos.php?revista=55&articulo=1

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